sábado, 2 de julio de 2016

La Niñita del Sombrero Mexicano

Freeimages.com/Lorenzo S.
A propósito del Día del Padre, que se celebra mañana, me acordé de la Niñita del Sombrero Mexicano, personaje –sin nombre propio- protagonista de los cuentos que cuando chica me contaba mi papá justo antes de ir a dormir. Sólo cuando fui más grande supe que, tanto los relatos, como la pequeña protagonista de ellos, eran producto de la fértil imaginación de mi progenitor, que improvisaba historias mientras con mis hermanos escuchábamos atentos y curiosos las venturas y desventuras de esta pequeña, a quien las grandes alas del folklórico sombrero le permitían volar.

Para mí, la Niñita del Sombrero Mexicano, tenía el mismo estatus que la Caperucita Roja o Ricitos de Oro y en mi lógica infantil no entendía por qué no existían libros con sus historias. Para contentarme, mi padre, que además es un talentoso de los trazos y dibujos,  tomaba el lápiz y boceteaba de forma magistral en un papel cualquiera a la mentada niñita y su enorme gorro de charro.  Yo después coloreaba esos dibujos y mientras lo hacía encontraba que sospechosamente la niñita se parecía a mí. Quizá cuántas veces se repitió la misma escena durante mi infancia: nosotros en pijama, y mi padre sentado al borde de la cama inventando y dibujando las increíbles historias de la Niñita del Sombrero Mexicano que podía volar.

De una u otra forma, al compartir lo que tienen adentro  (a través de historias, de cuentos, de dibujos, de experiencias, de cariños, de ejemplos, de palabras, de paseos), los padres nos van mostrando cómo ellos entienden el mundo y -sin quizá ser muy conscientes- nos van enseñando también cómo tenemos que entenderlo nosotros.  Y por un largo rato en la vida, la verdad de los padres es siempre la verdad de los hijos.

Más tarde y con el paso de los años, llegan momentos en que esa verdad se cuestiona, se discute, e incluso se niega. Pero querámoslo o no…  la verdad de nuestros padres es siempre nuestra primera verdad. Y por ese sólo hecho, esa verdad primigenia tiene un poder que ninguna verdad sucesiva puede tener, porque es siempre a partir de la primera piedra que uno construye lo que sea que quiera construir. Y aunque no se vea y no se note, es esa primera piedra la que está siempre sosteniéndolo todo.

En mi caso, la Niñita del Sombrero Mexicano es parte de esa piedra fundamental. Y recién ahora a la vuelta del tiempo puedo entender la profunda verdad que, a través de esa pequeña que podía volar, mi papá nos transmitió a mí y a mis hermanos. Hay papás que abrazan, hay papás que conversan, hay papás que son divertidos, hay papás que son serios, hay papás que juegan, hay papás que compran regalos, hay papás que nunca tienen un peso, hay papás que trabajan todo el santo día, hay papás que dibujan, hay papás que inventan historias. Los papás casi siempre hablan en clave y cuando uno logra entender esa clave, como que toda la vida encaja… y entonces, uno agradece al cielo que le haya tocado ese papá.