martes, 24 de diciembre de 2013

Cuatro palabras


(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 21 de diciembre de 2013)

“Santa no existe”, le dijo pícaramente mi hijo de 11 años a mi hija de cuatro (No sé por qué hoy algunos niños le dicen Santa al mismo caballero al que yo conocí como Viejo Pascuero). Alarmada y al borde del llanto la pequeña corrió a contarme, “¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mi hermano dice que Santa no existe! ¡Y eso es mentira! Porque Santa sí existe… ¿Cierto Mamá?”.  Tragué en seco. Los enormes ojos de mi hija me miraban expectantes al tiempo que su hermano se acercaba con cierta intriga para escuchar la respuesta que esta pobre madre le iba dar a su pequeña y angustiada niña.

“Hija – dije finalmente acuclillándome a su altura- ¿Tú crees en Santa?”. “Sí.” Respondió ella firme y segura. “Entonces no tengas dudas, mi cielo, Santa sí existe”.  Y luego de sonreír aliviada, se lo enrostró a su hermano: “¿Viste? ¡Te-lo-dije!”  Y se fue a jugar. Pero mi hijo se quedó ahí parado. Mirándome. Confundido. “Mamá… ¿Por qué le dijiste a mi hermana que Santa sí existe si tú sabes que eso es mentira?” Respiré profundo:

- ¿Tú crees en Santa, hijo?- le pregunté a mi preadolescente.

- Obvio que no.-

- Entonces, para ti… Santa no existe.-

- ¿Y por qué le dijiste otra cosa a mi hermana? – alegó mi hijo.

- Porque ella sí cree... Mira -le expliqué- las personas construimos nuestra realidad en base a nuestras creencias. Si yo creo firmemente en algo, eso se convierte en realidad para mí. Uno es lo que cree. Lo que sucede con Santa, es lo mismo que te sucede a ti con la asignatura de Lenguaje. Si tú crees que no eres bueno para Lenguaje, ésa es precisamente la realidad que vas a construir para ti: Lenguaje se te hará difícil, será tedioso, no tendrás buenos resultados y esos mismos resultados reafirmarán tu creencia. En cambio, como tú tienes la creencia de que eres muy hábil para Matemáticas… ¡Adivina qué!  La materia se te hace fácil y te sacas excelentes notas. Todos actuamos en función de lo que creemos.-

- Pero  -murmuró mi hijo-  Yo creía en Santa… y ahora ya no creo en él.-

- Eso te demuestra que las creencias cambian. Y está bien que cambien. Es más, pienso que las personas deberíamos cambiar todas las creencias que en cierta forma nos limitan para empezar a creer en todo lo que nos potencia. Como dijo Henry Ford: “Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, en ambos casos, tienes razón”. Por eso, querido hijo… cuando recuerdes esta conversación,  acuérdate fundamentalmente de cuatro palabras: “sólo basta con creer”. -

 

jueves, 19 de diciembre de 2013

La pared equivocada

(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 14 de diciembre de 2013)

El camino más corto para cumplir los propios sueños es no traicionarse. Ser fiel a uno mismo. Pero ¿qué es ser fiel a uno mismo? La mejor forma que tengo para explicarlo es recurriendo a lo que he bautizado como los “momentos de lucidez”. Se trata de fugaces instantes en los que de pronto todo se nos muestra claro y evidente. Breves intervalos de tiempo en los que las dudas desaparecen, todo se ordena y se jerarquiza de una forma tan perfecta que la sensación interna es de absoluta claridad.
Todos hemos experimentado alguna vez esos “momentos de lucidez”, que emergen con mucha fuerza cuando, por ejemplo, perdemos a un ser querido. O cuando la vida nos pone una prueba dura y difícil. Por algunos brevísimos instantes cuando aún el impacto no nos abandona, el naipe se ordena. Lo verdaderamente importante se posiciona como lo verdaderamente importante, y ciertas preocupaciones que antes nos parecían tan vitales se deshacen como burbujas en el aire.

Sin embargo lo que he observado, es que más temprano que tarde esos “momentos de lucidez” pasan, se van y se olvidan y todo vuelve a ser como antes. Como señaló Stephen Covey en su aclamado best seller  “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”:  “resulta increíblemente fácil caer en la trampa de la actividad, en el ajetreo de la vida, trabajar cada vez más para trepar por la escalera del éxito, y descubrir finalmente que está apoyada en la pared equivocada.” Bueno, según mi interpretación, la pared equivocada simboliza la traición a uno mismo, a nuestra propia esencia, a nuestros propios deseos. La pared equivocada no son más que los sueños y las expectativas de otros.

Una enfermera australiana llamada Bronnie Ware, trabajó durante muchos años asistiendo a enfermos desahuciados a quienes los doctores habían enviado a morir a la casa. En muchos sentidos ella fue una mujer privilegiada porque pudo compartir los enriquecedores “momentos de lucidez” de los pacientes que cuidó. A partir de su experiencia, escribió “Los 5 principales remordimientos de los moribundos”.  Y ella misma relata que el lamento más común de todos, el arrepentimiento número uno era el siguiente: “Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí”.

Honrar nuestros sueños es quizá el acto más valiente que podemos hacer por nosotros mismos. Tratemos de atesorar los “momentos de lucidez” y sobre todo, evitemos apoyar nuestra escalera en la pared equivocada.

PSU: más allá del puntaje

(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 7 de diciembre de 2013).
 
Pensando en todos aquellos jóvenes que esta semana tuvieron que rendir la PSU, es que me puse a pensar también en todas esas otras pruebas que hay que rendir en la vida. Está bien, la PSU es una prueba especial, porque es algo que les sucede a muchos al mismo tiempo y en una etapa crucial de la vida: cuando terminan el colegio. Es una instancia para la cual se preparan por años y  es un hito porque marca el fin de un ciclo y representa a su vez la puerta de entrada a una nueva dimensión.
Pero la vida está llena de pruebas. Y todas ella son un poco como la PSU. Quizá no sean tan rimbombantes, ni merezcan titulares en los medios de prensa, ni requieran el uso de lápiz grafito N°2. Pero sí todas las pruebas –grandes y pequeñas- representan un antes y un después, un umbral  que luego de cruzarlo, nos transforma. Nunca volvemos a ser los mismos que fuimos antes de pasar por él. Algo en nosotros muere. Algo en nosotros nace. Algo en nosotros cambia.
Las pruebas, y sobre todo las pruebas más duras y difíciles que nos pone la vida, nos van moldeando y nos templan el carácter. Algunas nos llenan de canas y otras nos hacen salir patas de gallo. Pero todas las pruebas nos hacen más fuertes, más sabios, más experimentados. Aunque a veces parezca que no. Aunque a veces dé la impresión que nos debilitan. Porque independientemente del resultado y de si nuestra evaluación posterior es positiva o negativa, todas las pruebas nos hacen crecer.
En la vida las pruebas nunca se definen por si quienes las rindieron fueron aprobados o reprobados. Sólo hay que rendirlas, pasar por ellas. Eso basta. No hay puntajes nacionales, no hay ponderaciones de notas. Son, simplemente, la oportunidad que hay para replantearse muchas cosas, quizá para volver a empezar o para darse cuenta de lo que se pudo hacer mejor.
Sabemos que no todos los alumnos que rindieron la PSU van a tener un buen puntaje.  Algunos saltarán de alegría, otros llorarán de pena, otros van a sentirse frustrados y estarán también aquellos que se arrepentirán por no haberse preparado lo suficiente. A todos esos jóvenes que en pocas semanas más sabrán los resultados, los invito a reflexionar: el puntaje de la PSU es sólo la parte más tangible, más literal y más concreta de la prueba. Sin embargo lo más valioso de esta experiencia radica precisamente en lo que cada uno pueda convertir ése resultado…  sea bueno, mediocre, malo o francamente desastroso.  

viernes, 6 de diciembre de 2013

Uno siempre sabe


Ilustración: Paulina Gaete
 
“Mamá, tú puedes… tú siempre puedes”. ¿Se acuerdan de ese comercial de televisión donde un niño que había ensuciado su polera le decía esa frase a su madre, dándole a entender que ella era capaz de todo, incluso de limpiar esa mancha tan difícil? Se me vino a la mente la misma frase, pero con otras palabras: “Tú sabes… tú siempre sabes”.
Y es una de las frases más tranquilizadoras que he podido encontrar. Porque cuando tengo un problema,  cuando la duda me agobia, cuando la inseguridad me hace tambalear, cuando la inquietud no me deja pegar una sola pestaña, me acuerdo que lo único que tengo hacer es cerrar los ojos para dejar de enredarme con todo lo externo y para dejar de escuchar todo lo que me dicen los demás. Todos consejos bien intencionados, pero que finalmente siempre son resultado de otra perspectiva. No la mía. Nadie está en mis zapatos, excepto yo.

Y lo que he pensado con respecto a esto, es que las palabras de otros, que habitualmente son de quienes más nos quieren, siempre son valiosas… pero son valiosas no porque constituyan la respuesta a mis devaneos, sino porque son algo así como destellos que pueden –de forma muy acotada (porque los destellos son breves, intensos y a veces enceguecedores)- alumbrar mi búsqueda de certezas.
Hablando con otros me escucho a mí misma. O quizá, dicho de otra forma, ellos me reflejan. Y me sirve, porque me aclaro y me ordeno. Lo que demuestra que no es tanto lo que los otros me dicen, sino lo que yo interpreto y entiendo de lo que me dicen. Las respuestas están siempre dentro de uno. Lo que pasa es que a veces no queremos escuchar esas respuestas. Porque no nos gustan, porque nos incomodan, porque nos duelen o simplemente, porque no confiamos en nosotros.

¿Por qué ese afán de buscar afuera lo que podemos hallar dentro? En el fondo uno siempre sabe. Hay que ejercitar más la introspección. Hay que practicar más la confianza en uno mismo. Sí, date tiempo y espacio para escuchar todo el alboroto que hay afuera: las palabras, los consejos, las historias parecidas, pero al final del día, cuando llegues a tu propia casa, cierra bien la puerta, no abras ninguna ventana, enciende la luz de tu pieza, mírate en el espejo y cuando puedas ver claramente al fondo de tus pupilas… ahí sabrás… lo que siempre has sabido.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Los mensajes del pato yeco


Ilustración: Paulina Gaete
 
(Columna publicada en "El Mercurio de Antofagasta"el pasado sábado 30 de noviembre de 2013.)
No sólo existen las palomas mensajeras. El pato yeco también trae sus propios recados. Suena raro, pero a pesar de que estas aves de plumaje azabache y brillante están posicionadas como el enemigo público número uno de los árboles y del alumbrado público de nuestra querida Antofagasta, puedo decir –a riesgo de parecer un poco extravagante- que también nos han hecho un tremendo favor.
El simbolismo del pato yeco es potente: aves que han venido de lejos, que han encontrado aquí su hogar, que se han instalado, que han armado sus nidos, que se han reproducido. Somos varios quienes como el pato yeco hemos llegado así a Antofagasta. Quizá la mayoría de nosotros. Y los que no, seguramente tienen padres, abuelos o bisabuelos que llegaron a esta ciudad buscando una vida mejor. Y esta metáfora alude también a nuestro lado más oscuro, ése que tiene que ver con la queja excesiva y el rezongo interminable que, en sentido figurado, claro, puede a veces convertirse en una plaga destructiva que llena todo de excrementos y fecas.

Si como dije al comienzo, consideramos al pato yeco como un enemigo que ensucia con sus desechos, recordemos entonces al sabio que señaló que nuestros enemigos son nuestros mejores maestros. Entonces, no resulta  tan difícil entender que el pato yeco nos está ayudando a ser más conscientes de que debemos estar agradecidos de la ciudad que nos acoge; que a esta perla nortina hay que cuidarla porque merece lucir limpia y verse hermosa; que nuestros espacios comunes son valiosos; que todas y cada una de las áreas verdes de esta urbe son importantes porque están enclavadas en el desierto más árido del mundo… y ése sólo hecho las convierte en una epopeya.
Escuchemos al pato yeco, quien nos está susurrando al oído que, por sobre todo, Antofagasta es el hogar al que por diversas razones hemos llegado y que todos somos responsables de querer y respetar. El pato yeco nos recuerda que todos deberíamos retribuirle al lugar que habitamos, que nos da trabajo, que nos permite crecer. Pero al mismo tiempo, estas aves están también insinuando que ojalá ningún habitante de esta ciudad se transforme en un pato yeco más… que deshonra, que contamina  y que deteriora el entorno.

Las ciudades son el reflejo de quienes las habitan y en ese sentido, ojalá todos nos sintamos contentos de estar aquí y nos comprometamos a hacer de ésta la mejor ciudad de Chile y del mundo donde vivir. Parafraseando a Illapu… ¿Qué hacen aquí esos patos yeco?  Están aquí para invitarnos a abrir los ojos… y para hacer brotar el orgullo de sentirnos antofagastinos.
 

 

martes, 26 de noviembre de 2013

La valentía del "loser"


Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta
el pasado sábado 23 de noviembre de 2013
 
“Loser”, es una palabra inglesa que significa perdedor. Y es una palabra que se ha puesto de moda entre los adolescentes y jóvenes criollos para referirse burlona y despectivamente a todos aquellos a quienes consideran poca cosa o a quienes quieren hacer sentir inferiores. Empleado en ese sentido, el término “loser” se usa más bien para definir negativamente a una persona, y en la práctica es una humillación y una ofensa.
Como el tema de los ganadores y los perdedores ha estado en la palestra luego de las pasadas elecciones, resulta apropiado detenerse un momento para entender que ser un perdedor o un “loser” es muy diferente al  mero hecho de perder. Ya sea una elección, un trabajo, una apuesta, un partido o un amor… todos hemos perdido algo alguna vez. Perder es parte de la aventura de estar vivos. Es quizá la cara más ingrata, pero al mismo tiempo puede transformarse en una experiencia infinitamente enriquecedora que nos permite crecer y madurar. Sin duda, el mayor triunfo de una persona es aceptar su derrota, porque con eso, inevitablemente, se hará más fuerte.

Perder implica que arriesgaste algo. Que estuviste dispuesto a dar la batalla. Que saliste a la cancha, que jugaste el partido. Significa también que no te quedaste sólo como espectador mirando el espectáculo y opinando –cómodamente sentado en tu butaca- sobre cómo lo hacen los que están en el ruedo. Perder significa, sobre todo, que fuiste valiente y que te sobrepusiste a tus miedos y a tus fantasmas.
Si entendiéramos que detrás de cada “loser”, hay un carácter corajudo;  un alma que le ganó a la inseguridad y a la crítica; un espíritu guerrero que estuvo dispuesto a exponerse y a aceptar su propia vulnerabilidad… Si tan sólo entendiéramos eso, la palabra “loser” ya no sería un agravio, sería más bien un homenaje, una distinción, algo así como una medalla al mérito.

John F. Kennedy dijo: “La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana”. Y es huérfana simplemente porque muy pocos se detienen a apreciar su valor.
Reivindiquemos a todos los que alguna vez se han sentido o han sido catalogados como perdedores o “losers”, porque ellos están más vivos que todos los que se quedaron mirando, porque son valerosos,  porque gracias a su heroísmo tienen mil historias para contar… Y también porque aunque hayan perdido, la vida siempre les va a dar una segunda oportunidad.

martes, 19 de noviembre de 2013

Una simple elección





El Mercurio de Antofagasta,
Domingo 17 de noviembre 2013
Estamos encima de las elecciones. Hoy  vamos a elegir parlamentarios, consejeros regionales y al próximo Presidente o Presidenta de la República. Es una elección importante, sin duda. Y un alto porcentaje de la población está atento y expectante. Lo curioso es que más allá de nuestra vida cívica, donde las elecciones se realizan cada cierta cantidad de años, en nuestra vida personal, las elecciones las hacemos a cada rato, invariablemente.

Es que no se puede vivir sin elegir. No se puede avanzar sin elegir. No se puede crecer sin elegir. Vivir es esencialmente elegir. Optar. Escoger entre dos o más alternativas. Tomar un camino y no otro. Todas las decisiones son básicamente elecciones. Por eso hay algunas que son tan difíciles. Porque al elegir una alternativa quedan automáticamente descartadas todas las demás. Y eso puede ser doloroso y bastante incómodo. Porque a veces puede resultar atractivo quedarse en el campo de las posibilidades infinitas. En la potencialidad pura. Pero en verdad hacer eso sería tan absurdo como vivir en una eterna campaña política, llena de debates, foros, carteles, volantes, franjas publicitarias, pero sin llegar nunca a ejercer el acto de votación. ¿Para qué, entonces? ¿Qué objeto tendría?  

Lo que sucede es que muchas veces nos confundimos, porque nuestra capacidad de elección está tan arraigada en nosotros que la hacemos en automático. Como cuando conducimos el auto y vamos tan ensimismados en nuestros propios devaneos mentales que llegamos a destino sin saber bien cómo lo hicimos. Eso mismo pasa con nuestras elecciones más inconscientes y más cotidianas. No nos damos cuenta que las hacemos. Y cuando las hacemos, elegimos lo que estamos más habituados a elegir. Ni siquiera razonamos.

Y si en las elecciones de este próximo 17 de noviembre un gran porcentaje de nosotros va a votar en conciencia, como corresponde no más, pues… ¿No sería bueno que, de manera deliberada, eligiéramos más sabiamente entre las distintas opciones que tenemos? ¿No sería bueno que, por ejemplo, eligiéramos premeditadamente  andar más contentos o ser más agradecidos? ¿No sería bueno que eligiéramos ver lo bueno en vez de lo malo? ¿Ver lo que tenemos en vez de lo que falta? ¿Buscar soluciones en vez de buscar culpables?  ¿Saludar, en vez de hacerse el leso? ¿Sonreír en vez de fruncir el ceño? ¿No sería bueno? 

Es una simple elección.

martes, 12 de noviembre de 2013

Todo lo que pudo haber sido y no fue


Ilustración: Paulina Gaete.
Quiero brindarle un tributo a todo lo que pudo haber sido y no fue:
Por todas las semillas que se plantaron y no germinaron. Por todos los sueños que nunca se realizaron. Por las alegrías que no gocé, por los llantos que no lloré, por las risas que jamás se escucharon, por las palabras que pude haber dicho pero que jamás articulé. Por todas esas ideas que sólo fueron eso y luego se desvanecieron en el aire. Por todos esos caminos por los que no anduve…  por los trenes a los que no me subí… por las estaciones en las que no me bajé.

¿Qué habrá sido de la concertista que no logró ser más que una niña a la que le gustaba tocar el piano…? ¿Y de la actriz que nunca pudo ser actriz? ¿Dónde habrá quedado esa vedette llena de plumas a la que nunca le creció el busto? ¿Dónde se habrá escondido la cantante que le tenía tanto miedo a cantar? ¿En qué lugar estará ahora esa joven de piernas largas que nunca supo que las tenía tan largas? ¿Y la oveja negra que prefirió ser blanca?
¿Cuándo se truncaron todos esos senderos? ¿En qué momento se perdieron esas historias?

Todas ellas se convirtieron en la opción no escogida, en la alternativa ignorada, en la vida que no viví. ¿Dónde estarán ahora? ¿Hacia qué lejanas tierras se habrán ido? ¿Estarán varadas en alguna playa del olvido? ¿O habrán seguido su viaje en busca de alguien que las pudiera elegir?  En algún momento todas ellas vivieron en mí, latiendo ansiosas y esperanzadas en mi  corazón. Y en la medida en que fui avanzando se me hizo imposible seguir albergándolas… porque uno escoge y lo que no es escogido inevitablemente debe desaparecer.
Por eso  hoy le rindo un homenaje a todas esas opciones que no marqué con una “X”. Le rindo un homenaje con toda mi alma y con toda mi paz. Porque gracias a todo lo que pudo haber sido y no fue…  hoy yo soy todo lo que he sido y lo que sí logré.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La Araña en el Closet (Un cuento)


Ilustración: Paulina Gaete.
 
Amapola Carpaggione era una niña alegre, risueña y traviesa. A sus 5 años ya sabía leer perfectamente y podía contar hasta cien sin equivocarse… en español y en inglés. Amapola tenía muchas amigas y amigos y su juego favorito era saltar a la cuerda y cambiarle de ropa a las muñecas.
Amapola era linda, dulce y preguntona. Le gustaba averiguar todo y sus papás tenían que tener mucho cuidado con lo que hablaban cuando ella estaba presente, porque luego la pequeña iba y se lo contaba con megáfono al primer ser humano que se le cruzara por delante: “Mi mamá dice que el papá de Raimundo Esperonil es un maleducado, porque el otro día pasó al lado de ella y no la saludó”; “Mi papá le dice “Guatón Picante” al vecino… pero me dijo que se lo decía de cariño. ¡Es que mi papá es muy amoroso con todo el mundo!”; “Mi primo grande va en Sexto Medio y a veces es pesado y a veces simpático y también se saca los mocos”.
Amapola era así. Espontánea y refrescante. Sus comentarios habitualmente hacían sonrojar a sus progenitores, pero no es menos cierto que muchas veces esos comentarios también sacaban carcajadas. Y de las buenas. Como aquella vez cuando tocaron el timbre y Amapola que estaba sentada en el sillón viendo tele, se puso de pie como resorte y abrió la puerta. Era la señora Genoveva, que venía todas las semanas a ofrecer empanadas de pino. La madre de Amapola estaba limpiando el baño en el segundo piso de la casa, desde donde gritó: “¡¡¿Quién es, Amapolita?!!” La niña que estaba de pie junto a la puerta de calle le respondió en los mismos decibeles… “¡¡La Viejuja de las Empanadas, Mamita!!”. Esa fue la última vez que la familia Carpaggione pudo comprarle empanadas de pino de la señora Genoveva.

Pero un día, algo pasó. Claraluz, que así se llamaba la mamá de Amapola, estaba planchando la camisa dominguera regalona de su marido, cuando de pronto, sintió un espeluznante chillido que venía del dormitorio de Amapola. Asustada, corrió a ver qué le había sucedido a su hija, y cuando llegó, vio a la pequeña niña que estaba encaramada sobre una silla, aterrada porque había visto una enorme araña en el suelo.  La madre se agachó en cuatro patas para buscar al bicharraco y cuando por fin lo encontró, lo tomó en sus manos y se lo acercó a su hija. “Es una araña-tigre, Amapolita. Estas arañas no hacen nada y son muy útiles porque se comen a las arañas de rincón. Así es que no la vamos a matar porque esta araña es de las buenas”. Y dicho aquello, Claraluz se sacudió la mano, la araña-tigre saltó al suelo y velozmente se metió al closet por la rendija que quedaba bajo la puerta.
Amapola miraba atónita a su mamá. Y la mamá, al ver los ojos de compota que tenía su hija, la abrazó cálidamente, la bajó de la silla donde estaba encaramada y tomándola del mentón le dijo con infinita dulzura… “Las arañas-tigre son arañas buenas, Amapolita… no tengas miedo, hija”.

“Sí, Mamá”, le respondió la pequeña, no muy convencida.
Cuando Claraluz volvió a lo que estaba haciendo, descubrió con horror que había dejado la plancha encendida sobre la que ya dijimos era la camisa predilecta de su marido. El humo y el olor a quemado habían inundado la cocina y sus alrededores. Urgida, Claraluz, abrió las puertas y las ventanas para que circulara aire fresco. Al cabo de un par de horas, ya no había humo y el olor a camisa dominguera chamuscada había desaparecido por completo.

Los días pasaron. Pasaron también las semanas… Y poco a poco Amapola fue dejando de ser esa niña vivaz y alegre que deambulaba por la casa.  Ya no se escuchaba su risa contagiosa. Tampoco se oía su interminable parlanchineo. Las muñecas nunca más se cambiaron de ropa y la cuerda de saltar se perdió quién sabe dónde. Hacía mucho rato que Amapola había dejado de hacer los comentarios indiscretos de siempre. Había dejado también de contar hasta cien en inglés, sólo lo hacía en español y muy de vez en cuando. Ahora su pasatiempo favorito era simplemente tenderse por horas en su cama y tararear muy suavemente una ininteligible y extraña melodía.
Claraluz notaba que su hija no era la de siempre. Pero pensaba que si el resto de las actividades de la casa se mantenían como de costumbre, todo volvería a la normalidad más temprano que tarde. De acuerdo a esa lógica, ella seguía con su rutina habitual como si aquí no pasara nada. Hacía el  aseo escrupulosamente, el almuerzo siempre estaba delicioso, compraba los víveres en los lugares más convenientes y lavaba la ropa a mano, con jabón gringo, momento en el que aprovechaba de botar todas sus preocupaciones restregando y restregando. Así, al menos en la superficie, todo parecía estar limpio, tranquilo y en orden.

Sin embargo, una tarde, mientras guardaba la ropa recién planchada en el closet de Amapola, la niña que estaba como de costumbre tendida en la cama musitando esa interminable y monótona  melodía, le preguntó:
-Mamá…-
-Dime, querida…-
- ¿Hasta cuándo crees que la araña va a estar en el closet?-
La madre se descolocó con la interrogante:
-¿Qué araña, Amapola?-
La niña sonrió levemente y se restregó el ojo izquierdo como si algo le diera vergüenza.
- Tu dijiste que era una araña buena que se comía a la araña de rincón, Mamá… ¿Te acuerdas?-
Haciendo un gran esfuerzo, la madre logró recordar muy difusamente el episodio ocurrido hacía varios meses y en el que encontró a su hija aterrada arriba de una silla.
- Mmmm… creo que sí me acuerdo- dijo finalmente Claraluz.
- Pero esa no es una araña buena, Mamá… porque tú también dijiste que era una araña-tigre… y eso me da mucho miedo…- agregó la niña temblorosa, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
La madre, al notar la angustia de su hija, se sentó junto a ella en la cama y la abrazó.
- ¿Qué pasa, mi Amapolita…? ¿Por qué lloras por una simple araña?-
 
- Porque tú no la quisiste matar, mamá.- le recriminó la hija que ahora lloraba profusamente. Luego agregó:  
 -... ¡Y está en mi closet hace meses!… ¡Y ahora debe estar gigante!- La pequeña se notaba  francamente mortificada.
- O sea que… -comprendió Claraluz-… Eso es lo que te tiene así…-
Y como si hubieran abierto las compuertas de una represa, Amapola lloró y lloró y lloró abrazada a su mamá.

Después de un largo rato, y mientras Claraluz le acariciaba el cabello a su hija, ésta dejó caer la última lágrima. Recién entonces, la madre pudo hablar:
-¿Y si yo te dijera, mi Amapolita, que hace algunas semanas, cuando ordené tu closet y te cambié la ropa de invierno por la ropa de verano, encontré debajo de tus pantuflas de conejo una araña-tigre, aplastada y… muerta?-
-¿En serio mamá?- dijo la niña que ya se sentía mucho más liviana.
- En serio, Mi Cielo. Yo misma la barrí con el escobillón, la recogí con la pala y la boté a la basura.- le respondió Claraluz, e inmediatamente añadió:
-¿Te das cuenta que has estado todo este tiempo asustada por algo que ni siquiera existía?-
-Pero yo creía que sí existía, Mamá…- dijo la niña.
-Lo sé, Amapolita -comentó finalmente Claraluz – Lamentablemente, creer siempre es suficiente para tener miedo.-

Y a pesar de que habían estado abrazadas por un buen rato, las dos se quedaron juntas y abrazadas por un largo rato más.

 

FIN

 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La mamá cansada: un cuento para niños


Ilustración: Paulina Gaete.
"Cuéntame un cuento, mamá".
Le tengo susto a esa frase. Sí, así como lo oyen. Le tengo susto a que mis hijos me pidan que les cuente un cuento. Especialmente en la noche, antes de dormir. Porque en verdad, a esa hora lo único que quiero es que se duerman. Que se acabé el día y que ojalá lo más pronto posible, yo pueda depositar también mi cabeza en la almohada y hundirme en la espesura de la inconsciencia onírica. Hasta el día siguiente.
¿Está mal sentirse así? ¿Está mal que cuando cae la noche ya no me queden fuerzas, ni ánimo, ni ganas ni siquiera para leerles un cuento a mis hijos? ¿Soy una mala madre por eso? A veces pienso que sí. Que soy lo peor. Que la madrastra de Blancanieves es una Santa al lado mío. Y otras veces digo… “¡Bahhh! ¡Qué tanto, tampoco!… Nadie se va a morir, ni va a quedar traumatizado porque la mamá no le leyó un cuento en la noche”. ¿O sí?

Pero como mis hijos son de idea fija, insisten una y otra vez en lo mismo: "Que cuéntame un cuento". "Que mamá, todas mis amigas me dicen que sus mamás les cuentan cuentos". "Que mamá, el otro día una señora en la tele dijo que los niños a los que les contaban cuentos antes de dormir eran más felices y tenían mejores notas".  Mis hijos, pobrecitos. Creen todo lo que ven. Y todo lo que oyen. Y son bastante extorsionadores por lo demás. Y yo engancho, claro está.
Pero bueno, como dijo el Puma Rodríguez: “Hay que escuchar la voz del pueblo…” Por lo tanto, he pensado que ya es hora que les cuente un cuento a mis pequeñines. Al menos uno. Pero como ésta será una ocasión excepcional, que capaz que nunca más se repita en la vida, no puede ser cualquier cuento. Va a ser un cuento especial. Un cuento inolvidable. ¡Un cuento inventado por mí! ¿Qué tal? ¿Un cuento querían? Un cuento van a tener. Y sanseacabó no más. Dice así:

Cuento para niños:

LA MAMÁ CANSADA

Por Muna.

 Había una vez, en un país muy, muy, muy lejano, una hermosa joven llamada Andrómeda, de cabellos castaños y largos hasta la mitad de la espalda. Sus grandes ojos parecían dos aceitunas de Azapa y sus labios eran tan rojos como la luz roja del semáforo de la esquina. Un día de primavera, cuando los rayos Ultravioleta estaban en el nivel naranjo, esta atractiva damisela se encontró a boca de jarro con el hijo del  dueño de la carnicería del barrio. Un tal Citrulo. Citrulo era joven, apuesto y musculoso y ese día andaba sin camisa. Tanto acarreo de huachalomos de allá para acá le habían ayudado a formar un bello y fibroso torso que a él le gustaba lucir. Al verlo, Andrómeda no pudo disimular la instantánea atracción que sintió por el apuesto Citrulo, y éste, que algo sabía de filetes, reconoció en la bella joven un excelente corte que pintaba para Sello Premium.
Para no ponernos lateros con los detalles, sólo les diré que Citrulo y Andrómeda se gustaron, se enamoraron, se casaron y fueron felices… pero sólo por un rato. Porque en verdad, queridos hijos míos, esto de que “fueron felices para siempre”, es la mentira más grande que se ha contado jamás en los cuentos infantiles. La felicidad eterna no existe. Y menos si uno está casado. La felicidad dura un rato, luego viene una pelea, un poco de ley del hielo, otro poco de morderse la lengua, luego hay una reconciliación y entonces nuevamente viene un período en que somos felices por un rato. Y así, uno va armando su vida como puede no más. ¿Que si hay amor y cariño? Sí. Algo tiene que haber porque uno no va a estar aguantando al caballero en cuestión porque sí no más. Así es que tranquilos, porque cariño, hay.

Bueno, llegó el día en que Andrómeda se tuvo que cortar el cabello. La pobre había tenido tres hijos y entre tanto embarazo y amamantamiento, se le fue cayendo el pelo, las puntas que le quedaron se le resecaron y por si fuera poco, se llenó de canas. Cuando Citrulo llegó del trabajo en la noche, vio a su mujer con su cabellera recién podada y al pobre le pasó lo que le pasa a la mayoría de los maridos frente a esta clase de acontecimientos: no se dio ni cuenta. Andrómeda pensó en hacer un escándalo frente a la cruel indiferencia de su esposo, pero finalmente, desistió… “¿Qué saco?”, reflexionó sabiamente y se acordó que estaba demasiado agotada como para iniciar una discusión. Su día había estado normal, con los sobresaltos habituales nada más: la profesora de su hijo mayor le había mandado llamar al colegio porque su angelito le había dejado el ojo morado a un compañero de curso; el wáter se había rebalsado inundando todo el baño y el pasillo; su hija del medio había vomitado en la alfombra shaggy de la pieza matrimonial; la gata había parido 5 gatitos y el jardinero había pisado a uno de ellos reventándolo y finalmente, el budín de zapallos italianos que había hecho con tanto esmero se le quemó en el horno mientras ella le daba cristiana sepultura al fenecido felino.
Pero ya era de noche y Andrómeda sabía que quedaba poco. Entonces, con su pelo corto, enfiló a la habitación de sus hijos a quienes arropó y besó en la frente. Cuando iba saliendo de puntillas de la pieza, feliz porque el día había terminado y ansiosa por desplomarse como un vil saco de papas sobre su cama, su hija más pequeña le lanzó la tan temida pregunta que cortó el aire como con un cuchillo… “¿No nos vas a contar un cuento, mamá?”. Sin darse vuelta y afirmándose del dintel de la puerta, Andrómeda, cerró los ojos, respiró profundo y dijo con la voz más dulce que pudo entonar: “La mamá está cansada, cariño… Mañana les cuento uno…”

“Está bien, mamita hermosa – respondió la pequeña con una sonrisa- Entendemos que estés cansada. No es para menos. No nos vamos a poner a llorar, ni vamos a hacer ningún escándalo. Comprendemos perfectamente que no eres Súper-heroína, que eres un ser humano igual que nosotros… y que también tienes toooodo el derecho del mundo de estar agotada. Te queremos mucho. Buenas Noches, mamá.”
Y luego de escuchar estas palabras mágicas, Andrómeda salió de la pieza reconfortada. A lo lejos se escuchaba el histérico relato del partido de fútbol que su marido veía en la sala de estar, tomándose una cerveza y engulléndose un emparedado de pastrami. Andrómeda sonriendo se tendió en su cama y pudo finalmente descansar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

FIN.

Yo creo que mis hijos van a estar felices de escuchar este cuento esta noche, sobre todo, porque incluye una enseñanza tan valiosa e importante… Ustedes ¿qué dicen?

jueves, 24 de octubre de 2013

Esos odiosos fantasmas

Ilustración: Paulina Gaete

“¿Existen los fantasmas, mamá?” Me preguntó el otro día mi hija de 4 años. “Claro que no, Elenita”. Le respondí muy segura. “¿Y por qué entonces escucho ruidos en las noches?”, volvió a inquirir intrigada. “Bueno –le dije- porque en las noches a veces hay ruidos”. Lo sé, es una respuesta muy tonta, pero es lo que me brotó en ese momento. Mi pequeña hija que salió harto más avispada que la madre, me contra argumentó inmediatamente: “No, mamá. No me refiero a los peítos… Me refiero a otros ruidos”. “¿Qué ruidos?” indagué curiosa. “Ruidos así como de fantasmas. Así, mira: Buuuuuuuhhh  Buuuuuuuhhh”, me respondió con mímica y todo. “Elena –le dije tomándola de los hombros y acuclillándome a su altura- los fantasmas no existen, pero si existieran, de seguro que no harían esos ruidos”. Lejos de darse por satisfecha con mi explicación y luego de pensarlo un segundo, mi hija siguió con su metralleta de cuestionamientos: “¿Y se tiran peítos los fantasmas, mamá?”.  “Nenita, los fantasmas no se tiran peítos porque los fantasmas no existen.” Incansable, mi pequeña hija volvió a preguntar abriéndome sus enormes ojos: “Pero si existieran y si les doliera la guatita… se tirarían peítos ¿Verdad mamá?”. “Sí… creo que sí”, respondí ya medio agotada. “¡Ahhh! –agregó con cara de yo-tenía-razón- ¡Entonces viste que existen los fantasmas, mamá!” Y antes que yo pudiera responderle nada, se dio media vuelta y escuché cómo le decía a su hermana… “¡Leticia! ¡Leticia! la mamá me dijo que los fantasmas se tiran peítos…”

Dios Santo. Los niños de hoy no te perdonan una. Hay que estar más atenta que Claudio Bravo en definición a penales. Francamente. En todo caso, “esos locos bajitos” –como cantó alguna vez Serrat- tienen esa cualidad, te llevan al límite, te acorralan, te estrujan, te la hacen difícil. Y lo que es más patético aún, te dejan pensando. Es lo que me ocurrió en este caso, que luego del complejo interrogatorio al que fui sometida por mi minúscula retoña, me quedé pensando en los fantasmas.
Y sí. Llegué a la conclusión que definitivamente ni siquiera yo estaba convencida de que no existían. Y me acordé de una frase que escribí en un posteo anterior… “Hay fantasmas en los que uno cree aunque sabe que no existen…” Eso es precisamente lo que nos pasa a los adultos, a pesar de que sabemos que los fantasmas no existen, igual creemos en ellos…  Y me refiero a esos fantasmas que te torturan de la peor forma posible: como voces que están dentro tuyo; voces que estás tan acostumbrado a escuchar, que ya ni siquiera te das cuenta de su incesante murmullo. Voces que te limitan, que te disminuyen, que te atemorizan, y que finalmente te hacen ser menos de lo que eres.  

A esos fantasmas me refiero. Llevan apodos incómodos como Inseguridad, Culpa, Remordimiento, Vergüenza, Desvalorización, Inferioridad y varios otros.  Y en nombre de ellos hacemos tanta tontera, por Dios. Nos equivocamos, pedimos perdón, volvemos a errar el tiro, nos sentimos mal, nos enredamos, en fin. Estos fantasmas nos llenan el camino de obstáculos, nos ponen piedras, nos apagan el GPS y nos hacen zancadillas. Y nosotros que nos creemos tan adultos, tan maduros, tan ubicaditos…  caemos una y otra vez en el juego malévolo de estos odiosos fantasmas.
Fantasmas que, como dije más arriba, no existen. Eso es lo más chistoso. O sea… sólo existen porque creemos en ellos…  Nuestra fe en ellos es la que los alimenta, la que los hace crecer y la que los hace tener la importancia que tienen. Lo que pasa es que la mayoría de las veces, ni nos damos cuenta que les damos tanta bola. Porque estos fantasmas son tan hábiles que nos hacen pensar que ellos son nosotros. Cuántas veces hemos declarado: “Es que YO SOY tan insegura”; “SOY culposa”; “SOY súper vergonzosa”; “YO NO SOY tan buena”; “NO SOY tan valiosa”. Ése es su mejor truco. El más maquiavélico, el más retorcido y lejos, el más efectivo. Porque lo logran. Nos tienen a su merced y finalmente hacemos todo según sus códigos y terminamos siendo lo que ellos quieran que seamos…

Bueno… ha llegado la hora de rebelarse… De hacerse la valiente y de dejar de escuchar a estos espectros de pacotilla. Ya está bueno, ya. Como dice mi amigo Arjona… ¡Me están jodiendo la vida! De ahora en adelante, deja de creer en tus fantasmas… ¡los fantasmas no existen!... Y si existieran (como dijo mi pequeña Elena), invéntales nombres más estimulantes como: Valentía, Seguridad, Simpatía, Pasión, Alegría, Amor… y entonces has que te digan cosas lindas al oído… “Eres la mejor”, “Tú puedes”, “Eres tan simpática”, “Me encanta la pasión con que haces las cosas”, “Tu alegría de vivir es contagiosa”… ¿No creen que así sería todo mucho más inspirador?

 

martes, 22 de octubre de 2013

El don del desatino


Ilustración: Paulina Gaete.
Para qué estamos con cosas. Ser desatinado es un don. Un regalo. Así como existe el don de la palabra, el don de la belleza, el don de la fe, el don de la inteligencia, el don de la clarividencia. Un don. Eso es el desatino.
Y tal como sucede con los grandes maestros del arte universal, el desatino cuenta también con elocuentes exponentes. Unos verdaderos Michelangelos de la falta de tino. Y resulta que a este pechito le ha tocado –no sé por qué curiosa razón - convivir e interactuar con la crème de la crème de esta estirpe. Yo conozco a los más capos en la materia. Es más… conozco al primus inter pares, al king of kings, al Usain Bolt del desatino: el desatinado que ha roto más records en el mundo, y que incluso, pongan atención,  ha sido capaz de batir una y otra vez su propia marca. Realmente notable.
No sería de muy buen gusto empezar a contar las célebres anécdotas de este singular personaje. Sobre todo porque este blog está en la world wide web y el referido podría reconocerse y sentirse conmigo. Por desatinada, obvio, porque nadie puede andar ventilando la vida de nadie sin su permiso. Además, muy desatinado será el personaje en cuestión… pero en el fondo es buena persona. Mucho mejor persona que yo, ciertamente. Entonces me voy a moderar un poco y voy a empezar a tratarlo con el respeto que se merece, porque bueno, no es fácil ser EL MEJOR en algo, y eso él claramente lo ha logrado con creces. No es mi caso, claro. Soy buena para algunas cosas, pero en nada soy la mejor. Y eso es algo que me pesa, en verdad. A veces pienso qué pena pasar por esta vida y no haber descollado en nada. Pero la inquietud se me pasa ligerito y sigo con el tranco de siempre no más. Mi mamá no estaría de acuerdo con lo que acabo de decir, primero porque, bueno, es mi mamá… y segundo, porque en verdad ella encuentra que soy tan macanuda… y debo confesarles que a veces, sólo a veces y cuando ando muy bajoneada, hago como que le creo.
Pero volvamos al tema de hoy y, como les decía, mejor dejemos la identidad de esta celebridad en el misterio y centrémonos más bien en el fenómeno del desatino. Un fenómeno que, déjenme decirles, se está esparciendo en el mundo como una pandemia. Y es curioso, porque no pasa lo mismo con otros dones como la inteligencia –que en verdad parece estar cada día más escaza- o con la fe o la belleza… Esos dones no son contagiosos. No se pegan. Este otro sí y pucha que se nota. No es un don que se pueda disimular, como la inteligencia, por ejemplo. Porque –no me vengan con cosas- sí se puede confundir un tonto con un inteligente  o un inteligente con un tonto ¿cierto? El desatinado, en cambio, no se confunde con nada. Salta a la vista. Se nota a la legua. Es tan destemplado en sus comentarios que siempre se revela a poco andar. Su naturaleza es más fuerte que él. No filtra, no retiene, no procesa, no mide consecuencias… sólo abre la boca y deja salir lo que tenga que salir: una palabra, una frase, un sonido gutural e incluso un eructo.
Desatinados, como señalé, hay muchos. Pero he escogido tres personajes que claramente muestran una mayor tendencia a manifestar este singular don con que fueron bendecidos al nacer…. Los procedo a enumerar y advierto que cualquier similitud con la vida real es sólo mera coincidencia:
1.       La suegra: Es el personaje con más probabilidades de cometer un desatino. No sólo porque efectivamente tiene talento para ello, sino porque, querámoslo o no, todo lo que ella diga o haga será escrutado con minuciosidad quirúrgica por parte de su yerno o nuera. Un ejemplo de antología es la suegra que para el matrimonio de su hijo decidió que su vestido de madrina sería nada más y nada menos que de color blanco. Absolutamente desatinada, pues. Eso no se hace.
2.       La abuelita: Mientras más anciana la señora, más propensa a cometer algún desatino. Como sucedió cuando a mi propia abuela le presentamos a su bisnieta “Qué guagüita más liiiiinda… -dijo tiernamente la veterana- ¿A quién habrá salido?” Con mi marido nos miramos e igual que Condorito nos caímos para atrás… ¡Plop!
3.       El marido: Este ejemplar  generalmente confunde desatino con honestidad. Como le ocurrió a la hermana de mi mejor amiga, que sólo 5 días después de parir a su segunda hija, y habiendo quedado la pobre con 38 kilos de sobrepeso, salió del baño envuelta en una minúscula toalla para buscar la crema anti-estrías que se le había quedado en el closet. Su marido estaba tendido en la cama, haciendo lo que hacen los maridos cuando están tendidos en la cama: jugando con el celular y mirando “El precio de la historia” en el History Channel. Luego de tomar la crema anti-estrías, la hermana de mi mejor amiga volvió a entrar al baño, momento en el cual la toalla se le resbaló dejando al descubierto su voluminosa retaguardia… “¡Tremendo poto!” exclamó torpemente su cónyuge. Como para cachetearlo.
Finalmente quiero decirles, si alguien está libre de pecado que tire la primera piedra. Es verdad que ser desatinado es un don… pero a todos se nos ha arrancado la moto alguna vez. Nadie es tan medido y equilibrado como para no haber metido la pata nunca. A todos nos ha patinado alguna vez la catalina… a todos se nos ha soltado la cadena…  a todos se nos ha rayado el disco… a todos se nos ha enredado la cinta de la cassette… Se entiende la idea ¿no? Entonces en vez de apuntar con el dedo al desatinado de turno… querámoslo… porque a fin de cuentas, el mismo Papa Juan Pablo lo dijo… “el amor es más fuerte” y quién sabe, a lo mejor es sólo amor lo que se necesita para dejar de decir sandeces.  O para dejar de sufrir por ellas. Digo yo.
 
 

martes, 15 de octubre de 2013

Sonría. Lo estamos grabando.


Ilustración: Paulina Gaete.
Diecisiete. Ése es, según los especialistas, el número de músculos faciales que usamos cuando sonreímos.  Y no nos damos ni cuenta. Nosotros sólo sonreímos. Es gratis. Es agradable. Te sube el ánimo y aumenta la inmunidad. Cuatrocientas son las veces que en promedio sonríe diariamente un niño; entre 20 y 100 es el número de veces que en promedio sonríe diariamente un adulto. Harto menos, pues. Porque en verdad, cuando uno ya es mayor está como curado de espanto. Ya no cree en el Viejito Pascuero; los chocolates no son tan ricos porque engordan y ya no sueñas con que cuando grande vas a ser una estrella de cine, porque, bueno, te convertiste en periodista.
Y no porque ser periodista sea malo. Sino porque básicamente ya escogiste una opción. Y al escoger una opción, al elegir un camino, desechaste todos los otros. Así de simple. Así de cruel. Además, en algún momento entre los 5 y los 12 años, la magia se termina.  Se guarda en un baúl hasta la próxima vida. Y de a poco uno empieza a adentrarse en la espesura de la adultez, uno empieza a hacerse grande, a hacerse maduro, a ponerse serio… y se olvida de todas esas cosas que cuando chico le parecen increíbles como andar en bicicleta o manguerearse en el jardín o pasar horas y horas capeando olas en el mar. Y se olvida también de sonreír.     

Mala cosa. Porque sonreír es bueno. Y es tan humano. Y está comprobado que empezamos a hacerlo en el útero. Lo que implica que entonces sonreír no es un comportamiento imitado por observar a los demás. Es más una manifestación de una acción independiente, que no se aprende, sino que es heredada, que es instintiva. Interesante. Pero Rabindranath Tagore tiene al respecto una explicación mucho más hermosa: “La sonrisa que reluce sobre los labios de un bebé cuando duerme -¿sabe alguien dónde surgió? Hay un rumor que dice que en el sueño de una mañana de rocío, un tierno halo de luz de una luna creciente tocó el borde de una nube otoñal que se desvanecía, y en ese instante nació”.
Me voy a quedar con esta última explicación, mejor.

Y entonces, no pienso decirles ahora que se preocupen de sonreír más. O que sería bueno que empezaran a subir la cuota diaria de sonrisas. Porque eso sería tonto. Sería bien absurdo. En el fondo, la sonrisa es una reacción. No una causa. Y tiene que ser honesta. Es una respuesta involuntaria a una emoción espontánea. De hecho, las sonrisas falsas tienen consecuencias  tan deprimentes como –que me disculpe la Rana René- andar con cara de sapo. Así lo señala un estudio de la Universidad de Michigan que concluyó que las falsas sonrisas de los trabajadores del área de servicio al cliente de una importante compañía, empeoraban su estado de ánimo y afectaban su productividad. Incluso fisiológicamente, una sonrisa falsa es bien distinta a una sonrisa verdadera. Un famoso investigador clínico francés, del siglo XIX, Guillaume Duchenne de Boulogne, observó que una sonrisa falsa o poco sincera sólo moviliza los músculos de los labios y la boca, mientras que la sonrisa auténtica, esa que nace del alma, activa los músculos orbiculares que rodean a los ojos.
Entonces, para sonreír más hay que volverse más gozador, más entregado. Más livianito. Menos car’e culo, como dice tan asertivamente la Pilar Sordo. Hay que andar con la buena onda en la cartera… Con ganas de ser simpático, de ver el vaso medio lleno. Hay que encontrarle el lado technicolor al día a día. Como si la vida fuera un musical de Hollywood desplegado en cinerama. Y nosotros fuéramos la Debbie Reynolds o la Doris Day o la Ginger Rogers, cantando y bailando chinchosamente a la más mínima provocación… Sí. Así. Esa es la idea. Para que sea de corazón. Para que sea de verdad. Para que sea auténtico, terapéutico y sanador. Jorge Pedreros que se murió hace poco lo dijo tan bonito “…ríe y contagia tu alegría/ríe con más fuerzas cada vez/Si un mal paso das, que te haga sufrir/debes ignorarlo, vuelve a sonreír…/ Lalaralalala, lalala, laralalalalaaaaaa…/Lalaralalala, lalala, laralalalalaaaa/lala, lalaralalala, lalala, laralalalalaaaa…”

 

viernes, 11 de octubre de 2013

Los chilenos y sus leyes


Ilustración: Paulina Gaete.
 
Soy chilena y a mucha honra. Me gusta mi país. Lo quiero. Lo amo. Lo adoro. Me carga cuando los mismos chilenos empezamos a despotricar contra nuestra Patria. O lo que es peor, cuando empezamos a pelar a nuestros connacionales… Como si nosotros no fuéramos chilenos, sino de una raza superior… De adónde, pues. Detesto frases como “el pago de Chile”, o “estas cosas sólo pasan en Chile” o “chileno tenía que ser”… ¿Pero saben por qué me molestan tanto? Porque esas frases en el fondo, en el fondo… son la pura verdad. Me rindo ante la evidencia de los hechos. Lo digo con pena. Pero al mismo tiempo, lo digo con risa. Porque al fin y al cabo, mejor reírnos de nuestra propia tragedia. ¿Para qué nos vamos a hacer los tontos graves?
Y en esta curiosa singularidad de fenómenos que sólo ocurren en esta larga y angosta faja de tierra, quiero referirme específicamente a una serie de leyes, que aunque no están escritas, están plenamente vigentes en nuestro tricontinental  territorio nacional y, es más, me atrevería incluso a señalar que gozan de una mayor popularidad que las leyes tradicionales… Todos las conocemos y son ampliamente practicadas. Veamos:
La ley del mínimo esfuerzo: Es la ley estrella en este país. La que tiene más seguidores. Básicamente postula que sea lo que sea que haya que hacer, hay que hacerlo “al peo”. Suena feo, lo sé, pido disculpas. Claramente la coprolalia no es el estilo de este blog, pero es lejos la expresión más plenamente descriptiva de esta ley. Y estoy segura que todos la entendieron sin problemas. Ahora, debo advertirles, que a medida que avance el texto, la cosa se pone más coprolálica aún.
La ley del hielo: Es una ley muy cruel. Se les aplica a todos aquellos a quienes no consideramos dignos de nuestro saludo,  de nuestra conversación e incluso de nuestra mirada. Ya sea porque nos caen mal de presencia, o porque tuvimos algún encontrón con ellos, o porque les “tenemos mala” no más. La ley del hielo tiene dos versiones: la versión justa y la versión injusta. La versión justa es cuando nosotros le hacemos la ley del hielo a algún odioso personaje que desaprobamos. La versión injusta es cuando alguien nos hace la ley del hielo a nosotros  “que somos lo más buenos que hay”, que “olvídate cómo fui yo con ella/él”, que “nunca le hemos dicho un sí ni un no” y que “jamás nunca, never in the world, he tenido mala onda con nadie… lo juro”.
La ley de la selva:   Esta ley alude precisamente al estilo de vida que se practica en aquellos hábitat de vegetación exuberante, animales salvajes, bestias indomables, manadas incontrolables, hordas hambrientas y dispuestas a todo por lograr una sola meta: sobrevivir. ¿Les suena? Sí, es más o menos lo que sucede también en otro tipo de selvas como las de cemento, que se encuentran preferentemente en las grandes urbes del país. En dichos ecosistemas urbanos también se lucha para evitar la expiración. ¿Quién se beneficia de esta ley? El más fuerte, el más pillo, el más atropellador, el más pulento, el más chi-guá. Sin embargo, lo peculiar en el caso chileno, es que esta ley es practicada con ahínco y pundonor no sólo en la selva, sino por doquier… en el desierto, en el bosque, en la playa, en la llanura, en la pradera, en la pampa, en la depresión intermedia, en los valles transversales y en la cordillera de la costa.  
La ley  pareja: En otros países, la ley pareja no es dura. Pero fíjense, que de acuerdo a mis observaciones, en nuestro país el fenómeno se da absolutamente al revés. En Chile, la ley pareja es más dura que la cresta. Todos alegan, todos protestan, a nadie le gusta, nadie quiere pagar los platos rotos, nadie quiere hacerse responsable de sus actos, tanto los actos que cometen individualmente como los que cometen como grupo. ¿Resultado? Todos contra la ley. Por ejemplo, cuando castigan al curso completo porque en verdad los colegiales se han portado como las reverendas… queda la crujidera no más. Y lo peor es que los que crujen no son los alumnos castigados sino los padres de los angelitos. Pero como la ley es la ley. Y en este caso se trata de la ley pareja…  calleuque el loro no más.
La ley de Moraga: Esta es la que más me gusta. Es mi ley preferida. No sólo porque lleva el apellido de un personaje a quien yo detestaba con toda mi alma (ahora ya no porque el pobrecito se murió en agosto del año pasado), sino porque me fascina esa musicalidad que tiene cuando nombramos a esta ley y a su correspondiente slogan. Escuchen: “La ley de Moraga…  el que caga, caga”. Suena rico ¿no? Pura armonía. Bueno, el trasfondo de esta ordenanza señala más o menos que  si por ejemplo, van a construir el Metro en tu ciudad, todos los habitantes están felices menos los que cacharon que la línea del Subte va a pasar justo por el living de su casa… Según esta ley, esos tristes chilenos cagaron no más.  
Y lo peor es que no tienen a quién ir a alegarle tampoco, porque como les contaba, el señor Moraga murió el año pasado... mejor no les digo de qué. 

jueves, 10 de octubre de 2013

Sentido común


Ilustración: Paulina Gaete
 
Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos… Y bueno, puede ser. Lo que pasa con esta frase, es que generalmente quienes la citamos o la pronunciamos, no nos incluimos en ella. Como que miramos desde nuestro palco el actuar de los “otros” tristes mortales que carecen del sentido común que a nosotros –obvio- nos brota a borbotones.  Sí, seamos honestos, todos nos sentimos un poquito así de cuando en cuando y de vez en vez… un poquito mejores, un poquito superiores, un poquito más avispados, un poquito más sensatos.   
Bueno, es una reacción bastante humana por lo demás. Enceguecidos como estamos por nuestro ego quien se ha encargado de meternos cuco desde el mismísimo instante en que nacimos, haciéndonos creer que él (el ego) es todo lo que somos y obligándonos a crear estos desastrosos mecanismos de defensa que funcionan en automático y entre los que está la mala costumbre de encontrar que nosotros hacemos todo bien y que el resto hace todo mal. Los tontos son ellos; ellos son los tarados; ellos los que no cachan, los que no atinan, los que no saben, los poco alentados, los flojos, los desatinados, los que no tienen sentido común.

¿Será tan así, digo yo?
No pues. Esa es la respuesta que tengo que dar. Porque a pesar de que la mismísima definición del concepto de “sentido común” implica que estamos hablando de ciertos códigos validados por un conjunto de personas, de algo que es común a un grupo, no existe una tabla o un acuerdo formal y/o escrito al respecto (tipo Código Legal o Constitución de la República).  El “sentido común”, entonces, queda como en tierra de nadie, en una posición bastante más volátil, más frágil, más ambigua. Una posición que permite que cualquiera se arrogue el derecho de interpretar a su antojo lo que significa “sentido común”…  y, les digo, esa interpretación siempre será personal, particular, limitada por lo que cada uno cree, piensa y opina que es el “sentido común”.

Sí. Ya sé que socialmente hay códigos que no son explícitos, que todos compartimos y que no necesariamente están tallados en piedra. Como por ejemplo, un código implícito bastante singular de nosotros los chilenos es que si nos invitan a comer a las ocho de la noche, NO es correcto llegar a las ocho de la noche…  sino más bien entre ocho y media y nueve. Es un acuerdo tácito.
Otro acuerdo tácito es lo que ocurre en el vecindario donde vivo. En estricto rigor, las calles son públicas y cualquier cristiano puede estacionar su auto donde quiera (mientras se rija por otro código común que sí está escrito y que son las leyes del tránsito). Sin embargo, en mi barrio se ha acordado tácitamente que el espacio de la calle que está frente a cada casa es para estacionamiento exclusivo de los dueños de esa casa. Obviamente es un acuerdo que compartimos quienes vivimos en el sector… y funciona muy bien. Excepto cuando vienen visitas. Porque, claro, las visitas no tienen idea de esta normativa particular/virtual/local y llegan y se estacionan en cualquier espacio de la calle habilitado para el estacionamiento. Y ahí empiezan los problemas, porque cuando quienes me visitan a mí se estacionan en el espacio que le corresponde al vecino, hacen algo que no es de “sentido común” y cuando las visitas del vecino se estacionan en el espacio que está frente a mi casa, hacen algo que está mucho peor… (Broma!)

Claro, porque en ese caso, ése sentido no tiene nada de común. Era sólo un sentido común para mí con mis vecinos, pero no para mí con mis visitas. Ya. Lo mismísimo pasa a nivel personal.  Por eso ahora, después de toda esta reflexión  vuelvo a citar nuevamente  la frase con que comencé: “el sentido común es el menos común de los sentidos”, no porque sea poca la gente que tiene sentido común… sino porque habitualmente el sentido al que nos referimos no tiene nada de común con el sentido al que se refieren los demás. O sea, estamos hablando de códigos que no compartimos y que no hemos validado como miembros de un grupo.

Por lo tanto, la próxima vez, antes de catalogar el actuar de los demás… procuremos recordar que lo que cada uno de nosotros considera de “sentido común”, en realidad sólo se refiere a “mi personal y particular sentido común”.
Y por favor, si vienen a mi casa, estaciónense sólo en el espacio que está frente a mi fachada. Para no tener problemas con los vecinos, digo yo.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Nada es lo que parece



Ilustración: Paulina Gaete.

Ayer les dieron el premio Nobel de Física a Peter Higgs y François Englert por sus trabajos teóricos de los años 60 sobre el "Bosón de Higgs" conocido más popularmente como "la Partícula de Dios". En verdad lo único que sé y que entiendo del bosón de Higgs, es que se trata de una partícula elemental que explica el origen de la masa y que su descubrimiento en el año 2012, confirmó la teoría dada a conocer por el físico inglés Higgs y paralelamente por el belga Englert.
Según el modelo estándar de la física cuántica, todo lo visible en el universo está compuesto por partículas elementales. Pero las partículas no son objetos materiales, son más bien fluctuaciones de energía e información. Y para que vayamos entendiendo de qué estamos hablando, les cuento que  lo visible constituye  sólo un 4% del Universo. Los bosones de Higgs podrían revelar de qué está compuesto el 96% restante del Universo, que aún permanece oscuro.

Sea como sea la cosa… ¿no les parece asombroso lo que acabo de contarles? Lo que nosotros vemos, en realidad es una ilusión. Parece sólido, pero no lo es. Deepak  Chopra lo explica muy bien: “si usted pudiese ver su cuerpo como es en realidad, vería un gran vacío en el que se encuentran puntos y manchas esparcidos y descargas eléctricas al azar. En realidad, el 99,999996% del cuerpo humano es espacio vacío. Y si pudiese entender de verdad el 0,000004% del cuerpo que parece materia sólida, comprendería que también es todo espacio vacío. Pero al mismo tiempo es inteligencia, esa calidad inmaterial de información que regula, construye, gobierna y se convierte en el cuerpo.”
La triquiñuela de este juego puede resumirse en una sola frase: “No podemos confiar del todo en nuestros sentidos”.  A veces la realidad parece ser de una forma, pero no siempre es como parece. Bueno, esto último no lo saqué de ningún libro de física... me lo enseñó mi abuelita que rebozaba de sentido común y harta razón que tenía la viejita, porque al final en la física moderna llegaron a la misma conclusión.

Es precisamente lo que sucedió con la primera gran revolución científica cuyo telón de fondo era el Renacimiento. Los sentidos hacían pensar que el Sol giraba en torno a la tierra… Era cosa de pararse en durante un día despejado en cualquier punto de la superficie terrestre y ver cómo lo que se movía era el Sol y no el planeta donde uno estaba ubicado. Pero, la verdad sea dicha, andábamos bien perdidos. La observación  que nos proporcionaban nuestros sentidos no era más que una ilusión. Lo mismo pasó con la idea de que la tierra era plana… Farso, farso… Menos mal que Colón algo pispaba y se mandó cambiar no más para ver con sus propios ojitos lo que había más allá del horizonte. El resto de la historia todos la conocemos.

Hoy en día, la ciencia nos está mostrando otra revolución, que tiene que ver con el desarrollo de la física cuántica y con descubrimientos tan asombrosos como los que escribí más arriba: de sólido y material este universo tiene bien poco. Casi nada, en verdad.  Y para hacerlo aún más difícil de digerir, nosotros no somos como actores de una obra de teatro, que existimos separadamente del escenario donde se desarrolla la acción… No, no, no… En esta puesta en escena del espacio-tiempo, nosotros como observadores no podemos separarnos de lo observado… la observación del observador es parte de lo observado. El observador no puede desentenderse de lo observado. Dicho en palabras de a centavo: el que mira, crea lo que está mirando. Crea su realidad.  
Es bizarro. Sí. Y me imagino que suena tan raro como cuando durante la primera mitad del siglo XVI se publicó la delirante teoría de un tal Nicolás Copérnico, que decía que la tierra giraba en torno al sol…  Y ahora nos parece tan de Perogrullo. Lo que son las cosas ¿No?

 

martes, 1 de octubre de 2013

De tanto pensar, me olvidé de creer.



Ilustración: Paulina Gaete
Anoche me desvelé. Y ustedes saben lo que sucede cuando uno se desvela… la cabeza empieza como a volverse un poco loca, piensas esto, luego aquello, después lo de más allá, vuelves a lo que pensaste primero, te haces preguntas, te imaginas respuestas, te cuentas historias y empiezas a encontrar cuerdas las ideas más estrafalarias. Cuando finalmente amanece, sin que hayas podido pegar una sola pestaña desde las 4 de la mañana, te sientes extenuado, no sólo porque Morfeo no te acunó en sus brazos, sino porque no paraste de darle vuelta a cuanta tontera se te cruzó por el mate. Gracias a Dios, ya en la ducha te vuelve la cordura y te das cuenta que el 90% de lo que pensaste era simplemente bullshit.
Sí. Eso pasa casi siempre. Pero eso no fue lo que me pasó anoche. Y entro a explicarles: hace rato que sé y que entiendo el concepto de que los pensamientos se convierten en cosas, que uno es lo que piensa, que el observador es lo observado, que la realidad que se manifiesta en mi vida, es –parafraseando la fastidiosa advertencia de  los programas políticos- “exclusiva responsabilidad de quienes la emiten” . Sin embargo, a pesar de entender racionalmente estos conceptos, a pesar de sentir que resuenan fuertemente en mi interior y a pesar de que me parecen creíbles, sensatos y de toda lógica… tengo problemas cuando trato de ponerlos en práctica. Como que la cosa no fluye. Por más que trato de pensar que en positivo y que “hoy sí que será un día magnífico”, apenas al salir de mi casa, ocurre alguna tragedia cotidiana: o se me quedan las llaves adentro del auto, pero con el auto encendido; o se me pierde el ticket de estacionamiento del mall; o me pasan un parte por ir despeinada; o ninguno de los ocho cajeros automáticos que hay en el Jumbo tienen plata.
Y así estaba yo en mi noche de insomnio, rumiando todas estas nimiedades, cuando de pronto,  como un rayo que golpea la antena del Empire State en medio del Huracán Sandy… una sorprendente verdad me sacudió la cabeza:
No hay que pensar. Hay que creer.
Y entonces, sentí en mis propios huesos el fenómeno de la masa crítica: de pronto toda esa información, conocimiento e ideas que había estado recopilando hace tanto rato en mi vida llegaron al mínimo requerido para que yo pudiera experimentar el fenómeno de la iluminación.  Y como una interminable cascada comenzaron a bajar velozmente a mi entendimiento una serie de conceptos que reafirmaban esta epifanía que acababa de tener. Los pensamientos los llevamos a cabo en nuestro intelecto, en nuestra mente consciente, en nuestro ego. Pero nuestra mente consciente, sólo opera en un 5% nuestra vida… el 95% restante está influido por la información que almacena nuestro subconsciente, ese recóndito lugar donde se alojan nuestras creencias. Por otra parte, nuestra conciencia tiene una capacidad de procesamiento de 40 bits por segundo (bit: unidad de información); en cambio el subconsciente procesa la friolera de 40 millones de bits por segundo… Sabemos mucho más de lo que alcanzamos siquiera a vislumbrar que sabemos. Y como el chiste que ridiculiza al marido que no puede comer chicle y leer el diario al mismo tiempo, nuestra mente consciente es nada más y nada menos que como ése pobre cristiano: sólo puede pensar una cosa a la vez… Traten de pensar en un elefante rosado y en Brad Pitt al mismo tiempo… No way.
Pensar  y creer no es lo mismo. Es parecido, pero no es lo mismo. Pensar es la semilla, creer es la planta. Pensar es la tela, creer es el vestido. Pensar es la harina, creer es el pan. Ya sé: me parezco a Arjona. Pero fuera de bromas, es así!!!  Y se los re-juro que es verdad. El desafío está en creer. Convengamos que sí, que cambiar mis pensamientos para cambiar mi vida es una lógica que sí apunta a la dirección correcta… pero el gran cambio sólo se producirá cuando empieces a creer. En otras palabras, para cambiar mi vida, no tengo que pensar en cambiarla… tengo que creer que ya la cambié.