miércoles, 16 de diciembre de 2015

Más allá del horizonte

El camino hacia los logros está lleno de momentos de flaqueza. Lo sé porque miles de veces he emprendido ese camino y muchas veces he sucumbido en los instantes más duros. Pero de tanto recorrer esa senda una y otra vez he aprendido que los obstáculos en la vida sirven, entre otras cosas, para saber con cuántas ganas deseamos obtener algo. Ese descubrimiento me ha hecho entender que excusas para justificar los fracasos pueden haber miles, pero la responsabilidad final de lograr lo que quiero lograr es básicamente mía.

Cada uno sabrá en su balance personal lo que ha alcanzado y lo que aún tiene en deuda. Siento que en mi caso, el tiempo y la conciencia son mis principales acreedores y están ahí esperando que me decida a disminuir mis índices de morosidad. Uno tiende a creer que está más a salvo si evita emprender el viaje, o que está más seguro si le hace el quite al desafío. Puede ser, pero así la vida va perdiendo su sentido. Porque finalmente ¿qué lógica tiene quedarse en el muelle para ver cómo zarpan todos los buques?

Cuando chica, alguien alguna vez me regaló un poster que pegué en la pared contigua a mi cama. Todas las noches, durante muchos, muchos años, antes de dormirme, leía siempre el mismo mensaje: “Nunca podrá el hombre descubrir nuevos horizontes si no tiene el coraje de alejarse de la costa”. Como ahora sé que nada en la vida es casualidad, entiendo que ese poster estaba junto a mi cama por algo: para hacerme ver que en la vida siempre hay que embarcarse.

Embarcarse, en un sueño, en una idea, en una empresa, en un proyecto o en lo que sea que te inspire. El mundo no va a cambiar sólo porque sepas que hay que cambiarlo o sólo porque digas lo que los demás tienen que hacer para mejorarlo. Para cambiar el mundo uno tiene que atreverse a soltar amarras, a levar anclas y a izar las velas, porque el cambio siempre se inicia como un viaje íntimo y personal que uno tiene que estar dispuesto a comenzar.

Para cambiar el mundo no sirve quedarse mirando, no sirve opinar, no sirve quejarse, no sirve criticar, no sirve sólo decir lo que hay que hacer, no sirve quedarse en la zona de confort, no sirve hacerse el leso y tampoco sirve esperar ver quién se sube al barco, para entonces decidir si me subo yo también.


Para cambiar el mundo simplemente se necesitan individuos que estén dispuestos a arremangarse la camisa y ponerse a trabajar; para cambiar el mundo se requieren personas que crean en sus sueños y que estén dispuestas a hacer lo que hay que hacer para poder convertirlos en realidad; para cambiar el mundo se precisan ganas y mucho coraje para sobreponerse a todos esos momentos en los que uno se va a sentir tentado a saltar por la borda. Dejémonos de cosas, para cambiar el mundo se necesita sólo comprar el boleto y embarcarse de una buena vez en esa nave que te puede llevar más allá del horizonte. 

Enferma

Las  cosas pasan cuando tienen que pasar. Y lo que pasa, siempre pasa porque tiene que pasar. Parece trabalenguas, y es que a veces la vida aparenta ser tan complicada como un trabalenguas. Pero no lo es. Porque cuando desmenuzas la frase, te das cuenta que es de una simpleza asombrosa y que la complicación está más en la forma que en el fondo y se encuentra más en uno que en el significado mismo de lo que se quiere decir. Es lo que nos sucede a los seres humanos casi a diario y con casi todo… lo enredamos, lo torcemos, lo enturbiamos, lo sobre-analizamos y lo archi-procesamos. Cuando en realidad, más que entender, la mayoría de las veces se necesita sólo aceptar.

Como me sucedió esta semana, que en medio de todas las actividades de fin de año, se me ocurrió enfermarme. Nada grave, un virus extraño, pero bastante incómodo. Y hasta ahí no más llegué y por algunos momentos, me desesperé, porque sentí que el mundo – al menos el mío- estuvo obligado a detenerse. No tenía muchas alternativas y tuve que ceder a lo que me estaba ocurriendo y me vi obligada a soltar todo lo que estaba haciendo (que no era poco)  y lo que había planificado hacer (que tampoco era menor). Y de un momento a otro mi única preocupación pasó a ser cómo bajar la fiebre y disminuir el malestar que sentía. Mi marido y mis hijos me miraban asustados, porque claro, no es habitual ver a la esposa y a la mamá tirada en la cama sin ganas de nada. Pero déjenme decirles, que fue una linda oportunidad para que mi familia se hiciera cargo de todo aquello de lo que habitualmente me hago cargo yo. Y lo hicieron bastante bien, la verdad. Quizá no de la manera como lo hubiera hecho yo, pero… ¿A quién le importa eso?

Así es que en medio de la incomodidad física, entendí que todo estaba bien. Todo estaba perfecto y todo era como tenía que ser. Y me dediqué a estar enferma, a dejar que me doliera mi humanidad completa y a olvidarme de que tenía que hacer todo lo que tenía que hacer. Y descubrí que a veces  estar aquejado de alguna dolencia no es tan malo porque te permite poner en perspectiva aquello que de tan cerca que lo tienes, no te deja ver nada más. Porque estar enfermo te obliga a soltar, a dejar de querer controlarlo todo y a desapegarte de todo eso a lo que habitualmente estás tan apegado. Y lo mejor de todo, es que cuando lo haces, te das cuenta –no sin cierta sorpresa- que no pasa nada y que el mundo sigue girando.
  
Si uno logra hacer ese click, te aseguro que tu curación será no sólo física, sino también del alma. Habrás logrado ver el regalo que traía tu enfermedad y habrás entendido que todas esas actividades o responsabilidades o roles con los que te identificabas, no son tú y que tú tampoco tienes que validarte sólo y exclusivamente a través de ellos. 


Uno es mucho más que lo que hace o lo que deja de hacer. La enfermedad te da la posibilidad de resetearte y de volver a empezar con las pilas recargadas. Pero recargadas no sólo porque estuviste un tiempo tumbada en una cama en posición horizontal, sino porque además pudiste ver tu vida desde otro punto de vista y eso siempre es un descubrimiento refrescante y muy sanador.  

Aburridos

Ahora que estamos entrando al último mes del año y que casi todas las madres de Chile que criamos niños en edad escolar lo único que queremos es que se acabe el año lectivo, quisiera detenerme un instante para recordarles, y recordarme a mí misma que, al igual que el año pasado, al día siguiente que el año académico termine, empezaremos desesperadamente a contar los días que faltan para que nuestros retoños vuelvan a entrar a clases.

La realidad es esa, y es así porque a muy poco andar no nos va a gustar verlos todo el día sentados frente al televisor, o hipnotizados jugando con algún dispositivo electrónico, o peleando como fieras entre hermanos. O lo que es mucho, pero mucho peor, vamos a caer en el agobio más brutal cada vez que escuchemos la máxima favorita de los meses de verano: “…estoy aburrido”.

Les prometo que la frase logra enervarme. Mis hijos ya lo han detectado y por eso -astutos ellos- el otro día me preguntaron: “¿A qué jugabas tú cuando chica para no aburrirte, Mamita?”  Claro, saben que me encanta hablarles de mis tiempos mozos y de lo fantástico que lo pasaba con mucho menos de lo que ellos tienen ahora. Y la perorata sonó más o menos así: “Bueno, hacíamos tarjetitas de Navidad para los regalos, las que salíamos a vender a todas las casas del barrio. Con la plata que ganábamos le comprábamos helados al heladero que pasaba cada tarde por nuestro vecindario; también hacíamos carpas con mantas y cojines en el living de la casa; inventábamos obras de teatro y luego invitábamos a los familiares a verlas; con una caja de zapatos y una linterna hacíamos películas caseras de dibujos animados, jugábamos a la profesora, al doctor, a la familia, al detective privado, a la peluquería, a los piratas y a que estábamos perdidos en una selva tropical donde habitaban insectos gigantes; y por si eso fuera poco, coleccionábamos estampillas, servilletas de papel, tapitas de botellas y calcomanías que pegábamos en la ventana de la pieza”.

“¿Y no te aburrías nunca, mamá?”, me preguntó  asombradísima mi hija menor. “¡Por supuesto que me aburría! ¡Y me aburría soberanamente!... Pero ¿saben? ése era un asunto que tenía que resolver sola. Jamás se me hubiese ocurrido ir a decirle a mi mamá que estaba aburrida, porque de seguro terminaba barriendo el patio o limpiando los vidrios”.

“Con el tiempo, niños –proseguí entusiasmada- empecé a entender que era gracias al aburrimiento que se nos ocurrían las más grandiosas ideas. Nuestra infancia no venía con un manual de actividades y era mucho mejor así, porque si hubiésemos estado permanentemente ocupados, jamás hubiéramos pensado en todas esas cosas entretenidas para hacer”.


Mientras hablaba, notaba cómo mis hijos me escuchaban ávidamente. De pronto, me fijé que salieron del estupor y entre ellos cruzaron una mirada cómplice. “Parece que les llegó el mensaje”, pensé con una sensación de satisfacción… que sólo duró hasta que escuché a mi hijo mayor decirle a sus hermanas, “¿Power Rangers Dino Charge o  Liv y Maddie?”. “¡Liv y Maddie!”, respondieron las otras dos a coro. Y los tres corrieron a sentarse frente al televisor. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Nuestro propio París

Con toda esta locura que está sucediendo hoy en el mundo, mi sensación de incredulidad –así como la de muchos- va en alza. Llena de asombro leo, veo y escucho una y mil historias a través de la web y de los medios de prensa: unas escalofriantes, otras terroríficas, otras llenas de tristeza y de miedo y de dolor y de rabia y de incontenibles deseos de venganza. Y de tanto en tanto soy testigo también de algún milagro, algún pequeño pero increíble milagro que de tan sumergido en la oscuridad de la tragedia apenas y se alcanza a vislumbrar.

Como la historia del francés Antoine Leiris, que perdió a su esposa Helene en el teatro Bataclan en París, y quien publicó en redes sociales la siguiente reflexión: “El viernes por la noche robaron la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no tendrán mi odio. No sé quiénes son ni quiero saberlo (…) pero no les daré el regalo de odiarlos. Responder a su odio con mi cólera sería ceder a la misma ignorancia que ha hecho de ustedes lo que son. Ustedes quieren que yo tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con ojos desconfiados, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Han perdido. Sigo en el juego. (…) Somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. No tengo más tiempo para dedicarles, debo atender a Melvil, que se despierta de su siesta. Tiene 17 meses apenas, va a tomar su merienda como todos los días, después vamos a jugar como todos los días, y toda su vida este niño les hará la ofensa de ser feliz y libre. No, tampoco tendrán su odio".

Sobrecoge leer este testimonio y percatarse que en medio de esta tragedia puede aún haber espacio para la lucidez. Inevitablemente uno se pregunta si hubiese sido capaz de reaccionar así frente a una situación tan devastadora, y al tratar de darle respuesta a esa pregunta, es cuándo llegamos a nuestro propio París. El París que vivimos día a día, el que tenemos en la casa, en el trabajo, en el barrio, en el colegio. Ese París que cuando es atacado reacciona declarando la guerra y amenaza con pagar con la misma moneda. Ese París que tiene miedo y que cuando se siente agredido no puede evitar agredir. Ese París lo veo todos los días, lo experimento en mis reacciones y en las de los demás. Creemos que está bien, que es lo correcto y que es lo justo. No nos engañemos: ese París no está en Europa, está adentro nuestro. Por lo mismo, no tenemos derecho a sentirnos sólo como simples espectadores lejanos de una realidad que aparentemente ocurre a miles de kilómetros de la nuestra, porque de alguna manera, el París francés refleja también el París que tenemos en nuestro corazón.


Sin embargo, al igual que el del Viejo Continente, nuestro propio París también esconde milagros. Pequeñas rendijas por donde se cuela la cordura y la sensatez. Quizá hoy París nos muestra nuestro lado más oscuro, pero testimonios como el de Antoine Leiris a veces logran iluminar el camino… no nos olvidemos que por algo a París le llaman también la Ciudad Luz.   

lunes, 16 de noviembre de 2015

Reencuentros

Es poco habitual encontrarse en medios de prensa con noticias que reconforten el corazón. Pero cuando leí que los ex Prisioneros Jorge González y Miguel Tapia se habían reencontrado luego de más de 10 años de estar distanciados, experimenté una curiosa sensación de alegría. Y hablo de curiosa porque nunca he sido una especial seguidora de la música de Los Prisioneros, ni de los periplos vitales de quienes alguna vez conformaron la popular banda.

Debe ser porque por estos días ando más sensible al tema y uno en la vida sintoniza externamente con aquellas emociones que van predominando en nuestro interior. El caso es que me dio gusto  saber del reencuentro entre estos talentosos músicos y enterarme también que quizá volverían a compartir un escenario.

Es que hace pocos días yo tuve también mi propio reencuentro. Me volví a ver, después de muchos años –muchos más de los que estuvieron distanciados Jorge y Miguel- con mis ex compañeros de colegio. Fue una reunión bonita y emotiva donde experimenté sentimientos de nostalgia y alegría, pero al mismo tiempo recordé muchas sensaciones de miedo e inseguridad. Es cierto que cada uno archiva de manera diferente las experiencias vividas tanto en el colegio, como en general en la vida, pero inevitablemente el paso del tiempo abre una puerta para que esas experiencias las puedas mirar desde otra perspectiva. Una perspectiva que permite que te liberes de los errores y dolores del pasado y de alguna forma te faculta para volver a escribir tu historia de una forma más liviana, constructiva y esperanzadora.

Me ha sucedido a mí y es quizá lo que también le ha sucedido a Jorge y Miguel. La oscuridad de las emociones negativas estancadas no permite ver la salida hacia la liberación. Y uno muchas veces, por diversos motivos, se acostumbra a tener esos bultos lúgubres y obesos arrumbados en algún rincón de la memoria y sigue con su vida simulando como si no existieran. Pero ahí están, ocupando espacio y haciendo que sintamos como que nos pesa el alma.

Puedo recordar cómo, siendo más joven, imaginaba que sería yo a la edad que tengo hoy. Más allá de que en estos momentos yo calce o no con la expectativa que alguna vez proyecté, lo que puedo decir es que nunca, jamás, intuí que había un ingrediente que lo cambia todo: la experiencia. La vida no pasa en vano y haber vivido lo que he vivido no sólo me cambia a mí, sino que también me da la posibilidad de cambiar la forma cómo miro el pasado. Y, sinceramente, ése cambio de mirada es lo único que  se necesita para cambiarlo todo.


Y sólo entonces se descorren los velos, se derrumban las murallas, se deshacen los errores, se olvidan los dolores y todo vuelve a ser como siempre debió haber sido. 

lunes, 9 de noviembre de 2015

No sé

No sé. Estoy llena de no sé. No sé si lo hago bien. No sé si lo hago mal. No sé si vale la pena. No sé si es suficiente. No sé si es lo correcto. No sé si aporta algo. No sé si está bien. No sé si importa. Me abundan las preguntas cuya respuesta es no sé. Y de tanto no saber, me doy cuenta que algo sé. Y lo que sé es esto: está bien no saber. No pasa nada si uno no sabe algo.

Hace años, cuando empecé a ejercer mi labor periodística me aterraba la idea de no saber. Tenía esa imagen estereotipada de que los periodistas saben mucho. Me intimidaba pensar que de pronto alguien se pudiera dar cuenta de lo ignorante que era en tantas materias, sobre todo, siendo yo “periodista”. Entonces estudiaba y leía todo cuanto tenía a mi alcance y cada vez que enfrentaba una entrevista o que salía a reportear me obsesionaba con el tema que iba a tratar. Lo que aumentaba aún más mi angustia porque mientras más conocimientos adquiría, más me daba cuenta que había mil cosas más que no sabía. Nunca me sentía lo suficientemente preparada. Mi atención siempre estaba puesta en lo que me faltaba, en la brecha que existía entre los paupérrimos conocimientos que yo poseía y la sapiencia de toda la humanidad por los siglos de los siglos, amén. Era bien patético. Y estúpido. Porque esa brecha no la iba lograr cerrar jamás, aunque me pasara esta vida y mil vidas más enclaustrada en la Biblioteca de Alejandría.

Entonces llegó un día una amiga, también periodista, y con la misma liviandad del pescador que se sienta a pescar y que sabe que va a pescar y que mientras está sentado esperando pescar, disfruta del paisaje, del viento y del sandwich que trajo para pasar el rato, mi amiga me dijo, “mira, es así: yo estudié periodismo porque es una carrera en la que no hay que saber nada”.  La miré espantada, porque su declaración atentaba contra todos los cimientos sobre los cuales yo había construido mi ejercicio laboral. “Claro –dijo como si fuera una perogrullada-  el periodismo consiste básicamente en hacer preguntas, en otras palabras, se trata de no saber”.

La frase me cayó pésimo y la encontré de una lógica insultante y simplona. Pero a medida que he ido entendiendo que “sólo sé que nada sé”, no puedo más que reconocer que la aparente frivolidad del enunciado de mi amiga encerraba una verdad del porte de las Torres Petronas. El pecado no está en no saber, sino en no asumir que uno no sabe. En la medida en que uno acepta que no sabe se libera y es desde ese lugar de libertad que uno puede aprender, conocer y preguntar con genuino interés y curiosidad. Y eso vale más que haberse estudiado los 52 tomos de la Enciclopedia Británica o que leerse diariamente el New York Times.


Hoy me declaro ignorante en muchos temas, sin ponerme roja de vergüenza. Igualmente me documento antes de sentarme a escribir, pero no me agobia el no saberlo todo. No saber es una bendición. Es el espacio que necesito para hacerme preguntas, para conjeturar, para iniciar mi propio camino en busca de explicaciones y para, finalmente, empezar - y sólo empezar- a entender. 

Mochilas y mapas

Dora la Exploradora es un personaje infantil que vive didácticas aventuras con su amigo Botas. En sus periplos, cuenta con el apoyo de una mochila y de un mapa que le ayudan a lograr sus objetivos y llegar a la meta. Al igual que Dora, cada uno de nosotros también lleva en su viaje una mochila y un mapa. En cuanto a la mochila, lo ideal es que no sea muy pesada y que en ella encontremos más herramientas que lastres. Y en el caso del mapa, éste por definición constituye  una representación de la realidad, y la idea es que esta representación sea lo más fidedigna posible del terreno que vamos pisando en la vida.

Cuando llegamos a este mundo, llegamos sin mochila y sin mapas. A poco andar, nos aperamos con ambas cosas: la mochila la usamos para guardar diversas experiencias que con el tiempo serán las herramientas que nos permitirán enfrentar de mejor manera los desafíos que vayan apareciendo. Muchas veces, esas experiencias se archivarán como aprendizajes, sin embargo, otras veces, no habrán sido correctamente procesadas y se guardarán como traumas y/o dolores. En general, los traumas y los dolores tienden a ser mucho más pesados que los aprendizajes, y por lo mismo, sentimos a veces que la mochila está muy cargada y se nos hace difícil avanzar.

Con respecto a los mapas, podemos señalar –como ya mencioné-que no hemos nacido con ellos, sino que más bien, a medida que vamos recopilando información y entendiendo dónde estamos parados, debemos confeccionarlos. En el libro “La Nueva Psicología del Amor” del doctor Scott Peck, se señala que “trazar estos mapas exige esfuerzos. Cuanto mayores sean nuestros esfuerzos para percibir y apreciar la realidad, más amplios y más exactos serán nuestros mapas”.  Y más adelante se agrega que el mayor desafío de delinear tales representaciones es que “es necesario revisarlas y corregirlas continuamente para que nuestros mapas sean exactos”. Cuando no actualizamos periódicamente nuestro mapeo, lo que sucede es que nuestra representación (mapa) no coincide con la realidad y lo que ocurre es que vamos por la vida sintiendo que no encajamos.

El doctor Peck explica que esto llega a extremos en los que incluso, “antes de tratar de modificar su mapa, un individuo puede tratar de destruir la nueva realidad” y agrega que  “es triste comprobar que hay quienes pueden dedicar mucha más energía a defender una visión obsoleta del mundo, que la que se habría necesitado para revisarla y corregirla”.


Sobre todo hoy, en que el mundo y la realidad experimentan cambios de una forma tan vertiginosa, resulta vital que estemos permanentemente actualizando nuestros mapas. La actitud de aferrarse a una concepción anticuada de la realidad es causa de malos entendidos, problemas y dolor. A veces los programas infantiles también tienen mensajes que nos sirven a los adultos: como es el caso de Dora la Exploradora, que en su mochila lleva lo que le sirve y que resetea su mapa con cada nueva aventura.  

jueves, 29 de octubre de 2015

Declárate

¿Estamos orgullosos de vivir en Antofagasta? Cada cierto tiempo el tema es recurrente. Este mismo diario publicó un artículo al respecto hace unos días y a pesar de que pude opinar en dicho reportaje, me he quedado dándole vueltas a lo que allí se planteaba. ¿Por qué siempre predomina la sensación de que los que vivimos en Antofagasta no sentimos aprecio por la ciudad? Con quien yo hable, el discurso es más o menos el mismo: “yo me siento feliz y orgulloso de vivir aquí, pero está claro que los demás no… se ve que no hay respeto por la ciudad, que no la cuidan, que falta esto, que está mal lo otro, que hay poco aporte, que todos critican y se quejan… “, todos, menos el que habla, claro.  Al final, el asunto parece reducirse entonces a un tema de percepciones: “percibimos” que no existe el orgullo antofagastino, a pesar de que los mismos que piensan eso, se confiesan satisfechos y orgullosos de vivir acá.

Es contradictorio, pero si entendemos que las percepciones son realidades, tiene cierta lógica. Lo que hay que hacer entonces es cambiar la percepción. Y lo que se hace habitualmente para modificar las percepciones, o crear nuevas, es trabajar en el ámbito comunicacional. No hablo aquí de una gran campaña mediática, aunque, honestamente, no sería mala idea. Me refiero más bien a jugársela por la ciudad haciendo cosas que estén a nuestro alcance, como por ejemplo, cambiar el discurso personal en sus dos formas: el discurso público y también el discurso privado. Y para ello, hay que migrar del “modo crítica” al “modo proactivo-constructivo-comprometido” y más que focalizarse en lo que uno cree que sienten los otros, conviene centrarse en declarar explícitamente lo que siente uno y actuar en consecuencia.
 
La pregunta entonces debería ser esta: “¿Qué estamos esperando para declararle nuestro amor a Antofagasta?” No seamos como esos amantes irresolutos y desconfiados, temerosos de asumir cualquier tipo de compromiso, que prolongan y prolongan la etapa del coqueteo, sin querer formalizar la relación. Es tiempo de dejar de flirtear inmaduramente con la ciudad y jugársela de una buena vez por esta tierra noble y generosa que nos espera con la paciencia infinita de la doncella enamorada. Una doncella que, a pesar de nuestros titubeos, aún tiene la ilusión de que algún día nos apearemos del caballo para mirarla al fondo de las pupilas y decirle con los ojos llorosos y la voz entrecortada que sí, que aquí estamos, que cuente con nosotros, que nos la vamos a jugar por ella, que ella es todo lo que siempre soñamos, que la vamos a respetar, a cuidar, a querer, en las buenas y en las malas, en lo favorable y en lo adverso, en salud o enfermedad… hasta que la muerte, o la vida nos separe.


Porque mientras aquí estemos, estaremos comprometidos en cuerpo y alma, dejando el corazón en la cancha, aportando, construyendo, agradeciendo y devolviéndole de alguna forma todo lo que ella incondicionalmente nos ha entregado. Antofagasta… escúchame bien… te declaro todo mi amor.  

domingo, 18 de octubre de 2015

Juan Pluscuamperfecto

Conozco un tipo, simpático, buenmozo, canchero, inteligente y sabelotodo. Su nombre es Juan. Juan Pluscuamperfecto, para ser más exacta. No soy dada a dar nombres de particulares en esta columna, pero esta vez me tomo esa libertad, porque tengo la sensación de que muchos de ustedes conocen también a este caballero, por lo tanto, no tendría sentido guardarse la identidad del referido. Además a él le encanta figurar.

Bueno, me acordé de Juanito (así le decimos los más cercanos) porque, bruta yo, esta semana me he equivocado tanto, he cometido tantos disparates, hecho tantas torpezas y dicho tantas sandeces, que si Juanito hubiese andado rondando por aquí cerca y hubiese sido testigo de la cantidad de desatinos que me he mandado en sólo siete días, me estaría apuntando con el dedo haciéndome sentir miserable y poca cosa, argumentando con su labia habitual e inconfundible que “¡¡cómo es posible que una mujer hecha y derecha, adulta, educada, medianamente inteligente, madre, esposa, profesional y relativamente digna en su andar y vestir, haya errado tanto en tan poco tiempo!!”

Es que Juanito es así, sincero a más no poder y le fascina hacer notar y resaltar los pecadillos de los demás. Él lo hace con cariño, eso sí, y con autoridad moral, claro, porque que yo sepa él nunca… pero ¡nunca! se ha equivocado.  “Mmmm… ¿Será tan así?” La interjección y la pregunta emergen en mi cerebro como un rayo de cordura mientras agazapada en una esquina, con ojos de compota y cara de ratón asustado, masco el polvo de mis faltas.

Y desarrollo la idea: “claro… yo no soy Juan Pluscuamperfecto, así es que no tengo que sentirme tan mal por haber errado. Soy sólo una simple alma en viaje que a veces le achunta y otras veces se equivoca y suena como guatapique estrellado en el suelo. Si yo le contara  a Juan Pluscuamperfecto la cantidad de veces que no he dado el ancho, quizá él dejaría de ser mi amigo. Pero entonces, un segundo rayo de cordura me ilumina el cráneo… “Si Juanito me quitara su amistad sólo por el hecho de que no soy Pluscuamperfecta como él… entonces, no sería  un verdadero amigo”.


Y en vez de polvo me quedo masticando esta última conjetura y pienso en que todos –menos Juan, obviamente- nos equivocamos. Unos más, otros menos. Pero a todos alguna vez “nos patina la Catalina”, como decía el papá de una amiga. Pero luego volvemos a centrarnos y nos damos cuenta del patinazo y terminamos por agradecerlo, porque si no fuera por el porrazo la lección no habría sido internalizada con tanto provecho. Les juro que después de esta semana soy mucho mejor persona que hace siete días atrás. Es que los errores sólo nos hacen mejores. Qué pena que Juan Pluscuamperfecto no se pueda equivocar.  

martes, 13 de octubre de 2015

Adivina quién es el mago

El mundo que nos rodea es sólo la parte manifestada de la vida. Pero lo que vemos y tocamos siempre viene de un lugar invisible, de esa parte no manifestada. Casi todo, antes de ser lo que es, fue sólo una idea, un pensamiento, una inspiración. Observa a tu alrededor: la silla donde te sientas, la taza en la que tomas el té, el computador en el que escribes, estas líneas que lees, el auto en que te mueves, la casa donde vives. Todo, antes de convertirse en cosa, fue sólo una energía intangible, esperando que alguien la tomara y la convirtiera en realidad. Parece magia, y en verdad, lo es. Sólo que estamos tan habituados a ella, que no nos sorprende.

Le damos mucha más importancia y crédito a lo visible que a lo invisible. Como si lo invisible no existiera. No captamos ni valoramos el milagroso proceso a través del cual lo invisible se hace visible. Creo que es porque nos jactamos de ser personas cuerdas, fieles al principio de “ver para creer”, y por lo mismo, tendemos a pasar mucho más tiempo en el mundo concreto y “real” y nos olvidamos de ese otro mundo desde donde todo es creado, al cual cada uno de nosotros puede acceder cuando quiera y del que puede volver con un tesoro en sus manos.

Los flujos de creación y también los movimientos de cambio operan primero desde lo invisible y su manifestación siempre ocurre al final del proceso. Un edificio empieza a construirse mucho antes que cuando se pone la primera piedra… ese momento es sólo el primer indicio de la parte visible de un camino que pudo haber comenzado años e incluso décadas antes. Lo que me recuerda un hermoso relato zen que habla sobre lo que sucede cuando se planta la semilla de bambú japonés: además de regarla y abonarla como corresponde, durante los primeros meses no ocurre nada apreciable. En realidad, no sucede nada visible con la semilla durante los primeros siete años… pero de pronto, durante el séptimo año y en un período de sólo seis semanas, el bambú japonés puede llegar a crecer hasta 30 metros de altura. Durante todos esos años de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Los cuentos de hadas y las caricaturas nos hacen creer que con sólo pronunciar “Abracadabra pata de cabra” los magos pueden hacer aparecer de forma inmediata lo que quieran. Por eso no creemos en la magia, porque pensamos que tiene que ser instantánea. Pero estamos equivocados, porque la magia no tiene que ver con la velocidad con que se manifiesta lo invocado, sino más bien con que, simple y exclusivamente, se manifieste lo invocado.


Tanto la mayoría de los procesos de creación como los cambios, no son instantáneos porque gran parte de dichos procesos  se desarrolla en lo invisible, y eso –como no se ve-  los hace aparecer como menos mágicos. El bambú no se demoró 6 semanas en crecer 30 metros, le tomó 7 años y medio en desarrollarse. No hay que engañarse, la magia sí existe. No a la velocidad con que aparece en los cuentos de hadas, pero innegablemente existe. Y bueno, si la magia existe… adivina quién es el mago. 

Termina lo que empiezas

Tan importante como empezar algo es terminarlo. Nada hay más tormentoso que dejar las cosas inconclusas. Trabajos, encargos, relaciones, tareas, historias, lo que sea, siempre es mejor terminarlo. Muchas veces, el esfuerzo invertido se pierde si uno no llega hasta el final y la energía gastada en un proceso inconcluso se convierte en agua estancada dentro del foso de nuestras aspiraciones y metas.

Ya sean pequeñas tareas, como grandes proyectos, si uno sucumbe ante los contratiempos, o si cedemos ante la resistencia, o si bajamos los brazos ante la dificultad, poco a poco y casi sin percibirlo se va desdibujando la fe que tenemos en nosotros mismos. Y eso, honestamente, es quizá una de las cosas más graves que nos pueden pasar porque horadamos nuestra capacidad de cumplir sueños, de materializar ideas, de concretar aspiraciones y de sentir que somos capaces.
Puedes pasarte la vida entera haciendo cosas, pero si nunca terminas algo nunca tendrás nada que mostrar y parecerá como si nunca hiciste nada. Las excusas, las justificaciones y la victimización constituyen a veces los argumentos perfectos para dejar a medio camino lo que alguna vez empezaste.  Pero no te engañes, nada de eso te libera de responsabilidad, sólo te hace creer, falsamente, que hay factores externos a ti que pueden comandar tu vida. Y esto se refleja en lo grande y en lo pequeño.

Veamos: estás frente al computador, lees un email, empiezas a contestarlo, algo te pasa, no sabes bien qué responder o cómo decirlo y decides dejar la respuesta para más rato, entonces vuelves al  documento Word y sigues escribiendo el informe, pero las ideas no fluyen y entonces abres el navegador de Internet y empiezas a leer el diario, pinchas una noticia que te interesa y descubres que el cuerpo de la noticia es muy extenso y optas por sólo leer el primer párrafo, no la noticia completa, y entonces recuerdas que debes devolver el llamado a Juan y mientras estás marcando el número, decides que es mejor enviarle un Whatsapp, pero antes de entrar en materia, prefieres enviarle el último meme que te llegó… y Juan te manda de vuelta cinco emoticones llorando de la risa y te dice que ahora va saliendo a almorzar y entonces miras el reloj y te das cuenta que sí, que es hora de comer algo y dejas todo congelado hasta la tarde, y mientras tomas la chaqueta y caminas hacia la puerta piensas… “¡Ufff… la mañana vuela!”. Raya para suma: cero. Hiciste mucho, pero no terminaste nada.


Si tu día a día es sospechosamente parecido a la escena que acabo de describir, lo más probable es que los grandes proyectos y desafíos de tu vida tengan la misma suerte. Una de las frases más ciertas que he leído jamás es la siguiente: “como haces una cosa, las haces todas”. Si lo que aquí he escrito resuena en ti, primero empieza por terminar lo pequeño: recibe el mail, léelo, redacta la respuesta y envíala. Habrás dado un gran paso. Más importante que empezar algo es terminarlo, cerrar el ciclo, llegar a puerto, cruzar la meta, mostrar un resultado… creer en ti. No te falles.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Cada día puede ser mejor

A propósito de la frase que pronunció la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, “cada día puede ser peor”, me quedé pensando y pensando y le he dado vueltas toda la semana. Entiendo lo que esa frase quiere decir en lo inmediato y en lo concreto y entiendo también a lo que se refiere la Presidenta. Para nadie es un misterio la sucesión de hechos que se pueden calificar como negativos que hemos vivido como país y que, particularmente ella, ha experimentado a nivel personal y como mandataria. Pero más allá de la opinión que cada uno tenga sobre la gestión del actual período de gobierno, quisiera sólo reflexionar en torno al razonamiento que hay detrás del “cada día puede ser peor”, que para mi gusto es muy similar a la lógica que respalda la famosa Ley de Murphy y que básicamente se puede resumir en el adagio “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Somos muchos los que sin darnos cuenta vivimos bajo el condicionamiento de ese raciocinio (y me incluyo porque hasta hace poco yo también operaba de acuerdo a esa creencia) pensando que el mundo es un lugar hostil y que la vida es básicamente una batalla permanente… “hay que ganarle a la vida”, llegan incluso a decir algunos. Pero en realidad, la vida no “es” de ninguna forma predeterminada más que de la manera cómo nosotros queramos verla. Desafíos, situaciones difíciles, problemas, dolores, todos tenemos. Pero también tenemos alegrías, momentos agradables y situaciones felices.

Lo que sucede es que cuando la vida no marcha como uno quisiera, resulta mucho más liberador jugar a la víctima y expiar la propia responsabilidad asumiendo que las cosas  ocurren sin que yo tenga mayor injerencia en ellas. En esta parte del discurso es cuando se levantan todas aquellas voces que dicen cosas como “sí, pero qué culpa tengo yo que haya habido un terremoto”, o “lindas palabras, pero qué tengo que ver yo si el precio del cobre se va al suelo”, o “de acuerdo, pero cuál es mi responsabilidad si fue el otro auto el que me chocó por detrás”.  Y entonces, corresponde aclarar lo siguiente: nuestra vida y nuestro destino no están determinados por lo que nos ocurre, sino por cómo cada uno reacciona frente a lo que le ocurre.


En otras palabras, como explica Eckhart Tolle, “existe una correlación entre tu estado de conciencia y tu destino”. Por eso, desde lo más profundo de mi corazón creo que la visión de que “cada día puede ser peor” no nos potencia ni como pueblo, ni como nación, ni como chilenos, ni como personas. Al contrario, nos limita, porque nos releva de responsabilidad y nos posiciona como víctimas y las víctimas siempre están a merced de lo que les pasa. La invitación es a hacernos cargo, no de lo que nos ocurre, sino de cómo reaccionamos frente a lo que nos ocurre, eso es lo que va a marcar nuestro camino hacia adelante…  Por eso, prefiero decir a voz en cuello y sin temor a equivocarme que “cada día puede ser mejor”.

lunes, 21 de septiembre de 2015

¡Emergencias!

Quién más que los chilenos pueden dar cátedra de lo que es enfrentar una emergencia. En el norte, en el sur, en el centro, donde sea, las emergencias en este país aparecen una y otra vez como flores porfiadas que germinan testarudas en la tierra, en la arena, en el barro e incluso en el polvo acumulado en una esquina. El copihue es muy bonito, pero déjenme decirles que es a través de la emergencia que florece nuestra verdadera identidad.

Porque las emergencias a estas alturas ya son parte de nuestro espíritu nacional. Es raro y suena raro, pero  los chilenos nos entendemos, nos validamos, nos relacionamos y nos valoramos a través de las emergencias. Por lo mismo, las necesitamos, porque de tanto en tanto nos hacen retornar a nuestro centro, el que nuevamente perdemos a poco andar porque sabemos que no tardará en llegar una nueva emergencia que nos volverá a centrar y equilibrar.

En situaciones igualmente dolorosas y apremiantes, si no hay una emergencia de por medio, nos cuesta mucho más reaccionar. Necesitamos del rimbombo de la emergencia para movilizarnos, nos hemos acostumbrado a ello y nos movemos bajo esa lógica. Quizá muchos dirán que eso es parte de la naturaleza humana. Sí, de acuerdo. Pero últimamente en Chile, el asunto ha sido llevado al extremo. Por poner una fecha de inicio, desde el brutal terremoto del 2010 no hemos parado. Pasamos por el épico rescate de los 33 y luego hemos vivido una seguidilla de feroces aluviones, inundaciones diluvianas, devastadores tsunamis, espectaculares erupciones volcánicas, incendios infernales, inusuales temporales con pinta de huracán y varios terremotos más. Todo ello acompañado por una singular comparsa de alertas, alarmas, avisos telefónicos, sirenas de emergencia, órdenes de evacuación, operaciones deyse, planes de contingencia, transmisiones en vivo y en directo e incontables campañas de ayuda.

La emergencia en Chile se ha convertido en una forma de vida. Da la sensación que sin ella como que nos cuesta más respirar, como que no sabemos qué hacer. Con la emergencia nos ordenamos, obedecemos, nos sensibilizamos y nos ponemos al servicio. Quizá esto es lo mismo que le ocurre a cualquier ser humano en cualquier país del mundo, lo que sucede es que debido a la frecuencia e intensidad de las situaciones de emergencia que suceden en nuestro territorio nacional, los chilenos hemos desarrollado un expertise fuera de todo rango y eso nos distingue y nos caracteriza.


¿Está mal que sea así? ¿Está bien? Da lo mismo. El punto no es juzgar. Se trata más bien de reflexionar respecto a que la emergencia no sólo es una “situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”, como la define el diccionario, sino que –como su otra acepción lo señala- constituye una oportunidad para “dejar emerger”. Porque a través de la emergencia emerge la verdadera identidad del chileno: con lo bueno y con lo malo, con lo lindo y con lo feo, con lo que tenemos que mejorar, pero también con todo lo que debemos estar orgullosos de ser.  

martes, 15 de septiembre de 2015

Agradecida


“¿Dónde estamos, Max?”, le preguntó un poco desorientada mi hija de entonces dos años y medio a su hermano tres años mayor mientras, recién llegados a Antofagasta, salíamos del aeropuerto Cerro Moreno en la van que nos llevaría a nuestro nuevo hogar . Sin despegar la nariz de la ventana de su asiento e impresionado por el árido paisaje, mi hijo le respondió “en Arabia… creo que estamos en Arabia”.

Somos muchos los que, venidos desde distintas partes de Chile y el mundo, recordamos con lujo de detalles cómo fue el primer día que llegamos a esta ciudad en pleno Desierto de Atacama. En mi caso, fue como una cita a ciegas, que a primera vista no logró seducirme, pero que luego, al entrar en una conversación diaria, la ciudad me fue contando su historia, sus desafíos, sus sueños y me fui enamorando de esta tierra seca y dura pero con un alma noble y generosa.

Porque Antofagasta  nos ha tendido la mano a todos los que hasta acá hemos llegado y por ese sólo hecho tenemos que estarle eternamente agradecidos. Quién iba a pensar que el desierto más seco del mundo se convertiría en el vergel de muchos y que en medio de este tornasol de tonos tierra hayamos sido tantos los que hemos ido cultivando un jardín de posibilidades.

Por eso en estas horas en que pareciera que las vacas están bajando de peso, que la sensación general se presenta más sombría y que los comentarios que uno escucha redundan pesimismo y miedo, creo que es bueno acordarse de todo lo que esta tierra nos ha dado, porque aunque nadie sabe bien qué nos espera más adelante, tiendo a creer que es más sano valorar lo que uno ha recibido que fantasear sobre posibles descalabros que pudieran suceder en un futuro que aún no llega.


El bálsamo del agradecimiento reconforta el espíritu, permite volver a conectarse con la abundancia que hay en cada corazón y te faculta para volver a ver lo que el pesimismo hace olvidar. Al igual que lavarse los dientes en la mañana y después de cada comida, el agradecimiento remueve ese sarro negativo con que a veces se tiñe el alma y que si no se saca, tiende a pegarse y ponerse duro formando una capa que después no te deja ver el sol. Está claro que el agradecimiento no va a cambiar el errático comportamiento de los mercados internacionales, ni va a disminuir una crisis que poco a poco se va mostrando más y más intensa, pero sí va a ayudar a equilibrar la mirada individual. Y, al final del día, es la mirada individual la que hace que todo se vea diferente. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Sábanas


La casa de mis tíos abuelos estaba esplendorosamente cuidada. Yo no solía visitarlos mucho, pero cuando lo hacía, me llamaba mucho la atención que siempre todo estaba en orden, reluciente, perfecto. Con sólo entrar al living te invadía una sensación de inmaculada paz. Una serena energía fluía entre los muebles y los objetos allí dispuestos y el solemne e incansable tic-tac del elegante reloj de sobremesa Hermle, sólo acentuaba esa atmósfera de esmero y  pulcritud.

Para una impresionable niña como yo, todo me parecía hermoso: los adornos de porcelana, los ceniceros de cristal, los jarrones chinos, la reluciente colección de cucharitas del mundo, el espejo biselado de la entrada y los turbulentos cuadros de Renán Álvarez, un misterioso pariente depresivo y bohemio, al que nunca conocí, pero que era un maestro pintando al óleo inquietas olas babosas de espuma y denigrantes barcos a la deriva.

Sin embargo, había algo que no encajaba en esta cuidada escenografía. No entendía por qué, en esta casa donde todo se exhibía con tanta dignidad y boato, los sillones siempre estaban resguardados por sábanas de trevira. Si nos invitaban a tomar el té, los sillones estaban cubiertos; si se organizaba un almuerzo familiar, los sillones seguían tapados; si realizábamos alguna visita de cortesía, ahí seguían las sábanas de trevira, escondiéndolo todo.

“¿Por qué los tíos siempre tienen los sillones tapados con sábanas?”, le pregunté ya exasperada un día a mi mamá. “Los tíos son muy cuidadosos y el tapiz de los sillones es realmente majestuoso, muy fino y muy caro y lo cubren para que no se estropee”, me explicó didácticamente mi madre. La respuesta tenía cierta lógica, pero no aplacó mi curiosidad: “¿Tú crees que algún día van a sacarles las sábanas?” dije. “Ya llegará el día en que la ocasión lo amerite”, sentenció mi mamá.
Y el día llegó. Se casaba la hija menor de mis tíos abuelos y la recepción sería en su casa. Por fin, después de tantos años, los misteriosos sillones tendrían la oportunidad de exhibir todo su esplendor. Cuando finalmente ingresamos al living, yo no podía dar crédito a lo que mis ojos veían: ¡las odiosas sábanas de trevira seguían allí!, albas, impolutas, inamovibles e incólumes como egoístas y celosas carceleras.

Después de mucho tiempo, cuando mis tíos murieron, sus hijos decidieron vender la casa y encontraron los mentados sillones carcomidos por las termitas e infestados de polillas. No les quedó más que botarlos a la basura. Cuando me enteré del triste destino de los muebles, me dio pena… por mis tíos, por mí y por todos los que nunca pudieron deleitarse con la belleza de esos sillones. Y pensé que a veces nos pasamos la vida entera tapando con sábanas lo que deberíamos gozar hoy, engañándonos con la falsa promesa de que algún lejano día, “cuando la ocasión lo amerite”, podremos, finalmente, disfrutar de la vida y ser felices. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Ese viejo cuento

(Publicada en "El Mercurio de Antofagasta" el sábado 29 de agosto de 2015)

Cada uno de nosotros tiene su historia. Todos venimos de algún lugar, nos han sucedido cosas, hemos tenido distintas experiencias, hemos amado, llorado, sufrido, reído, en fin, hemos vivido. Cuando miramos el pasado, tenemos un cuento que contar. Y lo contamos. Y ahí está la clave. No en el cuento en sí… sino más bien en cómo contamos ese viejo cuento.

Es tan automático el proceso, que ni siquiera nos percatamos que hay una palanca que podemos accionar. Pensamos que nuestra historia de vida es tal como la recordamos, tal como se nos viene a la mente. Estamos tan acostumbrados a escuchar una y otra vez el mismo relato trasnochado, contado de exactamente la misma manera, que anulamos la posibilidad de revisar lo ocurrido, de mirarlo con nuevos ojos, de ponerle otros acentos, de describirlo con otras palabras. 

No debería ser así, pero habitualmente la historia personal que nos contamos a nosotros mismos es la que determina en gran medida lo que somos hoy, lo que hacemos y cómo lo hacemos. Mucha gente está estancada por la historia que se cuenta a sí misma y porque vive de acuerdo a esa historia. Frases como “siempre he sido así”, “nací así”, “nunca he sido buena para…”, “no está en mi naturaleza”, “nunca me gustaron las lentejas”, “desde chica soy pésima para los deportes” etc., etc., etc. Todas ellas son afirmaciones que pronunciamos hoy, pero que tienen su raíz en el pasado… No… Perdón. No en el pasado… sino en cómo nosotros hemos archivado ése pasado, que es muy distinto.

No se puede acceder a un presente renovado y rico en posibilidades, mientras tengamos una historia que diga que es imposible, o que diga que esto no funciona, o que he tratado todo, o que no puedo ser eso que tanto quisiera ser. Lo único que me aleja de obtener lo que quiero es la historia que sigo contándome a mí misma sobre por qué no puede suceder lo que tanto quiero que suceda. 

Viendo un video de la conocida presentadora norteamericana Oprah Winfrey, me encontré con una conversación que tenía con T.D. Jakes, pastor y escritor norteamericano. Durante el diálogo, él lanzó una frase que me dejó helada: “Cuando te aferras a tu pasado, lo haces a expensas de tu destino”. Nada más cierto.


Así es que me puse a repasar todos esos relatos que no me dejan avanzar y decidí que los voy a re-escribir. No es que vaya a cambiar la historia, porque ciertamente, los hechos no se pueden cambiar y es innegable que lo que sucedió, sucedió. Lo que voy a modificar es la forma cómo me cuento a mí misma (y al mundo) esa historia. Soy  periodista y jamás me atrevería a cambiar los hechos de una noticia, pero ahora entiendo que en vez de escoger un titular que me limite, tengo que elegir el que más me potencie. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Dolor-risa

Hace ya bastantes años, tenía un amigo que era tan divertido que acuñó el concepto de dolor-risa. Era un concepto raro y contradictorio, pero por lo mismo lo encontré muy interesante. El dolor–risa se refería a todas aquellas situaciones de dolor físico o emocional en que la incomodidad es tan extraña que no sabes si reír o llorar. Por ejemplo, cuando se duerme una pierna o un pie, o cuando te pegas en el epicóndilo medial, una prominencia  ósea ubicada en la articulación del codo y que popularmente se conoce como el “hueso de la risa”.

Pensándolo bien, resulta muy curioso que el dolor extremo (físico o emocional) y la risa desbocada terminen casi siempre en lo mismo: lágrimas. Debe ser porque tanto la pena como la risa, lavan, limpian y te hacen mejor persona. Cada una a su modo te va moldeando y constituyen sendas caras de una misma moneda.  ¿Se han fijado que a veces los niños son capaces de moverse rápidamente entre estos dos polos? No cesan aún de llorar desconsoladamente cuando en algún momento el llanto muta a una risa nerviosa e incontrolable, dejando perplejos a quienes los observan.

El fenómeno es parecido a lo que sucede con otras emociones ¿Cuándo la perseverancia se convierte en terquedad? ¿En qué momento una persona consecuente se convierte en intransigente? ¿En qué punto alguien amable se convierte en alguien servicial? ¿O alguien seguro de sí mismo se vuelve arrogante? ¿O una persona paciente se transforma en pasiva?  ¿O alguien ordenado en un maniático? En algún instante, lo que empieza como una característica positiva se transforma en algo negativo. La pregunta es ¿En qué momento?  ¿Dónde dibujamos la raya?

No tengo la respuesta definitiva. Sólo ensayo algunas propuestas: el sentido común puede ser una útil herramienta para resolver estos casos, pero si entendemos el sentido común como el “modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas” (así lo define la Real Academia Española), resulta un concepto muy volátil. Quizá otra forma de establecer la diferencia es hacerse consciente entre lo que te hace bien y lo que te hace mal, entre lo que te fortalece y lo que te debilita.


Como dice David Hawkins en su libro “El poder contra la fuerza”: “diferenciar entre los patrones de alta y baja energía es una cuestión de percepción y discriminación que la mayoría de nosotros aprende dolorosamente a base de la experiencia”.  En otras palabras, aprendemos a porrazos, a prueba y error, pero con el tiempo nos vamos sofisticando y haciendo más expertos. El tercer párrafo de esta columna basta para hacernos más conscientes y empezar a incrementar el poder interno de cada uno con el fin de elegir con qué emoción queremos quedarnos. Para que el dolor-risa empiece a ser menos dolor y mucho más risa. 

Momentos insignificantes


La vida está llena de instantes pequeños, aparentemente insignificantes. Momentos  minúsculos, que pareciera que no valen nada. Son como soplos de tiempo que creemos tan intrascendentes que por lo mismo son desestimados y mirados incluso con indiferencia y desdén.    

Subir las escaleras, lavar la loza, caminar por la calle, esperar la luz verde del semáforo, pelar una manzana, abrocharse los cordones, lavarse las manos, hacer una fila, poner la mesa, subirse al ascensor, abrir la puerta de la casa… Todos ellos, entre miles de otros, son momentos a los que les damos muy poca importancia. Claro, al lado de los grandes acontecimientos de la vida, los momentos insignificantes constituyen la parte no contada de la historia y por lo mismo pareciera como que no existieran.

Error.

No sólo existen. Sino que, después de todo, no son tan insignificantes como pensamos. Porque veámoslo de este modo: en términos de cantidad, los momentos insignificantes son muchísimos más que los sucesos rimbombantes de nuestra vida, por lo tanto, acumulados en la historia particular de cada uno, lo insignificante adquiere cierta trascendencia que se puede aprender valorar sólo con la perspectiva que da el paso del tiempo.

Suele suceder, que tendemos a subestimar los momentos insignificantes… a tal punto que cuando aparecen, ponemos la vida en pausa y los usamos sólo como la sala de espera de los eventos más importantes, como si nuestra existencia sólo estuviera hecha de lo grandioso. Sin embargo, la manera cómo vivamos esos momentos insignificantes va a determinar cómo experimentamos finalmente nuestra vida. Si tales instantes los vivimos en la inconciencia, por ejemplo, negando el momento insignificante con la mala costumbre de anticiparnos a un futuro que aún no llega, la consecuencia es que nos mantendremos inconscientes la mayor parte de nuestra vida, añorando lo que está por venir y dejando de estar en el único espacio que tenemos para existir: el presente.


Y entonces, llegamos al verdadero regalo que nos ofrecen los momentos insignificantes: si éstos son correctamente apreciados se pueden convertir en un portal del porte de un coliseo para aprender a estar en el aquí y ahora. Es más, gracias a su frugalidad, simpleza y sencillez,  constituyen una oportunidad única para ejercitar nuestra capacidad de estar realmente presentes en el presente… que al final del día, es la única receta para vivir la vida a concho y para –de manera sorprendente- transformar lo insignificante… en grandioso.  

Conectar los puntos

No es necesario entender todo de inmediato. A veces es bueno seguir avanzando a pesar de las interrogantes y aunque no estemos seguros de por qué hacemos lo que hacemos o de por qué nos sucede lo que nos sucede. Las cosas no siempre tienen una explicación instantánea. En ocasiones a la vida le gusta jugar al misterio y se guarda para más adelante las razones de por qué las cosas son como son.

Como en esos dibujos en los que hay que conectar los puntos. Sólo en la medida en que los vas conectando vas entendiendo de qué se trata la imagen completa. No antes, porque al unir un punto con otro, sólo trazas una línea recta y esa línea recta nunca es suficiente para explicar el dibujo en su totalidad. Por eso, más importante que obsesionarse por entender, hay que simplemente trazar la línea, o sea, vivir lo que hay que vivir. Ese proceso no es más que un acto de fe que tiene relación con la capacidad de confiar en nuestra intuición y, de alguna forma, tiene que ver también con esa manoseada frase que todos hemos pronunciado en más de una oportunidad: “Por algo pasan las cosas”.

El legendario Steve Jobs, en el famoso discurso que pronunció durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford en el año 2005, ejemplifica lo que quiero decir, al señalar que él nunca se graduó de ninguna carrera, pues decidió abandonar sus estudios universitarios. Relata que cuando lo hizo, tuvo tiempo para poder tomar algunos ramos sólo por gusto. Siguiendo su instinto y curiosidad, se inscribió en el curso de caligrafía. Allí aprendió y se fascinó con las diferentes tipografías. En ese momento, dicho curso no presentaba ningún valor ni aplicación práctica en su vida, sin embargo, diez años después, cuando Jobs estaba diseñando el primer computador Macintosh, todo encajó. Ése fue el primer computador que incorporaba una amplia variedad de hermosas tipografías…  Jobs lo explica textualmente en su alocución: “Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún computador personal las tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejar mi carrera, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los computadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que hoy poseen”.

El mensaje de Steve Jobs agrega que “no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo mirando hacia atrás. Así que hay que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea”.

Conectar los puntos tiene que ver con dejar fluir, pero no en el sentido erróneo de dejar pasar la vida como si fuéramos unas simples veletas a merced del oleaje y el viento… No… Se trata de dejar fluir, guiados por nuestra intuición. Por esa voz interna que a veces cuesta tanto escuchar pero que al final del día es el impulso que nos hará mover el lápiz para que los puntos de nuestra vida puedan, en algún momento, conectarse y tener, eventualmente, todo el sentido del mundo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Batallas inútiles

A veces no es necesario dar la batalla. Con sólo bajar los brazos basta para que la pena se acabe, la rabia se desvanezca o para que el problema que parecía tan grande se haga insignificante. La resistencia hace que lo que nos molesta crezca y se desproporcione. La resistencia es esa parte testaruda que cada uno tiene y que se activa cuando uno se siente amenazado. Pero resulta que la mayoría de las amenazas no son reales, son simplemente interpretaciones subjetivas de situaciones o hechos que nos toca vivir.  Eckhart Tolle, dice en varios de sus libros que “todo aquello contra lo cual luchamos se fortalece y aquello contra lo cual nos resistimos, persiste”. William Ospina lo explicó magistralmente en este brevísimo cuento:
“-Te devoraré- dijo la pantera.
-Peor para ti- dijo la espada.”

Hace mucho tiempo, yo tenía una amiga quien me dijo una vez: “yo siempre ando con la escopeta cargada… es la única forma que te respeten”. En su momento y en mi ignorancia y falta total de experiencia y de visión, encontré que su actitud era genial. A poco andar, caí en cuenta que ser amiga de mi amiga era agotador: peleaba con todo el mundo, era pesada, agresiva, hiriente y respondía mal. Sí, al principio parecía como si ella provocara respeto, pero en realidad lo único que infundía era miedo, pues miraba a todo el mundo como enemigo potencial y la gente –obvio- la evitaba. Dejé de ser su amiga cuando entendí que la peor enemiga de mi amiga era ella misma y que ésa era la única pelea real que ella tenía que dar.

La vida no es un campo de batalla, aunque muchas veces parezca que sí. Si entendemos nuestra existencia como un lugar de combate, inevitablemente tendemos a dividir el mundo entre buenos y malos y nuestro objetivo siempre será liquidar al enemigo: "ellos o nosotros”. Pero no olvidemos que según la ley del espejo, los enemigos que vemos afuera, son en realidad un reflejo de los enemigos que tenemos adentro.

Por eso, las verdaderas batallas son siempre íntimas y personales. Lo único que tienen que hacer los auténticos guerreros es vencerse es a sí mismos. Lo irónico es que para vencerse a uno mismo ¡no hay que dar ninguna batalla!... basta simplemente con bajar los brazos, aceptar, soltar y dejar ir. Cuando sueltas, te liberas y te das cuenta que el problema nunca existió realmente, más que en tu propio universo personal. Lo que sucede finalmente, es que si uno está en paz con uno mismo no tendrá ninguna necesidad de declararle la guerra a nadie, ni de emprender batallas que son francamente… inútiles.


lunes, 3 de agosto de 2015

Descachurearse

Luego de unos días lejos por las vacaciones de invierno, llegué feliz de vuelta a mi casa. Apenas abrí la puerta de entrada me quedé un par de segundos impregnando mis pulmones con el delicioso olor a hogar-dulce-hogar, luego eché un vistazo a mi alrededor y fue entonces cuando la genial idea se incrustó en mi mente: “mañana mismo le hago un aseo profundo y un orden radical a esta casa. Ya van a ver...”

¿Por qué las mujeres tenemos que embarcarnos en tamañas empresas? ¿No puede ser sólo un simple “aseo” o un “orden”, así a secas? ¿Por qué tenemos que adjetivar tan vehemente todo lo que hacemos? ¿Por qué lo que pudo ser una simple declaración de intenciones adquiere las dimensiones de una cruzada épica? No lo sé. El caso es que a la mañana siguiente yo figuraba enfundada en la ropa más roñosa que tengo y daba inicio a lo que durante los próximos tres días se convertiría en mi obsesión: limpiar, ordenar y –como se dice en buen chileno- descachurear.

Con la limpieza y el orden no había mayor drama. Pero lo que sí se convirtió en una pesadilla de proporciones, fue el desgarrador proceso de descachureamiento. Pocas cosas hay tan traumáticas como el deshacerse de algo que alguna vez formó parte de nuestra vida. Aunque esté arrumbado en la bodega, o empolvado al fondo del closet, o uno no lo haya usado en los últimos 10 años. Por alguna misteriosa razón cuando llega la hora de desprenderse de lo que ya no sirve o no se usa emerge una curiosa resistencia que, créanme, no es fácil de superar.

Entonces, en medio del caos que se convirtió mi casa una vez que hube desocupado todos los closets, estantes, cajones y bodegas; cuando ya mis hijos se habían deleitado abriendo y vaciando cuanta caja “llena de sorpresas” encontraban; cuando todo, ab-so-lu-ta-men-te-to-do, estuvo fuera de lugar, yo me senté en una esquina… y me puse a llorar. 

No sabía por dónde empezar y admití que necesitaba ayuda. Me senté frente al computador y luego de un rato buceando en Internet descubrí que en la lista de los Best Sellers del “New York Times”, estaba el libro “La magia transformadora de ordenar: el arte japonés de eliminar el desorden y organizar”, de Marie Kondo.

El libro es entretenido y explica la energía que hay detrás de esta necesidad de acumular cosas y de por qué cuesta tanto desprenderse de lo que ya no nos presta ninguna utilidad. Pero hay una frase que se me grabó a fuego y que sugiere que al momento de descachurearnos, “más que enfocarnos en lo que vamos a descartar, debemos poner énfasis en lo que queremos guardar”. Hacer foco en lo que se queda, no en lo que se va. Es la misma lógica de ver el vaso medio lleno en vez de verlo medio vacío. Un simple concepto que cambia radicalmente la perspectiva y que permite no sólo descachurear la casa… sino la vida entera.

Remezones

No sólo la tierra se remece de vez en cuando. También las placas tectónicas que conforman nuestro mundo personal y privado se mueven cada cierto tiempo para reacomodarse.  Y es necesario que sea así. Los llamados remezones de la vida ayudan a ordenar las prioridades que con el tranco diario se van poco a poco alborotando y desencajando. Los remezones balancean y ajustan lo que andaba por ahí medio desubicado, perdido y desorientado.

Porque en este sueño que es vivir, los soñantes ni siquiera sospechamos que pululamos dormidos, viviendo medio inconscientes o inconscientes completos. Los remezones tienden a despertarnos y a sacarnos de la somnolencia… aunque sea por breves instantes. Un destello de cordura basta para iluminar una vida entera y por lo general son tan potentes que iluminan más de una vida.

Lo malo está en que después de un tiempo el remezón tiende a olvidarse. Y el destello puede apagarse y con la oscuridad es probable que uno retome el sueño que estaba soñando antes del sobresalto. En esos casos, todo vuelve a ser como antes y la historia comienza de nuevo, igualita a como solía ser. Pero hay otros casos en los que el efecto del remezón dura para siempre. Es lo que sucede cuando uno se empeña en mantener la vigilia –cosa que no es fácil- y en cuidar que el candil no se apague. Al final, depende de que uno se lo tome en serio para que la vida sea como esos sueños lúcidos en los que el que sueña sabe que está soñando, y lo que es mejor, que puede soñar lo que él quiera.

El objetivo del remezón no es asustar, sino sólo remecer y reacomodar. Pero uno se asusta igual y el susto es lo que finalmente hace el milagro. Por eso los remezones son tan buenos, porque primero, además de despertarnos, nos ponen la piel de gallina y luego, esa misma piel se cae y muta y obligadamente se renueva.

Si la vida te ha regalado remezones, sabrás que depende de ti que valgan la pena. Sabrás también que con cada remezón se destraban algunos postigos, y por lo tanto, sabrás que el sol tendrá muchas más posibilidades de entrar a entibiarte el alma. Si la vida te ha regalado remezones, sabrás que de ahí en adelante el camino será más verdadero y sabrás también claramente cuáles son los errores que no volverás a cometer. Si la vida te ha regalado remezones, sabrás que al principio todo puede parecer duro, difícil e incluso muy triste, pero con el tiempo –quizá mucho tiempo- uno siempre termina entendiendo que ante un remezón lo único que puede hacer es… agradecer.

sábado, 25 de julio de 2015

Enseñanzas para compartir


“Al final, mijita  -decía mi abuela- todo se reduce a tomar la escoba y barrer”. Yo a los siete años no entendía bien lo que la señora quería decir. Pero con el tiempo, la frase fue cobrando sentido y poco a poco empecé a comprender. Dueña de casa, abnegada y silenciosa, mi abuela aprendió a fantasear con los quehaceres domésticos y los convertía en curiosas metáforas llenas de enseñanzas de vida. Para ella, tomar la escoba y barrer no era más que limpiar los restos de un pasado que ya se había ido y despejar el terreno para el futuro que estaba por llegar.

Cuánta razón tenía mi abuela. Qué iba a pensar ella, que varios años después, todas esas palabras sencillas del recetario familiar, llenas de sabiduría casera me iban a hacer tanto sentido. “La casa es como el corazón”, decía, “hay que tratar de mantenerla limpia y ventilada y entender que cuando afuera hace frío, no queda más que encender la calefacción”. Hablaba de cómo hay que estar preparada para los momentos difíciles y de que la energía siempre hay que buscarla en el interior.

En el living tenía un gomero, que podaba cuando se ponía muy grande y frondoso, para luego regalar los mugrones a sus vecinas y amigas. Una vez me contó el secreto de ese gomero que para mí era inmortal y eterno: “lo riego una vez a la semana, pero todos los días, sin falta, le cuento un chiste”, me dijo guiñándome un ojo. A veces, yo no era capaz de detectar si mi abuela hablaba en serio o si me estaba tomando el pelo, lo cierto es que ahora entiendo su mensaje: nada nunca es ni tan serio, ni tan grave y un poco de risa no le hace mal a nadie.

Hoy cuando muchas veces la vida asusta e intimida, me hace bien recordar la templanza con que mi abuela pasaba los días. Porque uno a veces se enreda sola en la vorágine del ir y venir y en el tratar de hacer todo perfecto. “A las camisas más caras también se les caen los botones”, decía ella cuando quería hacerme entender que no siempre podemos tener todo bajo control. Su lógica era la del sentido común, que a veces resulta ser el menos común de los sentidos.


Y así como mi abuela, debe haber mil abuelas más… porque cada una de ellas sabe cosas que los que aún no hemos llegado a esa etapa de la vida, no tenemos cómo saber. Es verdad que lo comido y lo bailado, nadie nunca lo va a poder quitar, pero para que el círculo sea completo, la vida no sólo debe ser vivida, sino sobre todo, enseñada, traspasada y compartida. 

domingo, 5 de julio de 2015

Nunca hemos ganado nada... (Hasta ahora)

(Columna publicada en "El Mercurio de Antofagasta", 
el sábado 4 de Julio de 2015, antes de la final Chile-Argentina).

De cara a la final de la Copa América se ha repetido majaderamente que los chilenos “nunca hemos ganado nada”… Sinceramente, la frasecita me crispa. Me pone mal. Porque no es una frasecita cualquiera ya que siempre que se dice, se dice con su qué. Es ese qué,  el que en realidad me molesta, porque implica un juicio, o lo que es peor, una sentencia. Una sentencia que de manera solapada –escondiéndose detrás de una expresión aparentemente objetiva- sabotea los sueños, deteriora la ilusión y valida- erróneamente, para mi gusto- la idea de que el pasado nos determina, ya que de manera subliminal se entrega el mensaje de que si nunca hemos ganado nada… ¿Por qué tendríamos que ganar algo ahora?

Tiendo a pensar que lo hay detrás no es más que miedo: miedo a hacernos cargo de que sí podemos salir campeones, miedo a ser los mejores, miedo a dejar de ser víctimas, miedo a asumir la responsabilidad de lograr el objetivo. 

El pasado no es más que una construcción mental basada en experiencias, las que a su vez están compuestas tanto por hechos, como por las percepciones que nosotros tenemos acerca de esos hechos. Explicado de otra forma, la ecuación hecho (objetivo) + percepción (subjetiva) = experiencia, demuestra que el pasado, entendido como una sucesión de experiencias que tienen un componente de subjetividad,  nunca es del todo imparcial y verdadero y por lo tanto, malamente puede erigirse como un pivote concluyente para  determinar  el  presente o el  futuro de una persona, de una organización, de un país… o de un equipo de fútbol.

Entendí lo anterior hace ya varios años, cuando recién egresada de la universidad tuve la posibilidad de viajar al extranjero sola. Por primera vez en mi vida, experimenté una sensación de absoluta libertad. Nadie me conocía en el lugar al que iba, nadie sabía quién era yo, ni cómo era yo, ni como solía ser yo, por lo mismo, a partir de ese momento descubrí que yo podía ser quien yo quería ser. No tenía que actuar de acuerdo a las etiquetas y los roles con los que durante años me identifiqué y comprendí entonces que casi todo lo que hacemos en la vida está condicionado no por cómo somos, sino por cómo creemos que somos y por cómo creemos que los demás creen que somos. Vivimos sujetos a tantas creencias, que pensamos que ellas nos definen y terminamos actuando en consecuencia.

Bueno, no debería ser así. El pasado no tiene el poder –a menos que yo se lo confiera- de evitar que yo reinvente mi vida en un presente nuevo y en un destino mejor.  Y finalmente, la lógica que se tendría que aplicar es que si voy a actuar de acuerdo a mis creencias, al menos debería escoger las creencias que me potencian y no las que me limitan. 

De alguna forma, pienso que este grupo de jóvenes y cuerpo técnico que conforman la actual Selección Nacional de  Fútbol, tienen la gran misión no sólo de ganar la Copa América, sino de cambiar la creencia de millones de chilenos y hacernos entender a todo un país que el pasado da lo mismo, que las etiquetas autoimpuestas las puedo cambar cuando quiera, y que de ahora en adelante vamos a empezar a ganarlo todo. 

En el lugar equivocado


Hay un viejo cuento que relata la historia de un joven que encontró a su amigo arrodillado buscando desesperadamente algo en el jardín de su hogar. “¿Qué buscas?”, le preguntó el joven a su amigo. “Busco la llave de la casa, se me perdió y no la encuentro”. El joven se arrodilló sobre el pasto para ayudar a su amigo, hasta que después de un rato quiso averiguar más: “¿Dónde perdiste la llave?”. Muy concentrado en lo que estaba haciendo y sin levantar la vista del suelo, el amigo le respondió, “En mi pieza…”. “Y entonces- volvió a inquirir sorprendido el joven- ¿por qué la buscas acá afuera en el jardín?”. El amigo lo miró como si no entendiera la pregunta. “Obvio – le dijo levantando los hombros- porque acá está más luminoso”.

La enseñanza de la historia tiene que ver con la lógica irracional con que a veces procedemos para resolver ciertos asuntos de nuestra vida. Básicamente se debe a que gran parte del tiempo buscamos en el lugar equivocado las soluciones, las respuestas o las explicaciones de lo que nos sucede. Por ejemplo, si discutimos con alguien, creemos que la solución del conflicto sólo se producirá si el otro modifica su postura, porque claro, desde nuestra perspectiva el que está mal es él. En este caso, intentamos que el otro –no nosotros- cambie. El inconveniente no sólo no se soluciona, sino que lo más probable es que incluso empeore, porque la componenda la estamos demandando desde una postura parcial y por lo tanto, incorrecta y además, la hacemos llegar de una manera errada y… al personaje equivocado.

Otro ejemplo: si un día no nos sentimos de buen ánimo, responsabilizamos de ello al clima, a la pareja, al jefe, o al gobierno… nos convencemos que si no fuera por ellos, nuestra vida sería mucho más hermosa y plena. En otras palabras, traspasamos el cometido  de nuestra felicidad a los agentes equivocados.

Un tercer caso: un amigo nos pide ayuda, nosotros se la damos con gusto. Con el correr del tiempo, nuestro amigo asume que cuenta con nuestra ayuda sin siquiera preguntarnos. A pesar de sentirnos pasados a llevar, nosotros igual le brindamos la ayuda, pero nos quedamos con la amarga sensación de que se aprovechó de nuestra buena voluntad. “Si no hubiera sido tan patudo”, pensamos responsabilizando en un cien por ciento a nuestro amigo por el resentimiento con que nos dejó.  ¿En serio? ¿Y nuestra capacidad para poner límites? En este caso, también depositamos la responsabilidad del hecho en la persona equivocada.

Y así se nos pasa la vida: buscando llaves en los lugares equivocados… la llave de la felicidad, la llave de la armonía, la llave de la paz, entre otras muchas llaves que perseguimos donde nunca las vamos a encontrar. Si convenimos que nuestro mundo exterior es resultado de nuestro mundo interior, entonces dejemos de buscar en el lugar equivocado… dejemos de buscar afuera lo que sólo vamos a encontrar adentro.

Cambiando yo, cambia mi mundo


Hay cosas que no puedo hacer, que no alcanzo a hacer y cosas que no tengo ganas de hacer. Y a pesar de eso, las hago… ¿No será tiempo ya de empezar a hacer sólo lo que puedo hacer, lo que alcanzo a hacer y lo que tengo ganas de hacer? Suena bonito y tentador, pero no es tan fácil. Por mis diferentes responsabilidades, hay cosas que aunque no pueda hacer, las tengo que aprender a hacer; cosas que aunque no alcance a hacer, tengo que darme el tiempo para hacerlas, y cosas que aunque no quiera hacer, las tengo que hacer igual.

La opción, lisa y llanamente, sería salir corriendo como las locas a perderme en la vastedad del desierto, para no volver jamás… o al menos para desaparecer por un rato hasta que me den ganas de hacer todo lo que tengo que hacer y que por el momento no quiero. No sería muy cuerdo, lo tengo claro. Y sería bastante inmaduro también.

En todo caso, la gracia no sólo es hacer todo eso que preferiría no hacer. Sino que hacerlo con la cara llena de risa, sin patear la perra y como si de verdad me gustara hacerlo. Al final pasarlo bien en la vida, no sólo se reduce a hacer lo que quiero hacer, sino más bien a que cuando me toque hacer lo que no quiero hacer, lo haga con buena disposición. Sólo cambiar la actitud con respecto a algo que me desagrada, disminuye notablemente la sensación de desagrado.

Por ejemplo, si detesto planchar camisas, tengo un problema. Pero mi problema no es ni la camisa, ni la plancha, ni siquiera mi marido, a quien le gusta usar las camisas bien planchadas. El verdadero problema es mi disposición para planchar. ¿Qué es más fácil y más efectivo para resolver el problema? ¿Despotricar contra la plancha?  ¿Alegar contra la camisa? ¿Tratar de convencer a mi marido que las camisas arrugadas “la llevan”? No a todas las anteriores. La única llave que de verdad funciona es cambiar la manera cómo yo percibo lo que me sucede. 

Ghandi lo dijo: “Cambiando yo, cambia mi mundo”. Bonita la frase y súper manoseada también. Es que no es fácil aplicarla y curiosamente, quienes más la pronuncian suelen ser los que menos la practican. No es sencillo desprogramar la forma cómo hemos aprendido a mirar el mundo. No es fácil liberarse de la tendencia de culpar al resto del mundo de nuestras desgracias. Tampoco es sano creer que los responsables de todo somos nosotros. En verdad, nadie tiene la culpa de nada. Sólo hay que aprender a mirar de nuevo y a tratar de entender las cosas de otra forma.

La realidad sólo existe en la medida y en la forma cómo es percibida. Si yo cambio mi manera de percibirla, cambiará mi realidad. El camino es largo y engañoso. Pero la promesa es vivir una vida más plena y más feliz.