lunes, 16 de noviembre de 2015

Reencuentros

Es poco habitual encontrarse en medios de prensa con noticias que reconforten el corazón. Pero cuando leí que los ex Prisioneros Jorge González y Miguel Tapia se habían reencontrado luego de más de 10 años de estar distanciados, experimenté una curiosa sensación de alegría. Y hablo de curiosa porque nunca he sido una especial seguidora de la música de Los Prisioneros, ni de los periplos vitales de quienes alguna vez conformaron la popular banda.

Debe ser porque por estos días ando más sensible al tema y uno en la vida sintoniza externamente con aquellas emociones que van predominando en nuestro interior. El caso es que me dio gusto  saber del reencuentro entre estos talentosos músicos y enterarme también que quizá volverían a compartir un escenario.

Es que hace pocos días yo tuve también mi propio reencuentro. Me volví a ver, después de muchos años –muchos más de los que estuvieron distanciados Jorge y Miguel- con mis ex compañeros de colegio. Fue una reunión bonita y emotiva donde experimenté sentimientos de nostalgia y alegría, pero al mismo tiempo recordé muchas sensaciones de miedo e inseguridad. Es cierto que cada uno archiva de manera diferente las experiencias vividas tanto en el colegio, como en general en la vida, pero inevitablemente el paso del tiempo abre una puerta para que esas experiencias las puedas mirar desde otra perspectiva. Una perspectiva que permite que te liberes de los errores y dolores del pasado y de alguna forma te faculta para volver a escribir tu historia de una forma más liviana, constructiva y esperanzadora.

Me ha sucedido a mí y es quizá lo que también le ha sucedido a Jorge y Miguel. La oscuridad de las emociones negativas estancadas no permite ver la salida hacia la liberación. Y uno muchas veces, por diversos motivos, se acostumbra a tener esos bultos lúgubres y obesos arrumbados en algún rincón de la memoria y sigue con su vida simulando como si no existieran. Pero ahí están, ocupando espacio y haciendo que sintamos como que nos pesa el alma.

Puedo recordar cómo, siendo más joven, imaginaba que sería yo a la edad que tengo hoy. Más allá de que en estos momentos yo calce o no con la expectativa que alguna vez proyecté, lo que puedo decir es que nunca, jamás, intuí que había un ingrediente que lo cambia todo: la experiencia. La vida no pasa en vano y haber vivido lo que he vivido no sólo me cambia a mí, sino que también me da la posibilidad de cambiar la forma cómo miro el pasado. Y, sinceramente, ése cambio de mirada es lo único que  se necesita para cambiarlo todo.


Y sólo entonces se descorren los velos, se derrumban las murallas, se deshacen los errores, se olvidan los dolores y todo vuelve a ser como siempre debió haber sido.