Ilustración: Paulina Gaete.
Todas conocemos a una
o más de una. Pero siempre está la number
one, la que se la gana a todas. Siempre hay una que es la peor, la más
venenosa, la más intrigante, la más ponzoñosa, la más perniciosa… la más VÍBORA
de todas. Así con mayúscula. Esta calaña
de mujer no tiene nacionalidad específica, ni pertenece a una determinada clase
social, ni siquiera tiene un color de pelo en particular, las hay rubias,
morenas y pelirrojas. Pero hay algo en su movimiento corporal, en su aura, en
su forma de mirar y de decir las cosas, que las delata.
Si quieres reconocer a una víbora, sólo tienes que fijarte
en cómo te mira. Bueno, en realidad ella no te mira: te clava sus pupilas. Y
cuando lo hace, como que achina los ojos. Y luego, poco a poco va recorriendo en detalle tu fisonomía. Se
fija en todo: desde el color de tu lip-gloss,
hasta si te depilas las cejas; desde tus uñas, hasta la marca de tu ropa;
desde tu bolso, hasta… tus zapatos… Sobre todo se fija en tus zapatos. Y aquí
tienes otro tip para reconocer una
víbora, porque en general, a ellas les encantan los zapatos, y tienen el par
perfecto para cada tenida. Son odiosas.
Pero una víbora, no es una verdadera víbora sino hasta que
abre la boca. Es en ese momento, a través de las palabras que pronuncia, que esparce su
veneno. “¡Uy! ¡Pobrecita! -le dijo una vez una víbora de antología a una
querida amiga mía- ¡Tienes una carita de cansada…!” Y resulta que mi amiga justo
ése día se veía despampanante: venía saliendo del quirófano después de haberse
enchulado hasta las pestañas, había bajado como 48 kilos y su marido era el dueño
de la cadena de hoteles más pitucos de la ciudad…
“Mira que te has puesto astuta”, le dijo otra víbora a una
señora más buena que el pan, luego que esta última le regalara un hermoso paletó
hecho con sus propias manos a su guagua recién nacida. Porque han de saber
ustedes que las víboras también tienen hijos… Y a veces son ¡peores que la
madre! Al cabo de algunos años, esta misma guagüita de la que hablo, creció, y como el mundo es chico como un pañuelo, fue compañera de curso de la hija de la prima de otra querida amiga mía. Resulta que la hija de la prima de mi querida amiga tenía ciertos problemas con la asignatura de matemáticas, pero luego de psicopedagogas varias, la niñita pudo finalmente sacarse el primer siete de su vida en dicha materia… La profesora estaba tan feliz con el tremendo logro de su esforzada alumna, que como premio le pidió al curso que le diera un fuerte y cariñoso aplauso. En medio del jolgorio que se produjo en la sala, la pequeña viborilla -hija de la víbora madre ya aludida- se acercó a la hija de la prima de mi querida amiga y al oído le dijo con ese clásico tono sarcástico de viborilla bien educada: “Humm… yo me saqué un 6,3… pero so-li-ta”.
Lo que se hereda no se hurta. Y las viborillas no son la excepción.
En otra oportunidad, otra amiga muy cercana y muy-muy amiga
mía, quien durante varios años deambuló por el pintoresco mundo del espectáculo
criollo, me contó de la existencia de las llamadas víboras-celebrity. Ella –mi muy-muy amiga- las definía simplemente como “bicharracas”,
no por desmerecer su estatus de víboras hechas y derechas, sino porque en el
ambiente televisivo a este tipo de reptiles se les llama “bichas”, ya que el sólo
el hecho de mencionarlas por su verdadero nombre constituye el peor de los
augurios y quien ose quebrantar este sacrosanto mandamiento pasa a ser automáticamente
considerado yeta.
Bueno, volviendo al cuento de mi muy-muy amiga: un día, durante
una reunión de equipo del programa en que mi muy-muy amiga se desempeñaba como editora,
ella fue efusivamente felicitada por el director de dicho espacio televisivo.
En ese preciso momento se abrió la puerta de la sala de reuniones e hizo su
entrada la víbora-celebrity que conducía el show. Al escuchar las candongas
y halagos de los que mi muy-muy amiga era destinataria, la bicharraca levantó
una ceja y sin siquiera arrugarse (gracias al botox, claro) dijo: “me enorgullece tanto que
te feliciten así… porque he sido yo la
que te ha enseñado todo lo que sabes”. Más que víbora, ésta pasó directamente a la categoría de anaconda.
En fin, historias de víboras hay para tirar a la chuña. Y varias se
me quedan en el tintero. Lo bonito de todo esto es que al relatar estas crueles
y pérfidas anécdotas podemos en cierta forma mofarnos y reírnos de la mardá del ser humano. Porque al final
del día, es bien patético lo que hay detrás de una víbora: envidia, celos,
mediocridad, descalificación, sentimiento de inferioridad, neurosis e incluso –en
algunos casos- franca psicopatía.
A todas aquellas que alguna vez han sido víctimas de una
víbora… ¡Ríanse a mandíbula batiente chiquillas!...
La víbora sólo ataca a quien siente como una amenaza. La víbora es fría y
resbalosa. La víbora se arrastra por el
suelo for ever and ever y ¡nunca! va
a poder volar como ustedes.
Las dejo con el siguiente cuento:
“Una víbora perseguía
a una luciérnaga. Cuando estaba a punto de comerla, ésta le dijo: “¿Puedo
hacerte una pregunta?”. La víbora respondió: “En realidad nunca contesto
preguntas de mis víctimas, pero por ser tú, te lo voy a permitir”. Entonces la
luciérnaga preguntó “¿Yo te hice algo?”, “No”, respondió la víbora. “¿Pertenezco
a tu cadena alimenticia?” preguntó la luciérnaga. “No”. Volvió a contestar la víbora.
Entonces ¿Por qué me quieres comer?, inquirió el insecto. “Porque no soporto
verte brillar”. Respondió la víbora.
Lamentablemente conozco muchas víboras, están tan cerca que su veneno me tiene adormecida.
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