miércoles, 5 de octubre de 2016

Hacer maletas


Pixabay/Counselling
Toda mi vida he tenido un problema. No es grave, pero es un problema: no sé hacer maletas. Siempre ha sido para mí una tortura tener que introducir en un espacio de 70 litros (que es la capacidad promedio de una maleta mediana) lo que guardo en todo mi closet. No sé escoger bien la ropa que voy a llevar a mi destino e inevitablemente  termino incluyendo en mi equipaje muchas prendas que no uso. En viajes cortos de dos o tres días esta incapacidad se hace tremendamente notoria y, a juzgar por mi equipaje, mis viajes nunca deberían ser inferiores a dos años y medio. Y lo peor, es que con niños el problema se multiplica.  

El tema me avergüenza y ha sido causal de discusiones y blanco de crueles burlas y bromas por parte de familiares y amigos. Amén de toda la incomodidad que significa viajar con tanto bulto. Pero, les confieso que el asunto es superior a mí. Desde niña me llamó la atención ver cómo, las damicelas en las películas, viajaban con una mínima maletita a la cual tampoco había que ponerle un piano encima para que pudiera cerrar. Lo más asombroso es que cuando estos personajes llegaban a destino, lucían siempre una tenida diferente para cada ocasión y para mí, durante mucho tiempo, ése hecho constituyó uno de los grandes misterios de la humanidad. Cuando crecí y maduré (algo, al menos) entendí que así funcionaba el Séptimo Arte, pero se ve que mi inconsciente internalizó más la parte de “una tenida diferente para cada ocasión”. Lo de la “mínima maletita” derechamente lo ignoró.

Así las cosas, cada vez que hoy me toca viajar y hacer maletas es un sufrimiento y me pongo mal genio (supongo que por eso se dice que uno anda “de maleta”), porque además debo prepararme psicológicamente para soportar la humillación de miradas de desaprobación, comentarios insidiosos y el infaltable “consejo amigo” de aquel experto o experta en hacer maletas que en apariencia quiere ayudarte, pero que francamente lo único que logra es dejarte en el más absoluto y desamparado ridículo.

Gracias a Dios, los años no pasan en vano, y como siempre me ha gustado hacerme cargo de mis taras y mis trancas, indagué obsesivamente acerca del significado oculto de mi patológica incapacidad para hacer maletas breves. Y sí, podría haber algo metafórico en esto de querer andar con todo el closet a cuestas, con llevar ropa “por si llueve”, “por si hace calor” o “por si repentinamente y sin aviso me invitan a un banquete de gala al Palacio Cousiño”. Pero en esta búsqueda, descubrí que la única forma de liberarme de mi calvario era aceptar mi sobreactuación al momento de empacar. Qué tanto, no soy Audrey Hepburn en “Vacaciones en Roma”. Y nunca lo seré.


A veces, para encontrar la paz lo único que tenemos que hacer es aprender a convivir con nuestras imperfecciones y dejar de torturarnos. Lo insólito, es que justo después que decidí firmar el armisticio con la empacadora compulsiva que llevo dentro, me tocó hacer un viaje con hijos y marido incluido. Ni yo podía creer que sólo necesité dos maletas para echar todos nuestros bártulos. “¿Vamos por el día, mamá?” me preguntó mi hija menor. “No, tesoro, le respondí con una amplia sonrisa- vamos por una semana”. No saben lo bien que me sentí.   

Eufemismos

Pixabay/Alexas_fotos
Hace unos días, camino al aeropuerto, pasé frente a una automotora y me llamó la atención un letrero que decía “Seminuevos”. Como soy bien alentada, entendí claramente que el antojadizo concepto hacía referencia a aquellos vehículos con poco uso que no podían ser ofertados derechamente como nuevos…  pero casi-casi.

“Los grandes estrategas del marketing son bien ocurrentes”, pensé, “con qué habilidad pueden transformar una característica común y silvestre en un pomposo atributo lleno de estilo y charme”. Porque estamos claros que es bien distinto comprarse un auto usado que un auto “seminuevo”. Y me acordé de otros términos que ayudan a enchular ideas y cosas, como por ejemplo, las almohadas con “memoria”. Que yo sepa, las almohadas no cuentan con cerebro y mucho menos con neuronas (en el mejor de los casos tienen sólo plumas) por lo que es bien difícil que posean algún tipo de capacidad de recordación. Sin embargo, decir que una almohada tiene memoria porque después de aplastarla recupera su esponjosidad inicial, no sólo suena mucho más glamoroso sino que además le brinda al producto un seductor matiz tecnológico. Y, efectivamente, dan ganas de comprar la bendita almohada.

Aunque está claro que los creativos de la publicidad utilizan los eufemismos para vender un producto, me pareció interesante hacer el ejercicio de extrapolar a otros ámbitos de la vida esta manera tan ventajosa y halagüeña de presentar los bienes y las ideas. No siempre todo tiene que ser tan literal y, de alguna forma, animarse a pensar y hablar en términos más emperifollados puede ser el punto de partida para acostumbrarse a ver el lado más amable de las cosas. En general, estamos tan negativizados que promover el positivismo fijándonos en cómo decimos lo que decimos, puede ser una buena idea.  

Por ejemplo, resulta mucho más estimulante mirarse al espejo y, en vez de acotar que uno está un poco más gorda, animarse a decir que uno está “semiflaca”. Suena chistoso, no lo niego, pero creo que de verdad sirve permutar los términos pues eso hace que cambie absolutamente la carga energética del comentario. Así, dejamos de usar un adjetivo (gorda) que tiene una evidente connotación perniciosa para reemplazarlo por otro concepto que hace énfasis en lo positivo. Lo mismo pasa, por ejemplo, con el término “país subdesarrollado” v/s “país en vías de desarrollo”. Estamos hablando de lo mismo, pero la energía detrás de cada concepto es diametralmente opuesta y ahí está lo notable.


Cuidar la retórica del día a día debería ser un hábito tan internalizado como lavarse los dientes. Lo he dicho otras veces en esta misma columna, las palabras no son sólo palabras. Don Miguel Ruiz en “Los Cuatro Acuerdos” señala: “sé impecable con tus palabras, pues las palabras son el poder que tienes para crear”, y si es así, utilicémoslas para crear realidades que nos estimulen, nos potencien y nos hagan sentir un poco mejor… no al revés.

Pelotas en el aire

freeimages.com/Utpal Deka
Jugamos a ser equilibristas de un malabar interminable: familia, trabajo, hijos, realización personal, estudios, emprendimientos, compromisos, obligaciones, deberes, derechos y más deberes. La mayoría de nosotros andamos en eso todo el día: con varias pelotitas en el aire y tratando que ninguna se nos caiga al suelo. Sin embargo, y a pesar de nuestros esfuerzos, de tanto en tanto alguna se nos escapa. Entonces tenemos que detenernos y agacharnos a recoger la bola perdida. Y luego, volvemos a empezar, intentando aprender del error y concentrándonos más en la técnica de cómo mantener las bolas en el aire sin que se caigan. Con el paso de los años y la práctica incansable, nuestra destreza mejora y temerariamente vamos añadiendo más y más pelotitas a nuestro juego. Y comprobamos –incluso para nuestra propia sorpresa- que somos realmente buenos haciendo malabarismo.

Sin casi darnos cuenta, la vida avanza y aunque uno jura que ha estado viviendo a concho, haciendo muchas cosas, aprovechando al máximo las oportunidades y jactándose de ello, lo cierto es que, de lo único que ha estado realmente preocupado es de que no se le vaya a caer ninguna pelota. Y uno finalmente se da cuenta que se ha convertido en un ducho malabarista de un circo imaginario que en realidad nunca va a llegar a la ciudad.

Así, con el tiempo, los brazos se van cansando de tanto aspaviento y empiezan a aparecer las sospechas de que algo no está del todo bien y entonces la cabeza se llena de cuestionamientos y uno se pregunta si habrá en la vida alguna otra cosa que hacer que no sea el tener que estar permanentemente dándole vueltas a un montón de pelotas en el aire. Y por esas cosas que ocurren cuando se cumple cierta cantidad de años, uno puede incluso llegar a descubrir que en realidad, el malabarismo no es tan entretenido como parecía y –lo peor de todo- que tampoco me está dejando mucho en el alma, excepto la incómoda sensación de que “he estado tan ocupada haciendo tantas cosas… que finalmente no he hecho nada”.

Entonces, a propósito, uno se atreve a dejar caer algunas pelotas. Primero es una, la que soltamos con cierto temor, pero al comprobar que el mundo no deja de girar, de a poco nos animamos a soltar otra y otra… y otra más. Así de repente, uno nota que con menos pelotas el juego se hace mucho más manejable y por un rato vuelve a pasarlo bien, como al principio. Pero es sólo por un rato, porque a poco andar uno vuelve a cansarse.  


Y ocurre luego, que como uno anda en esa, los milagros empiezan a suceder y un día cualquiera, en una ciudad extraña, recorriendo un barrio que no deberías estar recorriendo, te topas con una pared vieja en un esquina sucia y hedionda, en la que con spray rojo está escrito “Deja el malabarismo”… En ese instante sueltas todas las pelotas y por primera vez en mucho, mucho tiempo,  te das cuenta de lo tibio que está el sol y piensas que es quizá porque la primavera ya llegó.