miércoles, 5 de octubre de 2016

Eufemismos

Pixabay/Alexas_fotos
Hace unos días, camino al aeropuerto, pasé frente a una automotora y me llamó la atención un letrero que decía “Seminuevos”. Como soy bien alentada, entendí claramente que el antojadizo concepto hacía referencia a aquellos vehículos con poco uso que no podían ser ofertados derechamente como nuevos…  pero casi-casi.

“Los grandes estrategas del marketing son bien ocurrentes”, pensé, “con qué habilidad pueden transformar una característica común y silvestre en un pomposo atributo lleno de estilo y charme”. Porque estamos claros que es bien distinto comprarse un auto usado que un auto “seminuevo”. Y me acordé de otros términos que ayudan a enchular ideas y cosas, como por ejemplo, las almohadas con “memoria”. Que yo sepa, las almohadas no cuentan con cerebro y mucho menos con neuronas (en el mejor de los casos tienen sólo plumas) por lo que es bien difícil que posean algún tipo de capacidad de recordación. Sin embargo, decir que una almohada tiene memoria porque después de aplastarla recupera su esponjosidad inicial, no sólo suena mucho más glamoroso sino que además le brinda al producto un seductor matiz tecnológico. Y, efectivamente, dan ganas de comprar la bendita almohada.

Aunque está claro que los creativos de la publicidad utilizan los eufemismos para vender un producto, me pareció interesante hacer el ejercicio de extrapolar a otros ámbitos de la vida esta manera tan ventajosa y halagüeña de presentar los bienes y las ideas. No siempre todo tiene que ser tan literal y, de alguna forma, animarse a pensar y hablar en términos más emperifollados puede ser el punto de partida para acostumbrarse a ver el lado más amable de las cosas. En general, estamos tan negativizados que promover el positivismo fijándonos en cómo decimos lo que decimos, puede ser una buena idea.  

Por ejemplo, resulta mucho más estimulante mirarse al espejo y, en vez de acotar que uno está un poco más gorda, animarse a decir que uno está “semiflaca”. Suena chistoso, no lo niego, pero creo que de verdad sirve permutar los términos pues eso hace que cambie absolutamente la carga energética del comentario. Así, dejamos de usar un adjetivo (gorda) que tiene una evidente connotación perniciosa para reemplazarlo por otro concepto que hace énfasis en lo positivo. Lo mismo pasa, por ejemplo, con el término “país subdesarrollado” v/s “país en vías de desarrollo”. Estamos hablando de lo mismo, pero la energía detrás de cada concepto es diametralmente opuesta y ahí está lo notable.


Cuidar la retórica del día a día debería ser un hábito tan internalizado como lavarse los dientes. Lo he dicho otras veces en esta misma columna, las palabras no son sólo palabras. Don Miguel Ruiz en “Los Cuatro Acuerdos” señala: “sé impecable con tus palabras, pues las palabras son el poder que tienes para crear”, y si es así, utilicémoslas para crear realidades que nos estimulen, nos potencien y nos hagan sentir un poco mejor… no al revés.