sábado, 28 de junio de 2014

Algo está cambiando


Imposible no hablar de fútbol. Estamos todos extasiados con lo que ha realizado la selección nacional en esta primera parte del mundial de Brasil 2014. Aunque perdiera con Holanda, porque por primera vez nos olvidamos de la calculadora para pasar a la segunda ronda del mundial. Lo cual, tiendo a pensar, es un indicio de que algo está cambiando.
Y para que algo cambiara dentro de la cancha, algo tuvo que cambiar dentro de la cabeza. Son muchos los que hace rato tienen el diagnóstico claro: el gran problema del chileno es un problema de mentalidad, lo que se refleja en todo lo que hacemos. Y el fútbol no es la excepción. Es más, este popular deporte se presta como la metáfora perfecta para graficar la manera de pensar de quienes nacimos en esta larga y angosta faja de tierra. Lo que habitualmente sucedía es que al salir al campo de juego todo andaba más o menos aceptable… hasta que llegábamos al área chica: costaba meter el gol, no éramos capaces de finiquitar. Por alguna misteriosa razón la intensión no podía convertirse en un resultado concreto. La victoria no se materializaba.

Es tercera vez consecutiva que nos toca jugar con Brasil en octavos de final. Y tiendo a pensar que no es casualidad. Es más bien causalidad. En este Universo donde todo ocurre por una causa o por una intrincada cadena de causas, algo nos está diciendo la vida con esta insistencia de ponernos al Pentacampeón en el camino... ¿Cuál es la lección que porfiadamente no logramos aprender y que debemos repetir una y otra vez? Tenemos esta nueva oportunidad de pasar el examen… Perdámosle el miedo al Cuco, porque en verdad el Cuco no existe.
La tercera es la vencida. Abramos la puerta con otra llave… la llave de la confianza en nosotros mismos. Y creo que nuestros jugadores tienen esa llave, porque en este Campeonato Mundial han cristalizado con su actitud lo que hacía rato queríamos pero no lográbamos: concretar, finiquitar, convertir en realidad nuestra intensión. Y ya no estoy hablando de fútbol. Todos creamos nuestra realidad, todos estamos en la cancha, todos somos jugadores, a todos nos llega la pelota y todos alguna vez llegamos al área chica donde ni las excusas ni los errores valen. Lo único que vale es meter el gol. Algo está cambiando, insisto, porque a la cancha entramos cantando nuestro Himno Nacional a voz en cuello, contagiando a todos los que se quieran contagiar; motivándonos unos a otros; tirándonos “pa’rriba”, no “pa´bajo”, como solíamos hacerlo. Y lo más importante, estamos entrando a la cancha no sólo sintiéndonos ganadores… sino SIENDO ganadores de verdad. Estoy segura que hoy le ganamos a Brasil… ¡Vamos chilenos!

viernes, 13 de junio de 2014

Coincidencias


 
Me acaba de pasar. Hace un momento. Estaba sentada frente al computador, con el documento Word en blanco, el cursor titilando, pensando en qué iba a escribir y entre mis devaneos mentales se me apareció la imagen de una querida prima con quien comparto la pasión por la escritura. Hacía años que no sabía nada de ella y me acordé de lo que una vez me dijo: “Confía, porque tarde o temprano la inspiración siempre llega. Lo importante es que te pille frente a la página en blanco”. En eso sonó el teléfono y para mi más absoluto asombro… sí, era ella, mi prima, llamándome sin más razón que para saber de mí. Quedé sin habla.
De más está decir que la inspiración había llegado.

¿Coincidencia? ¿Sincronía? No hay ninguna explicación racional que pueda desentrañar este fenómeno. Sin embargo, sí puedo señalar sin temor a equivocarme que todos hemos vivido alguna vez este tipo de episodios. En su libro “Las coincidencias necesarias”, Jean-Francois Vézina propone la siguiente definición: “la sincronicidad es una coincidencia entre una realidad interior (subjetiva) y una realidad exterior (objetiva), en la que los acontecimientos se vinculan por los sentidos (…) Esa coincidencia provoca en la persona que la vive una fuerte carga emocional y manifiesta transformaciones profundas (…)”.
Puede ser una persona que justo llega, un libro que se nos cruza en el camino, una película, un sueño, pero lo que todas estas experiencias tienen en común es el valor simbólico de la coincidencia. Como aquella vez cuando mi hermano me invitó a su fiesta de cumpleaños. Yo había tenido un mal día y no tenía ganas de participar en ninguna celebración, pero como se trataba de mi hermano, fui. Estacioné mi auto frente a su casa y me quedé un rato a oscuras sentada en el interior del vehículo tratando de hacerme el ánimo. De pronto, levanté la vista y miré la patente del auto que estaba estacionado delante del mío: NU-1543. Mi mandíbula inferior cayó hasta el suelo porque resulta que la patente de mi auto era ni más ni menos que ¡NU-1542!

Lo sé, es una coincidencia bastante estúpida… pero en ese momento me pareció tan increíble que cuando toqué el timbre me encontraba en un estado de euforia tal que se me olvidaron todas las penas y me convertí en el alma de la fiesta. Después de todo, ¿Qué posibilidades había que en una ciudad con un parque automotriz cercano al millón de vehículos (estamos hablando de Santiago hace unos 15 años) yo me haya estacionado justo al lado del número correlativo de mi placa patente?
Honestamente, la anécdota en sí es bastante intrascendente, pero lo que importa es su mensaje: las sincronías y coincidencias casi siempre conllevan un impacto emocional que impulsa, que estimula y que resulta muy inspirador. De hecho, esta mismísima columna es resultado de esa propulsión.

miércoles, 4 de junio de 2014

Ordena tu closet


Hace unas semanas me junté con una amiga a tomar un café. Estaba feliz de hacerlo porque yo no había tenido días fáciles y necesitaba desahogarme. Sin embargo, ni tiempo tuve de referirme a mis asuntos, pues apenas nos sentamos, mi amiga comenzó a contarme el difícil trance por el que estaba pasando. Producto de la rabia, la sensación de injusticia y la pena, hacía varios días que la pobre no injería alimento y tampoco podía dormir en las noches. Para colmo, chocó el auto contra un poste, le robaron la cartera y del colegio la mandaron a llamar para conversar sobre el bajo rendimiento de su hijo.

'Ya no sé qué hacer', me dijo con los ojos como represas al borde del colapso. Y entonces me acordé del sabio consejo que en alguna oportunidad me dio una famosa estrella de la televisión: 'No hagas nada. Sólo ordena tu closet', le dije. Mi amiga me miró sorprendida. 'Sí -agregué muy campante- cuando uno ordena su closet, ordena su mente y ordena su corazón. Bota lo que no te sirva, regala lo que ya no uses y recicla aquello a lo que puedas darle un nuevo uso'.
 
Luego de un extenso coloquio nos despedimos y, honestamente, me fui un poco frustrada porque el problema de mi amiga había monopolizado la conversación y yo no había tenido oportunidad de mencionar siquiera lo que me acongojaba. Pero luego, como la mujer adulta que soy, entendí que la situación de mi amiga era mucho más apremiante que la mía, y yo, como su aliada incondicional desde hacía ya varios años, debía comportarme a la altura de las circunstancias, solidarizar con su tragedia y… apoyarla con mi mejor aparejo: la oreja.
 
Cuando llegué a mi casa, subí derechito a mi pieza, abrí mi closet y ahí frente a mis ojos se reveló el caos supremo y el desorden máximo: 'Con razón tengo la majamama en la cabeza', pensé. Miré mi ropa, mis zapatos y cuanto cachivache tenía guardado y sin saber bien cómo, de pronto me vi absorta en un afanoso proceso de reorganización de mis pertenencias… 'Bota lo que no te sirva, regala lo que ya no uses y recicla aquello a lo que puedas darle un nuevo uso', era el mantra que se repetía en mi interior. Fue maravilloso y liberador.
 
Y entonces caí en cuenta que más que yo haber ayudado a mi amiga, fue en realidad ella la me ayudó a mí. Era yo la que necesitaba ordenar el closet, la mente y el corazón. Nuestras relaciones nos reflejan: nos muestran quiénes somos, de qué estamos hechos y sacan a relucir lo que tenemos dentro. Para bien o para mal. Mi amiga fue mi espejo y su problema no fue más que la excusa que encontró mi subconsciente para enviarme el mensaje que yo necesitaba... Y de paso, el closet me quedó como de revista de decoración.
 

Héroes (y heroínas)


A propósito del 21 de mayo, de Arturo Prat y del Combate Naval de Iquique, hay una palabra que entre tanta conmemoración y discurso se me ha quedado dando vueltas en la cabeza: 'héroe'. Y entonces he pensado que esta es una hermosa palabra, llena de potencia, de fuerza, de orgullo, de vitalidad. Ser héroe o heroína es una cualidad que erróneamente reservamos para catalogar a los protagonistas de los magnos acontecimientos, de las grandes contiendas, de las acciones emblemáticas, olvidándonos que los actos más heroicos son quizá los más silenciosos, los más anónimos y los más íntimos.

Todos a nivel personal estamos rodeados de héroes. Yo conozco a varios: hay una que canta mientras cocina; otra que cose bien bonito; otro que lee mucho y que tiene respuesta para todo. Por ahí hay una que plancha camisas de forma impecable, como ninguna; otro que tiene dedos verdes; otro que es bueno para los negocios; otro que corre ultramaratones; otro que es seco para las matemáticas; otra que no le tiene miedo al ridículo; una que hace mosaicos; otro que estudia inglés como condenado y otra que sonríe siempre aunque esconde una gran pena en el corazón.
 
Quizá sería bueno empezar a reconocer también a todos esos héroes y heroínas a los que no les hacen estatuas, ni les pintan cuadros, ni salen en los billetes, pero que son héroes igual porque tienen que ver con las pequeñas batallas del día a día, con esas cruzadas que se dan en lo cotidiano, con aquellos logros aparentemente minúsculos, pero que al mirarlos en perspectiva, se convierten en las grandes hazañas que van construyendo vidas y forjando destinos.
 
Mis héroes personales son todos aquellos me han enseñado lo que yo no sabía, los que me han hecho ser mejor persona y que me han mostrado el camino. Son los que se sobreponen a la adversidad, los que dan la pelea, los que miran a los ojos, los que se levantan aunque ya no den más. Para mí un héroe (o heroína) es el que enseña a sus hijos que la mayor virtud es la alegría, que el peor pecado es la amargura, que el mejor consejero es la mesura y que el amigo más noble es un buen corazón. Héroe es el que está agradecido de lo que tiene, pero que sueña con todo lo que puede llegar a obtener. Héroe es el que cree en sí mismo, el que se tiene confianza, el que sabe que puede. Héroe es el que entiende que a veces la vida es dura, pero nunca tan dura como para perder el entusiasmo y la fe. Pareciera que hay héroes a los que no hay que buscar tan lejos… ¿Y para ti… quiénes son tus héroes?