domingo, 21 de diciembre de 2014

El aromo de Navidad


 
Recuerdo que cuando era chica pasamos muchas navidades sin el clásico árbol de Navidad. Y, sorprendentemente para mí, mis padres no tenían ninguna urgencia  por adquirir uno. A pesar de la presión que ejercíamos sobre mi mamá para que cediera, ella respondía invariablemente y sin que se le moviera una sola pestaña: “tenemos otras prioridades, niños”. Yo me golpeaba la cabeza contra la pared y con la lógica y la sintaxis propia de una pequeña de sólo un dígito de edad, me preguntaba: “¿Qué otra prioridad puede ser más prioritaria que comprar un árbol de Navidad en Navidad?”… Y luego me quedaba pensando y medio confundida me volvía a preguntar, “¿Qué significa prioridad?”
Todos mis amigos y vecinos tenían arbolito, sin embargo en nuestra familia el dinero no sobraba y como suele suceder en estos casos, la permanente práctica de la austeridad había convertido a mi mamá en una experta en sucedáneos, por lo tanto ella juraba que la estaba haciendo de oro al disfrazar de pino navideño -con luces, bolas y guirnaldas- a unas ramas recién cortadas del aromo del jardín. Durante las primeras horas, el sui generis arbolito tenía cierta dignidad y era más o menos aceptable. Pero con el paso de los días, las ramas del aromo comenzaban  a languidecer para luego entrar en una irreversible etapa de desecamiento, similar a la que deben experimentar las momias en el desierto. Como era nuestra única opción, a mí y a mis hermanos no nos quedaba otra que seguirle el juego a nuestra progenitora y “hacer como si” estuviéramos decorando el árbol del Rockefeller Center de Nueva York.

Pasaron siete, ocho, nueve… diez navidades y las ramas del aromo se fueron consolidando como el árbol navideño oficial de nuestra casa. Ya para la Navidad número 11, tener o no tener un pino de Navidad no era tema. Cuando por fin en la Navidad número 12 mi papá destinó parte de su ajustado presupuesto para comprar un hermoso pinito de plástico, con mis hermanos nos pusimos contentos, pero el hecho tampoco fue motivo de una algarabía extrema, como quizá años antes yo hubiese pensado que sería. Es verdad, ya estábamos más grandes, pero de una u otra forma habíamos comprendido  la parábola: la Navidad no era ni más ni menos navideña porque no teníamos un arbolito tradicional… la verdadera Navidad se lleva en el corazón.
Sé que suena cursi, pero no me importa porque así fue no más. Las ramas de aromo me acompañaron en las navidades más emblemáticas de mi vida. En ellas no había ni menos magia, ni menos alegría, ni menos amor porque nuestro arbolito era un poco diferente al que tenía el resto de la humanidad. Quizá mis papás nunca lo racionalizaron así, pero el hecho de no ir más allá de sus posibilidades para darnos todo lo que pedíamos, fue el mejor regalo de Navidad que nos pudieron hacer a lo largo de los años, porque nos enseñó a dejar de añorar lo que nos faltaba… para empezar a aprovechar todo lo que sí teníamos.