miércoles, 28 de enero de 2015

Senderos


 
Uno de los panoramas tradicionales durante los calurosos meses de verano de mi adolescencia era visitar el Santuario de la Naturaleza, un parque ubicado en el sector cordillerano de El Arrayán  muy cerca de Santiago. Pasábamos el día allá, llevábamos picnic y organizábamos  largas caminatas siguiendo algunos de los senderos ya existentes. Pero cada vez que emprendíamos el recorrido yo siempre me cuestionaba lo mismo: “¿Por qué teníamos que ir por el mismo sendero que otros habían hecho?” En uno de esos paseos, logré verbalizar mi inquietud y le pregunté a mi papá, que casi siempre comandaba la expedición: “¿Por qué vamos por este camino?” Mi papá me respondió con la voz agitada por el tranco firme y rítmico: “Porque este es el camino que hay, pues mijita”. Entonces, yo volví a preguntar,  “¿Pero por qué no podemos hacer nosotros otro camino diferente?”  Y mi papá volvió a contestar: “Porque este es el camino que de manera natural han ido dejado todos los caminantes que vinieron antes que nosotros y como ya es una ruta probada… qué mejor que seguirla, así nos ahorramos tiempo y energía”. Y mientras mi papá seguía avanzando muy campante, yo reflexionaba: “Mmmm, es verdad que nos ahorramos tiempo y energía, pero también nos ahorramos la emoción de escoger nuestra propia ruta”. Al fin y al cabo, pensaba yo, ¿Cómo sabía mi papá que efectivamente ése era el mejor trayecto? ¿Sólo porque otros  así lo habían establecido?  ¿Acaso quienes recorren antes un camino tienen potestad para señalarle a todos los que vienen después por dónde tienen que caminar? Finalmente, me planteaba yo, ¿Qué tenía de aventurero este paseo?... Nada. Cero.
Ahora, que hace rato se fue mi adolescencia, mi juventud y, bueno, parte de mi adultez también, y cuando justo estoy en lo que los entendidos llaman “plena crisis de la mediana edad”, me doy cuenta que así es no más la cosa. Sucede que en el camino de la vida uno recorre muchos senderos simplemente porque estaban ahí.  O porque alguien, que pasó por el lugar antes que nosotros, trazó una huella que al principio fue débil pero que poco a poco fue siendo reforzada por los que vinieron después… y finalmente se convirtió en la ruta oficial, en el camino esperado, en el sendero correcto.

No es sino hasta que uno lleva un buen rato caminado, que se da cuenta que quizá pudo haber tomado otro trayecto. ¿Pero sirve de algo lamentarse cuando lo caminado ya se caminó? Antonio Machado lo dijo y luego lo repitió Serrat: “… al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Porque como la vida es “pa´delante” y no “pa´tras”, no se puede desandar lo andado. Y si de algo vamos a arrepentirnos, que no sea de los caminos no recorridos, sino de no ser capaces de valorar hasta dónde hemos llegado gracias a los senderos por los cuales sí hemos transitado.