lunes, 20 de abril de 2015

La mosca porfiada

A propósito de la plaga de moscas que ha invadido despiadadamente Antofagasta y varias otras ciudades del norte del país, me acordé de un breve cuento que escuché alguna vez y que se refiere a una situación que todos hemos presenciado. El cuento podríamos bautizarlo como “La mosca porfiada” y relata la triste historia de una mosca que, desesperada por salir al aire libre, choca una y otra vez contra el cristal de la ventana cerrada. Hasta que al final, de tanto darse cabezazos contra el vidrio, la pobre se muere, agotada y aturdida.

Sí, es un cuento corto, pero su análisis da para mucho.

Debe ser por eso que siempre me han dado un poco de pena todas esas moscas que yacen patitiesas al lado de alguna ventana. Porque sin duda todas ellas fueron moscas que se murieron frustradas, sin cumplir con, quizá, el único sueño que tenían: salir a la intemperie y surcar el cielo para volar libremente con el viento. 

Pienso que debe ser muy triste morir así, quedándose con todas las ganas, a pesar de sentir que la pelea se libró hasta el final. La motivación de la mosca era correcta, pero lamentablemente ella aplicó el plan equivocado. Y lo que es peor, y que terminó por sepultarla, no supo flexibilizar su postura para buscar otra estrategia que le ayudara a lograr su meta. A la mosca le faltó elongación para explorar otras alternativas de solución a su problema. Pero bueno, con el cerebro de mosca que tenía, no se le podía pedir más. Para ella, la única salida viable eran los cabezazos en el cristal.

En mi caso, y en el de todos los humanos, nuestro cerebro es bastante más voluminoso que el de estos insectos pertenecientes a la familia de los dípteros, y pesar de eso, esta pequeña fábula nos cae de perilla. Porque yo misma me he sentido como una de esas moscas, a veces. Porfiada. Obcecada. Enceguecida por mi propia intransigencia. Incapaz de flexibilizar mi postura y mi perspectiva para encontrar una salida al agobio de turno. Y se pierde tiempo y energía y en ocasiones uno pierde un millón de otras cosas. Cosas que duelen, que cuestan y que a veces, como la vida, no se recuperan más. Por eso, la lección de la mosca porfiada es valiosa… porque refleja esa testarudez que nos hace creer que los desafíos de la vida sólo se resuelven “de la forma como nosotros pensamos que se resuelven”, y aunque no evidenciemos avances hacia el desenlace del conflicto, insistimos con la torpeza y tozudez de la mosca porfiada.

El llamado es pasar al siguiente nivel, transición que se logra sólo admitiendo que el Plan A no fue efectivo y que mi limitada perspectiva de las cosas sólo me sirvió para generar la estrategia inadecuada. Al admitir el error pareciera que me debilito, pero en realidad me estoy haciendo más fuerte y más sabia. Si tan sólo la mosca hubiera dejado de darse cabezazos inútiles y hubiese modificado el punto de vista con que miraba el problema… quizá su sueño se habría convertido en realidad. Una reflexión que conviene tener presente. Por si  las moscas, digo yo.