miércoles, 5 de agosto de 2015

Batallas inútiles

A veces no es necesario dar la batalla. Con sólo bajar los brazos basta para que la pena se acabe, la rabia se desvanezca o para que el problema que parecía tan grande se haga insignificante. La resistencia hace que lo que nos molesta crezca y se desproporcione. La resistencia es esa parte testaruda que cada uno tiene y que se activa cuando uno se siente amenazado. Pero resulta que la mayoría de las amenazas no son reales, son simplemente interpretaciones subjetivas de situaciones o hechos que nos toca vivir.  Eckhart Tolle, dice en varios de sus libros que “todo aquello contra lo cual luchamos se fortalece y aquello contra lo cual nos resistimos, persiste”. William Ospina lo explicó magistralmente en este brevísimo cuento:
“-Te devoraré- dijo la pantera.
-Peor para ti- dijo la espada.”

Hace mucho tiempo, yo tenía una amiga quien me dijo una vez: “yo siempre ando con la escopeta cargada… es la única forma que te respeten”. En su momento y en mi ignorancia y falta total de experiencia y de visión, encontré que su actitud era genial. A poco andar, caí en cuenta que ser amiga de mi amiga era agotador: peleaba con todo el mundo, era pesada, agresiva, hiriente y respondía mal. Sí, al principio parecía como si ella provocara respeto, pero en realidad lo único que infundía era miedo, pues miraba a todo el mundo como enemigo potencial y la gente –obvio- la evitaba. Dejé de ser su amiga cuando entendí que la peor enemiga de mi amiga era ella misma y que ésa era la única pelea real que ella tenía que dar.

La vida no es un campo de batalla, aunque muchas veces parezca que sí. Si entendemos nuestra existencia como un lugar de combate, inevitablemente tendemos a dividir el mundo entre buenos y malos y nuestro objetivo siempre será liquidar al enemigo: "ellos o nosotros”. Pero no olvidemos que según la ley del espejo, los enemigos que vemos afuera, son en realidad un reflejo de los enemigos que tenemos adentro.

Por eso, las verdaderas batallas son siempre íntimas y personales. Lo único que tienen que hacer los auténticos guerreros es vencerse es a sí mismos. Lo irónico es que para vencerse a uno mismo ¡no hay que dar ninguna batalla!... basta simplemente con bajar los brazos, aceptar, soltar y dejar ir. Cuando sueltas, te liberas y te das cuenta que el problema nunca existió realmente, más que en tu propio universo personal. Lo que sucede finalmente, es que si uno está en paz con uno mismo no tendrá ninguna necesidad de declararle la guerra a nadie, ni de emprender batallas que son francamente… inútiles.