martes, 15 de septiembre de 2015

Agradecida


“¿Dónde estamos, Max?”, le preguntó un poco desorientada mi hija de entonces dos años y medio a su hermano tres años mayor mientras, recién llegados a Antofagasta, salíamos del aeropuerto Cerro Moreno en la van que nos llevaría a nuestro nuevo hogar . Sin despegar la nariz de la ventana de su asiento e impresionado por el árido paisaje, mi hijo le respondió “en Arabia… creo que estamos en Arabia”.

Somos muchos los que, venidos desde distintas partes de Chile y el mundo, recordamos con lujo de detalles cómo fue el primer día que llegamos a esta ciudad en pleno Desierto de Atacama. En mi caso, fue como una cita a ciegas, que a primera vista no logró seducirme, pero que luego, al entrar en una conversación diaria, la ciudad me fue contando su historia, sus desafíos, sus sueños y me fui enamorando de esta tierra seca y dura pero con un alma noble y generosa.

Porque Antofagasta  nos ha tendido la mano a todos los que hasta acá hemos llegado y por ese sólo hecho tenemos que estarle eternamente agradecidos. Quién iba a pensar que el desierto más seco del mundo se convertiría en el vergel de muchos y que en medio de este tornasol de tonos tierra hayamos sido tantos los que hemos ido cultivando un jardín de posibilidades.

Por eso en estas horas en que pareciera que las vacas están bajando de peso, que la sensación general se presenta más sombría y que los comentarios que uno escucha redundan pesimismo y miedo, creo que es bueno acordarse de todo lo que esta tierra nos ha dado, porque aunque nadie sabe bien qué nos espera más adelante, tiendo a creer que es más sano valorar lo que uno ha recibido que fantasear sobre posibles descalabros que pudieran suceder en un futuro que aún no llega.


El bálsamo del agradecimiento reconforta el espíritu, permite volver a conectarse con la abundancia que hay en cada corazón y te faculta para volver a ver lo que el pesimismo hace olvidar. Al igual que lavarse los dientes en la mañana y después de cada comida, el agradecimiento remueve ese sarro negativo con que a veces se tiñe el alma y que si no se saca, tiende a pegarse y ponerse duro formando una capa que después no te deja ver el sol. Está claro que el agradecimiento no va a cambiar el errático comportamiento de los mercados internacionales, ni va a disminuir una crisis que poco a poco se va mostrando más y más intensa, pero sí va a ayudar a equilibrar la mirada individual. Y, al final del día, es la mirada individual la que hace que todo se vea diferente.