domingo, 18 de octubre de 2015

Juan Pluscuamperfecto

Conozco un tipo, simpático, buenmozo, canchero, inteligente y sabelotodo. Su nombre es Juan. Juan Pluscuamperfecto, para ser más exacta. No soy dada a dar nombres de particulares en esta columna, pero esta vez me tomo esa libertad, porque tengo la sensación de que muchos de ustedes conocen también a este caballero, por lo tanto, no tendría sentido guardarse la identidad del referido. Además a él le encanta figurar.

Bueno, me acordé de Juanito (así le decimos los más cercanos) porque, bruta yo, esta semana me he equivocado tanto, he cometido tantos disparates, hecho tantas torpezas y dicho tantas sandeces, que si Juanito hubiese andado rondando por aquí cerca y hubiese sido testigo de la cantidad de desatinos que me he mandado en sólo siete días, me estaría apuntando con el dedo haciéndome sentir miserable y poca cosa, argumentando con su labia habitual e inconfundible que “¡¡cómo es posible que una mujer hecha y derecha, adulta, educada, medianamente inteligente, madre, esposa, profesional y relativamente digna en su andar y vestir, haya errado tanto en tan poco tiempo!!”

Es que Juanito es así, sincero a más no poder y le fascina hacer notar y resaltar los pecadillos de los demás. Él lo hace con cariño, eso sí, y con autoridad moral, claro, porque que yo sepa él nunca… pero ¡nunca! se ha equivocado.  “Mmmm… ¿Será tan así?” La interjección y la pregunta emergen en mi cerebro como un rayo de cordura mientras agazapada en una esquina, con ojos de compota y cara de ratón asustado, masco el polvo de mis faltas.

Y desarrollo la idea: “claro… yo no soy Juan Pluscuamperfecto, así es que no tengo que sentirme tan mal por haber errado. Soy sólo una simple alma en viaje que a veces le achunta y otras veces se equivoca y suena como guatapique estrellado en el suelo. Si yo le contara  a Juan Pluscuamperfecto la cantidad de veces que no he dado el ancho, quizá él dejaría de ser mi amigo. Pero entonces, un segundo rayo de cordura me ilumina el cráneo… “Si Juanito me quitara su amistad sólo por el hecho de que no soy Pluscuamperfecta como él… entonces, no sería  un verdadero amigo”.


Y en vez de polvo me quedo masticando esta última conjetura y pienso en que todos –menos Juan, obviamente- nos equivocamos. Unos más, otros menos. Pero a todos alguna vez “nos patina la Catalina”, como decía el papá de una amiga. Pero luego volvemos a centrarnos y nos damos cuenta del patinazo y terminamos por agradecerlo, porque si no fuera por el porrazo la lección no habría sido internalizada con tanto provecho. Les juro que después de esta semana soy mucho mejor persona que hace siete días atrás. Es que los errores sólo nos hacen mejores. Qué pena que Juan Pluscuamperfecto no se pueda equivocar.