lunes, 3 de agosto de 2015

Descachurearse

Luego de unos días lejos por las vacaciones de invierno, llegué feliz de vuelta a mi casa. Apenas abrí la puerta de entrada me quedé un par de segundos impregnando mis pulmones con el delicioso olor a hogar-dulce-hogar, luego eché un vistazo a mi alrededor y fue entonces cuando la genial idea se incrustó en mi mente: “mañana mismo le hago un aseo profundo y un orden radical a esta casa. Ya van a ver...”

¿Por qué las mujeres tenemos que embarcarnos en tamañas empresas? ¿No puede ser sólo un simple “aseo” o un “orden”, así a secas? ¿Por qué tenemos que adjetivar tan vehemente todo lo que hacemos? ¿Por qué lo que pudo ser una simple declaración de intenciones adquiere las dimensiones de una cruzada épica? No lo sé. El caso es que a la mañana siguiente yo figuraba enfundada en la ropa más roñosa que tengo y daba inicio a lo que durante los próximos tres días se convertiría en mi obsesión: limpiar, ordenar y –como se dice en buen chileno- descachurear.

Con la limpieza y el orden no había mayor drama. Pero lo que sí se convirtió en una pesadilla de proporciones, fue el desgarrador proceso de descachureamiento. Pocas cosas hay tan traumáticas como el deshacerse de algo que alguna vez formó parte de nuestra vida. Aunque esté arrumbado en la bodega, o empolvado al fondo del closet, o uno no lo haya usado en los últimos 10 años. Por alguna misteriosa razón cuando llega la hora de desprenderse de lo que ya no sirve o no se usa emerge una curiosa resistencia que, créanme, no es fácil de superar.

Entonces, en medio del caos que se convirtió mi casa una vez que hube desocupado todos los closets, estantes, cajones y bodegas; cuando ya mis hijos se habían deleitado abriendo y vaciando cuanta caja “llena de sorpresas” encontraban; cuando todo, ab-so-lu-ta-men-te-to-do, estuvo fuera de lugar, yo me senté en una esquina… y me puse a llorar. 

No sabía por dónde empezar y admití que necesitaba ayuda. Me senté frente al computador y luego de un rato buceando en Internet descubrí que en la lista de los Best Sellers del “New York Times”, estaba el libro “La magia transformadora de ordenar: el arte japonés de eliminar el desorden y organizar”, de Marie Kondo.

El libro es entretenido y explica la energía que hay detrás de esta necesidad de acumular cosas y de por qué cuesta tanto desprenderse de lo que ya no nos presta ninguna utilidad. Pero hay una frase que se me grabó a fuego y que sugiere que al momento de descachurearnos, “más que enfocarnos en lo que vamos a descartar, debemos poner énfasis en lo que queremos guardar”. Hacer foco en lo que se queda, no en lo que se va. Es la misma lógica de ver el vaso medio lleno en vez de verlo medio vacío. Un simple concepto que cambia radicalmente la perspectiva y que permite no sólo descachurear la casa… sino la vida entera.