miércoles, 4 de diciembre de 2013

Los mensajes del pato yeco


Ilustración: Paulina Gaete
 
(Columna publicada en "El Mercurio de Antofagasta"el pasado sábado 30 de noviembre de 2013.)
No sólo existen las palomas mensajeras. El pato yeco también trae sus propios recados. Suena raro, pero a pesar de que estas aves de plumaje azabache y brillante están posicionadas como el enemigo público número uno de los árboles y del alumbrado público de nuestra querida Antofagasta, puedo decir –a riesgo de parecer un poco extravagante- que también nos han hecho un tremendo favor.
El simbolismo del pato yeco es potente: aves que han venido de lejos, que han encontrado aquí su hogar, que se han instalado, que han armado sus nidos, que se han reproducido. Somos varios quienes como el pato yeco hemos llegado así a Antofagasta. Quizá la mayoría de nosotros. Y los que no, seguramente tienen padres, abuelos o bisabuelos que llegaron a esta ciudad buscando una vida mejor. Y esta metáfora alude también a nuestro lado más oscuro, ése que tiene que ver con la queja excesiva y el rezongo interminable que, en sentido figurado, claro, puede a veces convertirse en una plaga destructiva que llena todo de excrementos y fecas.

Si como dije al comienzo, consideramos al pato yeco como un enemigo que ensucia con sus desechos, recordemos entonces al sabio que señaló que nuestros enemigos son nuestros mejores maestros. Entonces, no resulta  tan difícil entender que el pato yeco nos está ayudando a ser más conscientes de que debemos estar agradecidos de la ciudad que nos acoge; que a esta perla nortina hay que cuidarla porque merece lucir limpia y verse hermosa; que nuestros espacios comunes son valiosos; que todas y cada una de las áreas verdes de esta urbe son importantes porque están enclavadas en el desierto más árido del mundo… y ése sólo hecho las convierte en una epopeya.
Escuchemos al pato yeco, quien nos está susurrando al oído que, por sobre todo, Antofagasta es el hogar al que por diversas razones hemos llegado y que todos somos responsables de querer y respetar. El pato yeco nos recuerda que todos deberíamos retribuirle al lugar que habitamos, que nos da trabajo, que nos permite crecer. Pero al mismo tiempo, estas aves están también insinuando que ojalá ningún habitante de esta ciudad se transforme en un pato yeco más… que deshonra, que contamina  y que deteriora el entorno.

Las ciudades son el reflejo de quienes las habitan y en ese sentido, ojalá todos nos sintamos contentos de estar aquí y nos comprometamos a hacer de ésta la mejor ciudad de Chile y del mundo donde vivir. Parafraseando a Illapu… ¿Qué hacen aquí esos patos yeco?  Están aquí para invitarnos a abrir los ojos… y para hacer brotar el orgullo de sentirnos antofagastinos.