lunes, 24 de agosto de 2015

Momentos insignificantes


La vida está llena de instantes pequeños, aparentemente insignificantes. Momentos  minúsculos, que pareciera que no valen nada. Son como soplos de tiempo que creemos tan intrascendentes que por lo mismo son desestimados y mirados incluso con indiferencia y desdén.    

Subir las escaleras, lavar la loza, caminar por la calle, esperar la luz verde del semáforo, pelar una manzana, abrocharse los cordones, lavarse las manos, hacer una fila, poner la mesa, subirse al ascensor, abrir la puerta de la casa… Todos ellos, entre miles de otros, son momentos a los que les damos muy poca importancia. Claro, al lado de los grandes acontecimientos de la vida, los momentos insignificantes constituyen la parte no contada de la historia y por lo mismo pareciera como que no existieran.

Error.

No sólo existen. Sino que, después de todo, no son tan insignificantes como pensamos. Porque veámoslo de este modo: en términos de cantidad, los momentos insignificantes son muchísimos más que los sucesos rimbombantes de nuestra vida, por lo tanto, acumulados en la historia particular de cada uno, lo insignificante adquiere cierta trascendencia que se puede aprender valorar sólo con la perspectiva que da el paso del tiempo.

Suele suceder, que tendemos a subestimar los momentos insignificantes… a tal punto que cuando aparecen, ponemos la vida en pausa y los usamos sólo como la sala de espera de los eventos más importantes, como si nuestra existencia sólo estuviera hecha de lo grandioso. Sin embargo, la manera cómo vivamos esos momentos insignificantes va a determinar cómo experimentamos finalmente nuestra vida. Si tales instantes los vivimos en la inconciencia, por ejemplo, negando el momento insignificante con la mala costumbre de anticiparnos a un futuro que aún no llega, la consecuencia es que nos mantendremos inconscientes la mayor parte de nuestra vida, añorando lo que está por venir y dejando de estar en el único espacio que tenemos para existir: el presente.


Y entonces, llegamos al verdadero regalo que nos ofrecen los momentos insignificantes: si éstos son correctamente apreciados se pueden convertir en un portal del porte de un coliseo para aprender a estar en el aquí y ahora. Es más, gracias a su frugalidad, simpleza y sencillez,  constituyen una oportunidad única para ejercitar nuestra capacidad de estar realmente presentes en el presente… que al final del día, es la única receta para vivir la vida a concho y para –de manera sorprendente- transformar lo insignificante… en grandioso.