domingo, 6 de septiembre de 2015

Sábanas


La casa de mis tíos abuelos estaba esplendorosamente cuidada. Yo no solía visitarlos mucho, pero cuando lo hacía, me llamaba mucho la atención que siempre todo estaba en orden, reluciente, perfecto. Con sólo entrar al living te invadía una sensación de inmaculada paz. Una serena energía fluía entre los muebles y los objetos allí dispuestos y el solemne e incansable tic-tac del elegante reloj de sobremesa Hermle, sólo acentuaba esa atmósfera de esmero y  pulcritud.

Para una impresionable niña como yo, todo me parecía hermoso: los adornos de porcelana, los ceniceros de cristal, los jarrones chinos, la reluciente colección de cucharitas del mundo, el espejo biselado de la entrada y los turbulentos cuadros de Renán Álvarez, un misterioso pariente depresivo y bohemio, al que nunca conocí, pero que era un maestro pintando al óleo inquietas olas babosas de espuma y denigrantes barcos a la deriva.

Sin embargo, había algo que no encajaba en esta cuidada escenografía. No entendía por qué, en esta casa donde todo se exhibía con tanta dignidad y boato, los sillones siempre estaban resguardados por sábanas de trevira. Si nos invitaban a tomar el té, los sillones estaban cubiertos; si se organizaba un almuerzo familiar, los sillones seguían tapados; si realizábamos alguna visita de cortesía, ahí seguían las sábanas de trevira, escondiéndolo todo.

“¿Por qué los tíos siempre tienen los sillones tapados con sábanas?”, le pregunté ya exasperada un día a mi mamá. “Los tíos son muy cuidadosos y el tapiz de los sillones es realmente majestuoso, muy fino y muy caro y lo cubren para que no se estropee”, me explicó didácticamente mi madre. La respuesta tenía cierta lógica, pero no aplacó mi curiosidad: “¿Tú crees que algún día van a sacarles las sábanas?” dije. “Ya llegará el día en que la ocasión lo amerite”, sentenció mi mamá.
Y el día llegó. Se casaba la hija menor de mis tíos abuelos y la recepción sería en su casa. Por fin, después de tantos años, los misteriosos sillones tendrían la oportunidad de exhibir todo su esplendor. Cuando finalmente ingresamos al living, yo no podía dar crédito a lo que mis ojos veían: ¡las odiosas sábanas de trevira seguían allí!, albas, impolutas, inamovibles e incólumes como egoístas y celosas carceleras.

Después de mucho tiempo, cuando mis tíos murieron, sus hijos decidieron vender la casa y encontraron los mentados sillones carcomidos por las termitas e infestados de polillas. No les quedó más que botarlos a la basura. Cuando me enteré del triste destino de los muebles, me dio pena… por mis tíos, por mí y por todos los que nunca pudieron deleitarse con la belleza de esos sillones. Y pensé que a veces nos pasamos la vida entera tapando con sábanas lo que deberíamos gozar hoy, engañándonos con la falsa promesa de que algún lejano día, “cuando la ocasión lo amerite”, podremos, finalmente, disfrutar de la vida y ser felices.