martes, 1 de octubre de 2013

De tanto pensar, me olvidé de creer.



Ilustración: Paulina Gaete
Anoche me desvelé. Y ustedes saben lo que sucede cuando uno se desvela… la cabeza empieza como a volverse un poco loca, piensas esto, luego aquello, después lo de más allá, vuelves a lo que pensaste primero, te haces preguntas, te imaginas respuestas, te cuentas historias y empiezas a encontrar cuerdas las ideas más estrafalarias. Cuando finalmente amanece, sin que hayas podido pegar una sola pestaña desde las 4 de la mañana, te sientes extenuado, no sólo porque Morfeo no te acunó en sus brazos, sino porque no paraste de darle vuelta a cuanta tontera se te cruzó por el mate. Gracias a Dios, ya en la ducha te vuelve la cordura y te das cuenta que el 90% de lo que pensaste era simplemente bullshit.
Sí. Eso pasa casi siempre. Pero eso no fue lo que me pasó anoche. Y entro a explicarles: hace rato que sé y que entiendo el concepto de que los pensamientos se convierten en cosas, que uno es lo que piensa, que el observador es lo observado, que la realidad que se manifiesta en mi vida, es –parafraseando la fastidiosa advertencia de  los programas políticos- “exclusiva responsabilidad de quienes la emiten” . Sin embargo, a pesar de entender racionalmente estos conceptos, a pesar de sentir que resuenan fuertemente en mi interior y a pesar de que me parecen creíbles, sensatos y de toda lógica… tengo problemas cuando trato de ponerlos en práctica. Como que la cosa no fluye. Por más que trato de pensar que en positivo y que “hoy sí que será un día magnífico”, apenas al salir de mi casa, ocurre alguna tragedia cotidiana: o se me quedan las llaves adentro del auto, pero con el auto encendido; o se me pierde el ticket de estacionamiento del mall; o me pasan un parte por ir despeinada; o ninguno de los ocho cajeros automáticos que hay en el Jumbo tienen plata.
Y así estaba yo en mi noche de insomnio, rumiando todas estas nimiedades, cuando de pronto,  como un rayo que golpea la antena del Empire State en medio del Huracán Sandy… una sorprendente verdad me sacudió la cabeza:
No hay que pensar. Hay que creer.
Y entonces, sentí en mis propios huesos el fenómeno de la masa crítica: de pronto toda esa información, conocimiento e ideas que había estado recopilando hace tanto rato en mi vida llegaron al mínimo requerido para que yo pudiera experimentar el fenómeno de la iluminación.  Y como una interminable cascada comenzaron a bajar velozmente a mi entendimiento una serie de conceptos que reafirmaban esta epifanía que acababa de tener. Los pensamientos los llevamos a cabo en nuestro intelecto, en nuestra mente consciente, en nuestro ego. Pero nuestra mente consciente, sólo opera en un 5% nuestra vida… el 95% restante está influido por la información que almacena nuestro subconsciente, ese recóndito lugar donde se alojan nuestras creencias. Por otra parte, nuestra conciencia tiene una capacidad de procesamiento de 40 bits por segundo (bit: unidad de información); en cambio el subconsciente procesa la friolera de 40 millones de bits por segundo… Sabemos mucho más de lo que alcanzamos siquiera a vislumbrar que sabemos. Y como el chiste que ridiculiza al marido que no puede comer chicle y leer el diario al mismo tiempo, nuestra mente consciente es nada más y nada menos que como ése pobre cristiano: sólo puede pensar una cosa a la vez… Traten de pensar en un elefante rosado y en Brad Pitt al mismo tiempo… No way.
Pensar  y creer no es lo mismo. Es parecido, pero no es lo mismo. Pensar es la semilla, creer es la planta. Pensar es la tela, creer es el vestido. Pensar es la harina, creer es el pan. Ya sé: me parezco a Arjona. Pero fuera de bromas, es así!!!  Y se los re-juro que es verdad. El desafío está en creer. Convengamos que sí, que cambiar mis pensamientos para cambiar mi vida es una lógica que sí apunta a la dirección correcta… pero el gran cambio sólo se producirá cuando empieces a creer. En otras palabras, para cambiar mi vida, no tengo que pensar en cambiarla… tengo que creer que ya la cambié.

jueves, 26 de septiembre de 2013

La patrona del bien


Ilustración: Paulina Gaete.
 
“El mundo no lo vemos como es… lo vemos como somos nosotros”. La frase no es mía, obvio. Se la he escuchado a varios personajes sobresalientes. ¿No les parece increíble? Que el mundo que nos rodea en verdad no existe. Que sólo existe en la medida en que nosotros, como observadores lo creamos. Eso es. Una vez develada, entendida e internalizada esta verdad, ya no podré hacerme más la víctima de nada. Y por consecuencia, se acabaron las quejas, los reclamos y la secreta idea que alguien conspira en mi contra. Bueno, esto último tiene una sola posibilidad de manifestarse en mi vida: yo soy la única persona que estoy habilitada para conspirar en mi contra. Así de estúpido. 
Y estas son buenas noticas, claro. ¡Magníficas noticias! Porque yo (me, myself and I) paso a ser la patrona indiscutida y suprema de mi propia vida. La patrona del bien.  ¡Ja! Suena power. ¿Conocen a Bruce Lipton, doctor en biología, norteamericano? En su libro “The biology of bilief” los va a dejar con la boca abierta. Yo aún no puedo cerrarla. Explica todo de una forma tan simple, tan clara y todo con una base científica… Él dice: “Aprendemos a vernos como nos ven, a valorarnos como nos valoran. Lo que escuchamos y vivimos nos forma. No vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos. Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”.

Y a mi eso me resuena como una verdad del porte del Estadio Municipal de Antofagasta (me gusta mi ciudad ¿ya?). Las creencias están grabadas en lo más profundo de nuestro subconsciente. Corresponden a información que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestro peregrinar en esta vida. Pero ojo, porque el Dr. Lipton explica que hasta los 6 ó 7 años nuestro cerebro está en modo de programación, lo que quiere decir que toda la información que nos llega, que leemos y que descargamos en nuestro software interno hasta esa edad se almacena de manera subconsciente como las instrucciones de acuerdo a las cuales vamos a actuar por el resto de nuestros días. En otras palabras, hasta los 7 años los seres humanos somos programados. ¿Por qué en la religión católica se hace la Primera Comunión a los 7 años? ¿Por qué se dice que al cumplir 7 años ya se tiene discernimiento? Científicamente se ha comprobado que hasta más o menos esa edad, el cerebro de los niños funciona entre las  frecuencias Theta y Delta, que son las frecuencias de los estados de hipnosis…  Y después de los 7 años y durante todo el resto de nuestra vida actuamos según esa programación. Por ejemplo, si tuviste experiencias en las que viste a tus padres aterrados por una araña, lo más probable es que hayas sido programado para temerle a esos bichos. Y por el resto de tus días vas a actuar de acuerdo a esa programación. Ya sé, el ejemplo es un poco burdo, pero es para explicar la idea. Porque hay programaciones mucho más sutiles, que ni siquiera nos damos cuenta que tenemos. Al menos yo podría escribir un libro entero con las que me he dado cuenta que tengo... y quizá cuántas más hay que ni sospecho.  
Lo preocupante es que aunque en el día a día aparentemente parecemos personas que estamos conscientes la mayor parte del tiempo, déjenme decirles que entre el 95% y 98% de nuestras acciones están dominadas por el subconsciente, por esa parte de nosotros que actúa automáticamente. Sólo entre 5% y 2% de lo que hacemos diariamente está dominado por la mente consciente. Si no me creen, lean el libro del Dr. Lipton. El subconsciente es un procesador de información un millón de veces más rápido que la mente consciente. Por eso cuando decidimos algo conscientemente como, por ejemplo, querer ganar más dinero, si nuestro subconsciente está programado con el input de que que es muy difícil ganarse la vida, no conseguiremos nuestro objetivo.

Como dijo ese señor que hacía autos, Henry Ford: “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes… tienes razón”. Esta es una frase tremendamente eficiente y explicativa para señalar que son tus creencias (o tus programaciones) las que van a determinar cómo va a ser tu vida. (Se me viene a la cabeza otro libro increíble: “La ley del espejo”, de Yoshinori  Noguchi). Mi vida es un reflejo de lo que yo creo… Por eso este blog se llama “Eres lo que quieres ser”. Cada uno de nosotros tiene la llave. Cada uno de nosotros es dueño de su propia existencia. Cada uno de nosotros es el capitán del barco. Cada uno es su propio jefe. Cada uno es su propio patrón. Y yo, quiero ser la patrona del bien… de mi bien.  

martes, 24 de septiembre de 2013

El calcetín huacho


Ilustración: Paulina Gaete
 
Básicamente la pregunta es por qué estamos aquí. Por qué y para qué. ¿Cuál es la razón para que nos tomemos la molestia? ¿O está mal dicho que sea una molestia? Honestamente, nada está mal dicho, en la medida que venga desde adentro. Desde ese lugar intangible pero real; desde ese lugar indescriptible, pero completo; desde ese lugar tan escondido, pero tan abierto. Ahí donde están todas las respuestas, todas las verdades, todas las posibilidades.  ¿Pueden imaginar ese lugar? ¿O sólo pueden sentirlo? Habitualmente, al menos en mi caso, lo vislumbro sólo a través de destellos… Brevísimos instantes en que todo parece tan claro, tan obvio, tan incuestionable… y luego esos instantes desaparecen, se van, se esconden en la cordura de la vida, en la razón, en la lógica y en toda esa maraña de falsas verdades que se han ido inventando a través de los siglos.
Pero que el destello no alumbre, no significa que no haya nada que alumbrar. Significa solamente que estamos a oscuras… ¿Alguien sabe dónde está el interruptor? Hay varios que dicen que lo han encontrado y que lo encienden y lo apagan a discreción. Me he leído todos los libros donde cuentan su aventura, ninguno de esos libros incluye el mapa que necesito. A veces no entiendo lo que dicen. Otras veces me ilusiono con sus historias. Pero al final ninguna de ellas es mi historia. Y me quedo igual que como empecé. Sé más cosas, pero estoy igual de ciega. A eso me refiero.

Y mientras tanto, hay que seguir viviendo. Seguir funcionando. En un mundo que es complejo de entender. Y la pregunta sigue intacta: ¿Por qué estamos aquí? Me levanto todos los días. Hago todo lo que tengo que hacer y cuando llega la noche y apago la luz y cierro los ojos… la respuesta tampoco aparece. Y me duermo no más. ¿Será que hay preguntas que no tienen respuesta? No creo. No debiera ser así la cosa. Si la pregunta se ha manifestado, entonces por defecto la respuesta tiene que estar en algún lugar. Como cuando se te pierde un calcetín… en algún lugar está el que anda perdido. Aunque no lo encuentres nunca más. No es que el que se perdió no existe, es que se perdió no más. Los calcetines huachos son sólo una ilusión, porque en verdad, ningún calcetín es huacho. No se hacen calcetines de a uno. No se fabrican por unidad. Siempre vienen juntos, de a pares, de a dos.  Con las preguntas y las respuestas pasa más o menos lo mismo. ¿Me entienden?
Entonces, esta analogía como que me gustó. Porque así me siento. Como que ando desesperada buscando el calcetín que se me perdió. Lo más irónico en todo caso, es que si las respuestas a las preguntas difíciles se comportan como el calcetín perdido, entonces el día menos pensado vamos a abrir el cajón y voilà… todo siempre estuvo donde tenía que estar…  ¿Será tan así?

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El compromiso


Ilustración: Paulina Gaete
 
OK.

No puedo evitarlo y tengo que escribirlo. Tengo dos amigas. Muy amigas. Buenas personas, generosas, divertidas  y buenas mozas. Amanda y Esther. Son nombres ficticios obviamente para proteger su verdadera y valiosa identidad. Resulta que Amanda, Esther y quien escribe (yo) tenemos un problema. Nos gusta comer y –a unas más que a otras- el tema del ejercicio no se nos da fácil. El resultado obvio de esta ecuación es que entre las tres sumamos varios kilos de sobrepeso. Y lo pongo así para no entrar en el humillante desglose de cuántos kilos son míos, tuyos y de cada una.

Convengamos que este no es un graaaan problema. Sé que en el mundo y en la historia universal hay y ha habido tragedias peores que esta… pero entiéndanme, en la vida de las mujeres que como a nosotros les ha tocado existir en un país y en una época donde el mito de “la mujer perfecta” (buena madre, buena profesional, buena esposa y regia-estupenda) está plenamente vigente, el asunto de luchar por mantenerse esbeltas durante el mayor tiempo posible no es menor.  

Sí, sí, ya sé. No faltarán quienes se escandalizarán frente a “tamaña necedad” que acabo de escribir, aludiendo a la frivolidad de mis pensamientos y la banalidad de mis preocupaciones, como me lo dijo una vez una flaca-esquelética… “Déjate de pensar en tonteras, Marcela. Estás como obsesionada con el tema. Preocúpate mejor de las cosas verdaderamente importantes”. A todas quienes piensen así, las respeto enormemente… pero en verdad me encantaría mandarlas a Chimbarongo a comprar canastos de mimbre. Capaz que sea verdad que a ellas no les importa el tema y son flacas-esqueléticas por la gracia de la divinidad. ¡Bienaventuradas! A mí y a mis amigas nos tocó bailar con la fea realidad de los kilos de más. Y como somos amigas y estamos juntas en las duras, en las maduras y en las gorduras, hemos decidido unirnos en esta cruzada.

E hicimos un pacto. Luego de un opíparo pic-nic que organizamos un día cualquiera para que nuestros pequeñines en vacaciones pudieran correr y gritar como desaforados en un lugar que no fuera la casa de ninguna de las tres, nos sentamos sobre la hierba a engullir sendos trozos de torta. Ya con “la guatita llena y le corazón contento”, nos tendimos mirando el cielo y ahí nos quedamos un rato sintiendo en el rostro la brisa primaveral. “Somos unas chanchas”, les dije sin más.  Amanda me miró impactada. Esther se puso a llorar… y justo cuando yo me iba a retractar de la brutalidad que acababa de decir, Amanda comentó “Tienes toda la razón…” y Esther bañada en lágrimas, agregó: “Tenemos que hacer algo”.

Y así empezó todo. Nos prometimos a bajar cierta cantidad de kilos en un mes. Y en una improvisada hoja, cada una estampó su rúbrica frente al juramento.

Esto fue ayer, 17 de septiembre, ad portas de las Fiestas Patrias, claramente el peor día del año para comenzar un desafío como este. Pero como creo firmemente en que el Universo es perfecto y que todo es como tiene que ser, acatamos el momento en que esta brillante idea se apoderó de nuestras cabezas y haremos lo que tenemos que hacer.  

El compromiso ya está hecho. Y la palabra empeñada.

 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Ser vulnerable


Ilustración: Paulina Gaete.
 
Como concepto, la palabra vulnerable tiene habitualmente una connotación negativa. Según la RAE, vulnerable significa “que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”. La definición es perfecta. Por lo mismo, las personas siempre estamos tratando de evitar ser vulnerables y permanentemente buscamos minimizar esas brechas por donde se puede colar la fatalidad, el sufrimiento o el dolor. Nos protegemos. A nivel físico y a nivel psicológico. En el plano material, es obvio cómo nos hemos llegado a obsesionar para que nuestras casas y bienes estén rodeados de rejas, de alarmas, de alambres de púa, de cercos eléctricos. En cierta forma, nos sentimos más tranquilos, pero la mala noticia es que en estricto rigor, con todo eso no evitamos en un cien por ciento que algún malhechor pueda violar nuestra intimidad, aunque ciertamente –como se escucha tan habitualmente- “le estamos haciendo mucho más difícil la pega”.  
Esa es la perfecta analogía para entender lo que muchas veces se replica a nivel psicológico. Nos movemos por la vida llenos de barreras, de censuras, de salidas de emergencia, de mallas protectoras de las más diversas formas. Cuántas veces, por ejemplo, nos hemos pillado bajando el portón eléctrico de nuestra boquita de cereza y evitamos decir lo que sentimos para no “exponernos” demasiado, para no “ponernos en una situación vulnerable”. Cuántas veces habremos callado o habremos dejado de hacer cosas sólo por miedo, por inseguridad o porque tememos el juicio que los demás puedan hacer de nosotros.

En su libro “Daring Greatly” (perdón por la traducción: “Atreverse enormemente”), Brené Brown Ph.D. LSMW (Master en Trabajo Social) y profesora de la Universidad de Houston, nos cuenta cómo “el coraje de ser vulnerable transforma la forma que vivimos, que amamos, que educamos y que lideramos”. Brené Brown saltó a la fama luego de una charla de TED en Houston (el video está más abajo) y en verdad ella nos abre los ojos con respecto a la forma cómo vivimos la vida.

Como investigadora, ha dedicado su carrera a recolectar antecedentes que le ayuden a entender de mejor forma la vergüenza y la vulnerabilidad. La invitación de Brené Brown es a abrazar la vulnerabilidad y nos aclara que –contrario a la que se puede pensar en un primer momento- ponerse en una situación vulnerable es signo inequívoco de valentía. Además, en otro de sus libros, “The Gifts of imperfection” (“Los regalos de la imperfección”), habla sobre los 3 regalos que proporciona el mostrarnos tal cual somos: coraje, compasión (por nosotros y por los demás) y conexión. Y agrega que estas son las 3 herramientas que nos ayudarán a llevar una vida más plena y con sentido.

De vez en cuando descubro autores e ideas que me inspiran. Sin duda, Brené Brown ha sido una de ellas. Quizá porque no habla desde la palestra del académico y de la teoría. Ella misma cuenta su historia y la forma cómo los resultados de su propia investigación la remecieron y le cambiaron completamente la vida. Dice Brené: “Ser dueño de nuestra historia puede ser difícil, pero no es tan difícil como pasar nuestras vidas huyendo de ella. Abrazar nuestra vulnerabilidad es arriesgado, pero no es tan peligroso como renunciar a entregarse en el amor, la pertenencia y la felicidad- las experiencias que nos hacen más vulnerables. Sólo cuando somos lo suficientemente valientes como para explorar nuestra propia oscuridad vamos a descubrir el poder infinito de nuestra luz".
 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cortito... pero en serio.


Ilustración: Paulina Gaete
 
Pongámonos serios. Hablemos de verdad, mirándonos a los ojos. Profundamente. Honestamente. Consagradamente. Transparentemente.
Dejémonos de eufemismos, de risitas nerviosas, de palabras vacías. Dejémonos de leseras. Que la vida es muy corta y el presente ya se fue. No quiero seguir librando esta guerra tan inútil y tan eterna entre lo que siento y lo que digo. Entre lo que creo y lo que hago. Entre lo que parezco y lo que soy.
Acortemos esa brecha. Hagámosla tan pequeña que casi no se note que allí hay un espacio, para la duda, para la mentira, para el dolor.

Dejémonos de miradas chuecas, de palabras cojas, de caricias falsas. Dejemos de ser quienes no somos. Dejemos de ser quienes no merecemos ser.

Honremos la aventura de estar en esta vida y caminemos por sus senderos con la frente en alto, con la risa liviana, con la verdad a flor de piel.  Seamos fieles a lo que somos  y a lo que hemos venido a ser.

martes, 10 de septiembre de 2013

Las 4 mentiras más divertidas que las mamás les dicen a las profesoras de sus hijos


 
Todos quienes somos mamás o papás de escolares en esta época de la historia de la humanidad, hemos escuchado y/o hemos pronunciado alguna de las frasecitas citadas a continuación. A quien le venga el sayo que se lo ponga… y a quien que no, que ojalá pase un buen rato leyendo.
Mentira Número 1: “Mi hijo no miente.”
Esta es lejos la frase más recurrida. Sobre todo por aquellas dulces madres de pequeños malandrines que todo el mundo sabe que son malandrines de tomo y lomo. Niños al fin, pero que se la pasan haciendo sufrir y rabiar a sus compañeritos de clase, ensañándose por temporadas con ciertos personajes de la sala. En junio a Martincito le dio con rayarle el cuaderno a Rosita; luego, en julio, Martincito escogió a Osvaldito para quitarle la colación en el recreo; en agosto, le tocó a Carmencita sufrir espantosos jalones en sus trenzas… y así sucesivamente… Hasta que le llegó el turno a Juan Pablito, quien resultó ser más avispado que el ya tristemente legendario Martincito, y a la primera, le mandó el combo en l’hocico no más y el pobre Martincito quedó todo averiado y tirado en el suelo.

Ustedes ya saben lo que sucede después. La Señora Martingala, madre de Martincito, llega como leona a hablar con la profesora jefe, con la coordinadora de ciclo y con la directora del colegio para reclamar por el “escandaloso matonaje que hay en este establecimiento educacional, donde no puede ser que haya niños que arreglen todo a golpes, porque mi hijo claramente no hizo nada… y bla bla bla bla”. Y la profesora, la coordinadora de ciclo y la directora del colegio la escuchan con una paciencia infinita, le dan una agüita de melisa para que se tranquilice un poco y finalmente le dicen muy sutilmente que bueno, que “en realidad fue Martincito quien molestó primero a Juan Pablito...” y entonces la tal Martingala monta en cólera y sacando su espada de vengadora se sube a la mesa, invoca los poderes de Grayskull y con voz ronca grita a los cuatro vientos “¡Imposible… mi hijo no miente!”

Mentira Número 2: “Yo nunca le he gritado a mis hijos.”
La situación es la siguiente: en cita con el orientador del colegio, la Señora Pita y su marido, padres de los Hermanitos Pérez, no pueden entender lo que el pobre orientador ya les ha explicado ocho veces:  “…sus cinco hijos, señora, presentan el mismo comportamiento bizarro… gritan cuando la profesora les hace una pregunta… ¿Usted cree –pregunta tímidamente el orientador- que en su casa hay alguna situación que esté haciendo que estos niños reaccionen así en la escuela?” La Señora Pita con la cara desfigurada por el asombro y la sorpresa, como si le estuvieran hablando de unos extraterrestres y no de sus mansos pequeñines, le responde al educador  “Imposible, caballero… ¡Yo nunca le he gritado a mis hijos!” Frente a tamaña declaración, el esposo de la doña y padre de las criaturas, quien hasta ese instante había estado calladito como una hormiguita, estalla en una carcajada y empujando a su mujer en el hombro le dice “¡Saaaaaaaaaa!”…

Mentira Número 3: “En mi casa no se dicen garabatos.”
Esta mamá es la más cómica de todas. Y la más car’e palo. Su pequeña Manenita, que cursa Primero Básico “D”, se ha convertido en un fenómeno escolar. Hasta las alumnas de segundo, tercero y cuarto medio corren al patio de los chicos durante el recreo y disimuladamente se paran cerca de Manenita a escuchar cómo, mientras la pequeña juega alegremente a la cuerda, tapiza a sus compañeritas con un rosario de palabrotas cada vez que éstas comenten una falta. ¡Qué Evelyn Matthei! ¡Qué Paty Cofré! ¡Manenita se las gana por lejos! Alertada de esta situación, y estando en antecedentes de  la “boquita de señorita” de la madre de la niña, la profesora  jefe le pide al inspector, quien le pide al orientador, quien le pide al coordinador de ciclo, quien le pide al rector, quien finalmente le pide al Intendente Regional que hable con la apoderada…   Y cuando la secretaria del Intendente llama por fin a la madre de Manenita para citarla a reunión con el máximo representante del gobierno en la región… lo único que obtiene como respuesta es “¡Ya te dije  %$#%&/OO#$?=!  ¡En mi casa no se dicen garabatos!”. Finita.

Mentira Número 4: “Miss, qué más quisiera yo venir a cooperar ese día... ¡Pero justo tengo hora al doctor y me costó tanto conseguirla!”

En este caso, las mentiras son varias. Primero: esta mamá lo último que quiere hacer es venir a cooperar ese día. Segundo: de lo único que está enferma es de lata, y como no existen los especialistas que curen dicha condición, NO tiene por lo tanto ninguna hora a ningún doctor... y tercero: obviamente no le costó nada conseguir una hora que no pidió.

Para mi gusto, esta es la menos grave de todas las mentiras, porque seamos honestas…  hay algunas profesoras y delegadas de curso tan alentadas que hacen celebración por todo y a todo hay que ir a cooperar: el día del conejito, las Fiestas Patrias, el cumpleaños de la Miss, el día de la parvularia, la llegada de la primavera, el día del bombero, el día del niño, el día del colegio, el día de la madre, del padre, del abuelo, la Navidad, el paseo de curso, la bienvenida a la nueva compañerita que llegó de Alaska, la despedida de Ivancito que se va a la Cochinchina… Francamente, chicas… ¿No será mucho? ¡Hasta yo feliz me invento una hora al neurólogo! ¡Por estrés escolar!