(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 7 de diciembre de 2013).

Pero la vida está llena de pruebas. Y todas ella son un poco
como la PSU. Quizá no sean tan rimbombantes, ni merezcan titulares en los
medios de prensa, ni requieran el uso de lápiz grafito N°2. Pero sí todas las
pruebas –grandes y pequeñas- representan un antes y un después, un umbral que luego de cruzarlo, nos transforma. Nunca volvemos
a ser los mismos que fuimos antes de pasar por él. Algo en nosotros muere. Algo
en nosotros nace. Algo en nosotros cambia.
Las pruebas, y sobre todo las pruebas más duras y difíciles
que nos pone la vida, nos van moldeando y nos templan el carácter. Algunas nos
llenan de canas y otras nos hacen salir patas de gallo. Pero todas las pruebas
nos hacen más fuertes, más sabios, más experimentados. Aunque a veces parezca
que no. Aunque a veces dé la impresión que nos debilitan. Porque independientemente
del resultado y de si nuestra evaluación posterior es positiva o negativa,
todas las pruebas nos hacen crecer.
En la vida las pruebas nunca se definen por si quienes las
rindieron fueron aprobados o reprobados. Sólo hay que rendirlas, pasar por
ellas. Eso basta. No hay puntajes nacionales, no hay ponderaciones de notas.
Son, simplemente, la oportunidad que hay para replantearse muchas cosas, quizá para
volver a empezar o para darse cuenta de lo que se pudo hacer mejor.
Sabemos que no todos los alumnos que rindieron la PSU van a
tener un buen puntaje. Algunos saltarán de
alegría, otros llorarán de pena, otros van a sentirse frustrados y estarán
también aquellos que se arrepentirán por no haberse preparado lo suficiente. A
todos esos jóvenes que en pocas semanas más sabrán los resultados, los invito a
reflexionar: el puntaje de la PSU es sólo la parte más tangible, más literal y
más concreta de la prueba. Sin embargo lo más valioso de esta experiencia radica
precisamente en lo que cada uno pueda convertir ése resultado… sea bueno, mediocre, malo o francamente
desastroso.
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