miércoles, 4 de marzo de 2015

Caminar


De los placeres simples de la vida, caminar es quizá uno de los más gratificantes y uno de los que proporcionan los mayores beneficios, no sólo físicos, sino también psíquicos y espirituales. Todos somos caminantes en esta vida, sólo que a veces nos olvidamos de representar más literalmente ese rol. En mi caso, confieso que camino bien poco. Reconozco que me he vuelto muy cómoda y la tecnología ha conspirado en mi contra,  poniéndome el mundo en la punta de los dedos. En verdad, ya casi no necesitamos levantarnos del sillón para conseguir lo que queremos y con un solo click estamos virtualmente donde queremos estar.
En esencia, lo anterior no tiene nada de malo, al contrario. Me declaro una entusiasta de la tecnología, pero al mismo tiempo hay que admitir que con la tecnología corremos el riesgo de desconectarnos excesivamente del mundo real.  Lo complejo, es que al desconectarnos del mundo real, nos desconectamos de nosotros mismos porque todo tiende a ser fácil, instantáneo y automático, exonerándonos de cualquier esfuerzo para conseguirlo.

Durante este verano he redescubierto el placer de caminar. De ir al ritmo que mi cuerpo permite, respetando el tiempo que me demoro en trasladarme de un lugar a otro y aprovechando el espacio que se abre para bajar las revoluciones y para reencontrarme con aspectos de mi interior que ya casi había olvidado. Porque al caminar, poco a poco se va silenciando el mundo y empiezas a escuchar mucho más nítidamente lo que piensas, lo que sientes y lo que quieres. Cuando uno camina se acuerda que adentro suyo hay alguien que es mucho más que el que se deja ver por fuera y entiende que hay una dimensión mucho más real que el sueño que sueñas a diario.
Caminar, en cierta forma, nos vuelve a vincular con la tierra firme, con la noción de que para avanzar hay que dar un paso a la vez y que ese paso nos regala una brecha de suspenso y reflexión. Un paso que sumado a otros te permite recorrer largas distancias, pero al mismo tiempo te invita a visitar un paraje interno que sin tu presencia se vuelve yermo y desolado. Al caminar, percibes, reflexionas, te inspiras, haces conexiones, generas ideas. En fin, no sólo oxigenas tu sangre, sino también tu alma y tu entusiasmo.

La vida se vuelve a vivir desde la vereda y no desde esa supercarretera donde todo sucede más rápido y menos amablemente. Creo que cuando la vida deja de vivirse apurada, se restaura su color, su nitidez y su brillo. Es lo mismo de siempre pero distinto, más sabroso, más ameno, más consciente y más verdadero. Caminar es una buena forma de recordar que en esencia somos viajeros, quienes  más que tratar de llegar a algún lugar… debemos empeñarnos por disfrutar del viaje.


Cumpleaños


Conozco mucha gente que está de cumpleaños durante el verano. Incluyéndome a mí. Cuando niña, mi sueño era irme a vivir a algún país del Hemisferio Norte, para que mi cumpleaños fuera en invierno. Y fantaseaba con la idea de que en alguna realidad boreal paralela, mis compañeros de curso me pudieran cantar el cumpleaños feliz en la sala de clases. Nunca sucedió, claro. Y el mundo siguió girando igual.
Es difícil congregar invitados cuando uno está de cumpleaños durante el verano. Hay momentos en que- cuando uno es chica-  eso importa. Después uno crece y se acostumbra y, francamente, da lo mismo, porque con el tiempo, uno va entendiendo que lo principal no es la cantidad de abrazos, de saludos o de regalos. Importa más si ese día uno se siente especial, si respira distinto, si desde el corazón honra la efeméride. 

Honrar la efeméride significa reconocer que el sólo hecho de estar de cumpleaños es ya un regalo. Un regalo que agrega el último año de tu vida al resto de los años que has vivido, conformando así tu historia e incluyéndolo todo: las glorias, las miserias, los fuegos artificiales, los descalabros, las muertes y las resurrecciones, porque todo te ha ayudado a ser quien eres y a llegar donde has llegado.
Hay un viejo chiste que dice “justo nací el día de mi cumpleaños”. La talla es más bien fome y además, en  inglés la ironía no funciona porque cumpleaños en inglés se dice “birthday”, que literalmente se traduce como “día de nacimiento”. Es que los idiomas español e inglés utilizan dos conceptos muy distintos para conmemorar la misma cosa: el momento en que llegamos a este mundo. El “birthday” apela a la razón más de fondo: nacer. El “cumpleaños”, en cambio, se queda con la contabilidad del suceso, o sea, con cuánto tiempo va pasando desde que ocurrió, con cuántos años le voy sumando a mi trayectoria.

En ese sentido, me gusta más el vocablo angloparlante porque al incorporar en su estructura la palabra “nacimiento” (“birth”), invita a hacer foco en ésa idea, la idea de abrir una nueva página y de resetearse, lo que me parece mil veces más atractivo que entenderlo sólo como un mero conteo de primaveras.
Estar de cumpleaños es la manera que tiene la vida de invitarte a empezar de nuevo y de  volver a nacer. Y te ofrenda con un año completo para que hagas y deshagas. Es bueno hacerse consciente de la dádiva y agradecer la oportunidad de renacimiento que te da. Así te haces más dueño de tu vida y más responsable de tu destino. Y eso siempre es una muy buena razón para celebrar.

viernes, 6 de febrero de 2015

Lo que no se ve


La vida no sólo es literal. También es simbólica. Se vale de señales y metáforas para mostrarnos y decirnos cosas. Lo que vemos no es sólo lo que vemos. Detrás de lo que observamos y de lo que nos sucede hay recados escondidos. A veces somos capaces de reconocerlos, otras veces no, y en algunas otras ocasiones, aunque los pispamos de reojo, nos hacemos los lesos. Así no más.  
Con el tiempo, tendemos a olvidar que la vida está hecha de lo que se ve y de lo que no se ve. El célebre Antoine de Saint-Exupéry lo señaló claramente cuando escribió en El Principito que “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”. Sin embargo, habitualmente, uno ve sólo lo que quiere ver y escucha sólo lo que quiere escuchar. Así, los mensajes ocultos que deberíamos detectar, se pierden en la inmensidad del Universo y nosotros, en vez de cobrar el premio y aprender la lección, nos aferramos a lo concreto y a lo “real” para justificarnos.

Lo que no se ve siempre se refleja en lo que se ve. Como lo que pasa con el viento, que en realidad no podemos verlo pero lo sentimos, en  la cara, en el cuerpo, en las olas del mar o en el ruido que hacen las ramas de los árboles cuando son agitadas por él. En estricto rigor, no vemos al viento,  pero sabemos que está ahí. Lo que en realidad estamos viendo son las señales que confirman su existencia.
Asimismo, lo que no se ve en una persona siempre se refleja en lo que sí se ve de ella. Por ejemplo, las ojeras a menudo reflejan cansancio; las lágrimas, tristeza; los celos reflejan inseguridad o, como le sucede a una querida amiga mía, cuya permanente necesidad por atiborrarse de tareas y compromisos, no hacen más que reflejar su desesperado deseo por evadirse de su rutina. Lo visible refleja lo invisible.

Y quizá aquí viene lo más difícil de digerir: lo que yo no quiero ver de mí mismo es lo que muchas veces veo reflejado en los demás. Se trata de la Ley del Espejo, que dice que todas las personas con las que interactuamos nos reflejan una parte de nosotros mismos. Entonces, ojo con lo que vemos, porque siempre, en algún sentido, refleja lo que no vemos o lo que no queremos ver (no en vano se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver y peor sordo que le que no quiere oír).  Como señaló el escritor Wayne Dyer, “al juzgar a otro no lo defines a él, sino que te defines a ti mismo”.
Así es que para poder percibir lo que no se ve, hay que hacerle caso a de Saint-Exupéry y aprender a mirar de otra forma lo que se ve: no con los ojos, sino con el corazón.  Sólo entonces, tu vida se desplegará en todo su esplendor y se abrirán compuertas de entendimiento que antes nunca hubieras imaginado. Comencé diciendo que la vida no sólo es literal, sino también simbólica. Para terminar, agrego que si uno aprende a ver lo que no se ve, la vida deja de ser lógica… para convertirse en mágica.

miércoles, 28 de enero de 2015

Ciclos



Hombre de pocas palabras y muy observador, mi abuelo paterno hablaba escaso pero “bien desparramado”. Sus ojos eran más bien pequeños, pero cómo le brillaban cuando alguna incontenible ironía estaba en la punta de su lengua ad portas de saltar al vacío. Vivía en Viña del Mar y solíamos visitarlo los fines de semana. “Cuando mis nietos vienen a verme –decía con esa chispa inconfundible en la mirada- me dan una doble alegría: cuando llegan… y cuando se van”. Todos se reían con la ocurrencia, así como se ríen los personajes de “Scooby Doo” en la escena final de cada episodio. Y partíamos de vuelta a casa mientras yo imaginaba a mi abuelo, por fin solo en la suya, deleitándose con ese dulce silencio que sobreviene justo después que la algarabía termina.
Con el tiempo, empecé a encontrarle mucho sentido al chiste de mi abuelo, que en el fondo, expresaba el valor de los ciclos. En la vida todo comienza, tiene un peak y termina. Pareciera que todo lo que nos rodea y lo que nos sucede está ordenado en ciclos. Empezando por la vida misma. Y siguiendo con el día, la noche, las estaciones del año, las fases de la luna, la infancia, la adolescencia, la vida adulta, la vejez, la etapa escolar, la universitaria, la trayectoria laboral y mil etcéteras más. Un buen ciclo, o un ciclo sano, se recibe y luego, en su momento, se cierra. Un mal ciclo, o llega muy tarde o muy temprano; y cuando termina, o lo hace prematuramente o se alarga como una mala telenovela.

La clave de los ciclos está en recibirlos, vivirlos y dejarlos ir. Suena fácil, pero a veces, no lo es. Y no lo es porque a menudo nos empeñamos en convertir ciertos instantes en eternidades, lo que va contra la naturaleza misma de la vida que en esencia es cambio, movimiento y evolución.  Nada es para siempre, excepto el abrir y cerrar ciclos; el terminar una cosa y volver a empezar otra; el morir y volver a nacer.

Ni siquiera nuestro propio cuerpo es el mismo que el que era hace algún tiempo. Leí por ahí que cada diez años los huesos se renuevan por completo; la piel se demora dos semanas en hacerlo y las células que recubren el estómago se regeneran cada tres días. Cada segundo mueren cien mil células en el cuerpo y son reemplazadas por otras nuevas. Con estos datos ¿Cómo podemos ser “los mismos de siempre” si en verdad estamos permanentemente cambiando? La respuesta es a la vez compleja y sencilla: no somos “los mismos de siempre”, sólo tenemos la ilusión de serlo. 
Por eso, más que vernos como personas estáticas y definidas, los humanos debemos entendernos como un proceso, como seres en estado de flujo. Desde esa perspectiva es más fácil soltar y cerrar etapas para darle la bienvenida a otras nuevas. Y sólo entonces, cuando el ciclo sea perfecto, “la alegría será doble”… como sabiamente decía mi abuelo.

Una buena conversación


Es así: el verano es una época para reponerse, para cambiar la rutina, para hacer otras cosas. Aunque en muchos casos la rutina no cambia mucho, hay una sensación de distensión en el ambiente. Serán los días más largos, las temperaturas más cálidas, la ropa más liviana, la brisa marina haciéndonos cosquillas en la nuca, la perspectiva de que las vacaciones están a la vuelta de la esquina.  No sé, pero durante el verano la vida no es como es durante el resto del año. Y creo que debemos aprovecharlo.
El verano es apertura, invita a salir, a mostrarse, a hacer más vida al aire libre, a querer estar más con los otros. Por lo mismo, una de las cosas que más disfruto hacer en esta época del año es juntarme a tomar un café con algún amigo en alguna vereda. El café es la excusa, claro. Lo que en verdad importa es lo otro: sentarse en la misma mesa y conversar relajadamente mirándose a los ojos. Ciertamente, el café sabe delicioso, pero lo verdaderamente  delicioso es la conversa, la genuina conexión, la cercanía, la amistad, el cariño, eso que a veces se nos hace tan difícil de lograr hoy día. Con tanto email, mensaje de texto, emoticón y “me gusta” inundando nuestras vidas, haciéndonos creer que estamos hiperconectados y ultracomunicados. Pamplinas. En el fondo todos sabemos que no es así, que no hay verdadera conexión si yo no miro al fondo de tus pupilas y tú no miras al fondo de las mías. Porque es ahí donde de verdad se refleja el alma. Y es al alma donde las buenas conversaciones llegan. Ésos son los coloquios que se recuerdan, los que valen y los que sirven. Porque no son sólo palabras, son palabras y un millón de cosas más: miradas, sensaciones, gestos, intensiones, emoción.

No es raro que después de alguna de estas sinceras conversaciones, las tejas vayan cayendo graciosamente sobre tu cabeza, que ates cabos, que se te encienda la ampolleta y que reconozcas verdades que antes ni siquiera considerabas. Como me sucedió a mí un día hace muchos, muchos años, cuando aún no sabía qué hacer con mi vida y me junté a conversar con un amigo,  y mi amigo declaró así, entre risas y chistes tontos… “mira –me dijo clavando su ojos en los míos- tú sabes perfectamente qué hacer con tu vida. Lo que pasa es que no te atreves…” ¡Ay Dios Santo! ¡Esa teja sí que dolió! Recuerdo ese diálogo como clave en mi historia. Y así como ésa, ha habido muchas otras conversaciones que me han marcado.

Pero honestamente, no fue ni la teja, ni las palabras, sino más bien la energía en la mirada de mi amigo lo que me liquidó. Doy fe de que estando cara a cara, frente a frente, tête à tête, los que en verdad hablan son los ojos. La boca dice cosas… pero en una buena conversación son los ojos los que hacen que el mensaje llegue al corazón.

Senderos


 
Uno de los panoramas tradicionales durante los calurosos meses de verano de mi adolescencia era visitar el Santuario de la Naturaleza, un parque ubicado en el sector cordillerano de El Arrayán  muy cerca de Santiago. Pasábamos el día allá, llevábamos picnic y organizábamos  largas caminatas siguiendo algunos de los senderos ya existentes. Pero cada vez que emprendíamos el recorrido yo siempre me cuestionaba lo mismo: “¿Por qué teníamos que ir por el mismo sendero que otros habían hecho?” En uno de esos paseos, logré verbalizar mi inquietud y le pregunté a mi papá, que casi siempre comandaba la expedición: “¿Por qué vamos por este camino?” Mi papá me respondió con la voz agitada por el tranco firme y rítmico: “Porque este es el camino que hay, pues mijita”. Entonces, yo volví a preguntar,  “¿Pero por qué no podemos hacer nosotros otro camino diferente?”  Y mi papá volvió a contestar: “Porque este es el camino que de manera natural han ido dejado todos los caminantes que vinieron antes que nosotros y como ya es una ruta probada… qué mejor que seguirla, así nos ahorramos tiempo y energía”. Y mientras mi papá seguía avanzando muy campante, yo reflexionaba: “Mmmm, es verdad que nos ahorramos tiempo y energía, pero también nos ahorramos la emoción de escoger nuestra propia ruta”. Al fin y al cabo, pensaba yo, ¿Cómo sabía mi papá que efectivamente ése era el mejor trayecto? ¿Sólo porque otros  así lo habían establecido?  ¿Acaso quienes recorren antes un camino tienen potestad para señalarle a todos los que vienen después por dónde tienen que caminar? Finalmente, me planteaba yo, ¿Qué tenía de aventurero este paseo?... Nada. Cero.
Ahora, que hace rato se fue mi adolescencia, mi juventud y, bueno, parte de mi adultez también, y cuando justo estoy en lo que los entendidos llaman “plena crisis de la mediana edad”, me doy cuenta que así es no más la cosa. Sucede que en el camino de la vida uno recorre muchos senderos simplemente porque estaban ahí.  O porque alguien, que pasó por el lugar antes que nosotros, trazó una huella que al principio fue débil pero que poco a poco fue siendo reforzada por los que vinieron después… y finalmente se convirtió en la ruta oficial, en el camino esperado, en el sendero correcto.

No es sino hasta que uno lleva un buen rato caminado, que se da cuenta que quizá pudo haber tomado otro trayecto. ¿Pero sirve de algo lamentarse cuando lo caminado ya se caminó? Antonio Machado lo dijo y luego lo repitió Serrat: “… al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Porque como la vida es “pa´delante” y no “pa´tras”, no se puede desandar lo andado. Y si de algo vamos a arrepentirnos, que no sea de los caminos no recorridos, sino de no ser capaces de valorar hasta dónde hemos llegado gracias a los senderos por los cuales sí hemos transitado.

Con rojo y subrayado


¿Recuerdan lo que sentíamos en cada inicio de un nuevo año escolar? “¡Este año sí que sí! ¡Voy a mejorar mi promedio, voy a estudiar todos los días, voy a hacer las tareas a tiempo, voy a poner atención en clases y mis cuadernos serán los más hermosos, pulcros y ordenados de todo el colegio!”.  Me atrevería a decir que siempre las primeras páginas de los cuadernos de un altísimo porcentaje de alumnos son las más bonitas, con una caligrafía de calígrafo y con títulos escritos en rojo y subrayados con regla. Sin embargo, a poco andar, ya en la tercera o cuarta página del mentado cuadernito, nos olvidábamos del rojo, de la regla y, definitivamente a partir de la quinta página, la pluscuamperfecta caligrafía volvía irremediablemente a ser la misma maraña de siempre.
Con las buenas intenciones de Año Nuevo sucede algo parecido, porque al igual que los fuegos artificiales que se lanzan justo a la medianoche, a pesar de que emergen como estruendosas y encandiladoras promesas, con el paso del rato se van diluyendo...  y finalmente, el peso de la cotidianidad, anexado a las mil y una excusas que somos capaces de esgrimir, los terminan por sepultar. Raya para la suma: seguimos haciendo lo mismo de siempre y terminamos siendo lo mismo que somos. Para cuando nos damos cuenta del fracaso de nuestras buenas intenciones, sentimos que ya es demasiado tarde y que no queda otra que esperar al próximo año, para ver si entonces, Dios mediante, seremos de una vez por todas, capaces de cumplir lo que tanto anhelamos.

Es que por alguna extraña razón solemos ver las 00:00 horas del  1 de Enero como el separador de un kardex, que crea y abre un nuevo espacio para la generación y archivo de nuevos contenidos. La sensación que acompaña a este hito es similar a lo que uno experimenta cuando resetea el computador. O, por ponerlo en términos más domésticos, muy parecido a lo que se siente cuando se termina de lavar y ordenar la loza de la cocina después de almuerzo. Por un segundo todo vuelve a estar como debe estar: los platos limpios y guardados; el computador reconfigurado y restaurado; la nueva pestaña del kardex incólume y lista para ser usada. Desde esta perspectiva el nuevo año se presenta como potencialidad pura y la sensación es francamente… maravillosa.
Muy bonito, pero el error, creo yo, está en creer que este es un ejercicio anual y que la oportunidad para volver a empezar se da sólo una vez cada 365 días, cuando en verdad no es así. Cada momento y cada segundo constituyen siempre una nueva oportunidad. La vida nos ofrece a cada instante la posibilidad de empezar a usar un cuaderno nuevo. Las recaídas son parte del avance y sería bueno entender que no hay que esperar que el planeta Tierra dé la vuelta completa alrededor del Sol para empezar nuevamente a escribir los títulos en rojo y a subrayarlos con regla.