miércoles, 22 de abril de 2015

Amigas'85

De tanto en tanto, la vida nos sorprende con la oportunidad de revivir el pasado. Sucede con personas, con lugares, con experiencias, con amores. Y cuando lo que fue se cuela en lo que es, el tiempo abre una brecha en la que todo vuelve a ser como antes… sin embargo, distinto. Es como entrar a la misma casa de siempre, pero por otra puerta y descubrir además que la pintaron, que la decoraron y que tiene ampliaciones que antes no tenía. La casa está diferente, pero en esencia, sigue siendo la misma.

Es imposible escribir estas palabras sin hablar desde las profundidades del alma y sin abrir sinceramente el corazón. Entendiendo que lo que me ha pasado a mi nos ha pasado un poco a todas. Soy una más del grupo. Una célula en un cuerpo mucho más grande que yo, un cuerpo que respira y que tiene vida propia. Por siempre y para siempre. Lo vea yo o lo ignore. Crecimos juntas, aprendimos, nos hicimos grandes. Hemos ido armando nuestras vidas con aciertos y con errores, pero sobre todo, con ilusión. Con la ilusión de ser felices, de estar haciendo lo mejor y de convertirnos en todo lo que alguna vez soñamos. “Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar. Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad”.

Paola con Carolina y Rossana con María Paz… y Andrea y Ximena y Verónica y Fernanda y Karen y muchas más. Y ahora, a la vuelta de los años, abrimos los ojos como la primera vez, para ver nuevamente a las niñas que fuimos y descubrir a las mujeres en que nos hemos convertido. Haciéndole honor a  la conciencia que dan los años y a la compasión con que hemos aprendido a mirar. Porque ahora que ya sabemos que la vida es redonda, entendemos más y juzgamos menos. Y nos quedamos con lo bueno y con lo que nos hace bien.

Quién hubiera dicho, hace algunos años, que a tres décadas de haber salido del colegio estaríamos todas juntas de nuevo, conectadas en un espacio secreto, sólo nuestro. Teniendo las mismas conversaciones que teníamos cuando nos suspendíamos en el tiempo y nos tendíamos en la cancha a hacer  interminables guirnaldas de margaritas blancas. Puedo incluso percibir el olor a pasto recién cortado y el sonido a lo lejos de la odiosa campana que nos obligaba a volver a la realidad.

No saben cuántas veces durante las noches de tormenta volví a visitar esa cancha verde y soleada y sola me sentaba sobre el pasto a hacer guirnaldas de flores, hasta que poco a poco se me iba entibiando el corazón. Uno guarda esos espacios sagrados y luminosos en algún rincón de la memoria, para recurrir a ellos cuando la vida se pone difícil, cuando queremos arrancarnos de todo y huir hacia tiempos mejores. Para eso sirven los buenos recuerdos, para atesorarlos y volver a vivirlos las veces que queramos.

Pero esto que nos ha sucedido ahora, es incluso más grandioso, porque nos permite estar a todas juntas en ese lugar mágico. Treinta años nos demoramos en abrir el baúl de nunca jamás y desempolvar ese jumper azul que a todas nos queda como si nunca lo hubiésemos dejado de usar. Y me encanta escucharlas y sentirlas y volver a descubrirlas. Debo perdonarme por haber pensado que ya no existían y que se habían perdido en la inmensidad de la vida y debo perdonarme también por las distancias que se crearon y los abrazos cariñosos y agradecidos que nunca di y que ¡Por Dios, cómo debí haber dado!

Y así como el mar devuelve botellas con mensajes en su interior, el oleaje del tiempo no ha sido más que nuestro aliado y nos ha devuelto el mayor de los tesoros: las primeras amigas, las que son para siempre…  las que nunca se olvidan.

lunes, 20 de abril de 2015

La mosca porfiada

A propósito de la plaga de moscas que ha invadido despiadadamente Antofagasta y varias otras ciudades del norte del país, me acordé de un breve cuento que escuché alguna vez y que se refiere a una situación que todos hemos presenciado. El cuento podríamos bautizarlo como “La mosca porfiada” y relata la triste historia de una mosca que, desesperada por salir al aire libre, choca una y otra vez contra el cristal de la ventana cerrada. Hasta que al final, de tanto darse cabezazos contra el vidrio, la pobre se muere, agotada y aturdida.

Sí, es un cuento corto, pero su análisis da para mucho.

Debe ser por eso que siempre me han dado un poco de pena todas esas moscas que yacen patitiesas al lado de alguna ventana. Porque sin duda todas ellas fueron moscas que se murieron frustradas, sin cumplir con, quizá, el único sueño que tenían: salir a la intemperie y surcar el cielo para volar libremente con el viento. 

Pienso que debe ser muy triste morir así, quedándose con todas las ganas, a pesar de sentir que la pelea se libró hasta el final. La motivación de la mosca era correcta, pero lamentablemente ella aplicó el plan equivocado. Y lo que es peor, y que terminó por sepultarla, no supo flexibilizar su postura para buscar otra estrategia que le ayudara a lograr su meta. A la mosca le faltó elongación para explorar otras alternativas de solución a su problema. Pero bueno, con el cerebro de mosca que tenía, no se le podía pedir más. Para ella, la única salida viable eran los cabezazos en el cristal.

En mi caso, y en el de todos los humanos, nuestro cerebro es bastante más voluminoso que el de estos insectos pertenecientes a la familia de los dípteros, y pesar de eso, esta pequeña fábula nos cae de perilla. Porque yo misma me he sentido como una de esas moscas, a veces. Porfiada. Obcecada. Enceguecida por mi propia intransigencia. Incapaz de flexibilizar mi postura y mi perspectiva para encontrar una salida al agobio de turno. Y se pierde tiempo y energía y en ocasiones uno pierde un millón de otras cosas. Cosas que duelen, que cuestan y que a veces, como la vida, no se recuperan más. Por eso, la lección de la mosca porfiada es valiosa… porque refleja esa testarudez que nos hace creer que los desafíos de la vida sólo se resuelven “de la forma como nosotros pensamos que se resuelven”, y aunque no evidenciemos avances hacia el desenlace del conflicto, insistimos con la torpeza y tozudez de la mosca porfiada.

El llamado es pasar al siguiente nivel, transición que se logra sólo admitiendo que el Plan A no fue efectivo y que mi limitada perspectiva de las cosas sólo me sirvió para generar la estrategia inadecuada. Al admitir el error pareciera que me debilito, pero en realidad me estoy haciendo más fuerte y más sabia. Si tan sólo la mosca hubiera dejado de darse cabezazos inútiles y hubiese modificado el punto de vista con que miraba el problema… quizá su sueño se habría convertido en realidad. Una reflexión que conviene tener presente. Por si  las moscas, digo yo.

martes, 14 de abril de 2015

Cuando lo imposible se vuelve posible

Quizá hayan escuchado hablar de Roger Bannister. Bueno, este personaje fue un conocido atleta inglés, que en 1954 se hizo famoso por convertirse en el primer ser humano en correr una milla (1,6 km aproximadamente) en menos de 4 minutos. Hasta dicha fecha, tal hazaña era impensada, ya que la “verdad”  instalada en el colectivo señalaba que era imposible que el cuerpo humano recorriera semejante distancia en un lapso inferior a 4 minutos. Varios lo habían intentado, pero habían fracasado, reforzando así la creencia popular. “Superar esa marca implicaría que el cuerpo humano colapsaría por la presión”, decían unos; “No es que sea peligroso hacerlo… es simplemente inviable”, afirmaban otros.

Pero como la vida es sabia, de tanto en tanto se encarga de mostrarnos que las cosas son imposibles sólo hasta que alguien las hace posibles. Es lo que sucedió con Roger Bannister, que a sus 25 años, el 6 de mayo de 1954, recorrió 1 milla en 03:59:4. Pero lo más increíble de todo, no es el hecho de que este connotado atleta haya logrado romper esa barrera, sino que una vez que probó que correr una milla en menos de 4 minutos era posible, muchos comenzaron a ser capaces de realizar la misma hazaña. De hecho, el récord impuesto por Bannister duró apenas 6 semanas, hasta que otro atleta corrió la misma distancia en 03:58.0. Desde entonces, el récord se ha roto 18 veces, siendo la actual marca de 03:43:13, ¡17 segundos menos que 4 minutos!

Cuando uno deja de creer que algo es imposible, se convierte en posible. Las aparentes barreras de nuestra vida, muchas veces están afirmadas sólo en paradigmas mentales. Cuando logramos cuestionar dichos paradigmas, los debilitamos. Ese debilitamiento abre una fisura a través de la cual podemos superar las limitaciones y cambiar completamente nuestra realidad. Por eso la frase “somos lo que creemos” tiene todo el  sentido del mundo. Las creencias no son verdades absolutas… son sólo creencias. Y por lo mismo, podemos escogerlas. Escojamos las creencias que nos potencian, no las que nos disminuyen y nos limitan.


El logro de Bannister fue en primera instancia una batalla personal, que luego se convirtió en una inspiración para el resto de la humanidad. El psiquiatra y filósofo David Hawkins, explica que “en este universo interconectado, cada progreso que logramos en nuestro mundo privado, mejora el mundo en general para todos”. Y eso conviene tenerlo en cuenta, sobre todo cuando estamos inmersos en una realidad en la que todos pensamos que alguien más tiene que venir a resolvernos la vida y a solucionarnos los problemas. 

Hacer que lo imposible se convierta en posible es primeramente un desafío personal  y es una batalla que todos deberíamos empezar por dar en nuestro mundo particular, personal e íntimo. El resto viene por consecuencia y añadidura. La historia de Roger Bannister (así como muchas otras) enseña que quienes hacen que las cosas sean posibles o imposibles, somos cada uno de nosotros y que, finalmente, la única manera de cambiar el mundo es cambiar uno. 

lunes, 6 de abril de 2015

Expectativas realistas

“Con permiso papá… ¿Puedo pararme de la mesa”? Le decía yo cuando niña a mi progenitor cada vez que terminaba almorzar. La mayoría de las veces mi papá me dispensaba sin mayor trámite. Pero en otras ocasiones, mi padre me miraba, levantaba una ceja y me respondía: “Claro que puede pararse, jovencita…” E inmediatamente agregaba: “… pero no puede caminar…” Mis hermanos se miraban burlones y soltaban sendas carcajadas. Yo suspiraba resignada y encontraba que el chiste, además de fome, estaba enfermo de trillado porque lo venía escuchando desde que tenía 5 años.

Me acordé de esta anécdota, debido a que el otro día conversaba con un amigo, quien me deslizó varias veces durante nuestro coloquio una frasecita que para mi gusto emplea la misma lógica de la chanza de mi papá. “Mira, Marcela –declaraba mi amigo gesticulando grandilocuentemente con sus manos- en la vida siempre es mejor tener expectativas realistas...”. Me lo dijo de manera reiterada y cada vez que lo repetía, yo no sabía bien por qué, pero como que me tenía que volver a acomodar en mi asiento. Más tarde, caí en cuenta que es en específico el binomio “expectativas”/“realistas”, lo que hace que algo en mí se rebele. Sobre todo cuando dichas expectativas tienen directa relación con mis desafíos personales. Porque francamente, que te sugieran que es mejor tener “expectativas realistas” es igualito a que a una le digan, “bueno, mijita, puede pararse… pero no camine”. Raro.

No puedo evitarlo, definitivamente la dupleta “expectativas realistas” me corta la inspiración. Es que el meollo de dicho enunciado es bien contradictorio e  insta a la confusión: por una parte invita a tener esperanza, y por otra, infunde miedo. En otras palabras,  las “expectativas realistas” sólo se disfrazan de esperanza, pero su verdadero rostro es el temor. Y resulta que uno no puede tener esperanza y miedo al mismo tiempo porque la esperanza se basa más bien en la confianza y en la fe, que son conceptos intrínsecamente opuestos al miedo.

Las “expectativas realistas” no son más que ilusiones con bozal; es soñar en chico, no en grande; es buscar el empate en vez de salir a ganar el partido; es una invitación a abrir las alas pero sólo para volar dentro de una jaula. Es como que te digan “bueno, tírate a la piscina y métete al agua, pero no te mojes…”

Me gusta más que las “expectativas” vayan así, solas, a secas, sin ninguna adjetivación que sirva de air-bag. Si voy a soñar, quiero soñar en Cinemascope o, más actualizado, en Ultra HD-4K. Si me caigo y me pego un porrazo, (¡y se los juro que me los he pegado!), me tendré que levantar no más. Andaré machucada un rato, pero todo pasa y, como dicen, lo que no te mata te fortalece. Miguel Ángel Buonarroti, uno de los más grandes artistas de la historia de la humanidad, lo expresó notablemente: “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es apuntar demasiado alto y fallar, sino apuntar demasiado bajo y acertar”.