martes, 5 de enero de 2016

Un cuento de Navidad

Era un día cualquiera, antes de Navidad. El termómetro batía todos los records de calor de esta época del año. Sentada en su auto, atrapada en un taco infernal, la mujer de las mejillas rosadas tocaba y tocaba la bocina tratando de disminuir su ansiedad. Como ésta no mermaba, subió el volumen de la música “...all I want for Christmas is you…” Tratando de distraerse, empezó a cantar junto a Mariah Carey, pero cuando captó que el conductor del lado la miraba burlón, dejó de hacerlo. Tomó un sorbo de agua de la botella que siempre lleva en el auto y de reojo miró los  mensajes que tenía en el celular. Se revisó las uñas y las puntas partidas de su larga cabellera rubia que tanto tiempo y dinero le costaba mantener y luego comenzó a tamborilear los dedos sobre el manubrio. “Esta cosa no avanza”, musitó agobiada, mientras sentía que por la espalda le caía una gota de sudor.

A la mujer de las mejillas rosadas no le gustaba transpirar. Lo encontraba poco elegante. Tampoco le gustaba detenerse, por eso este maldito taco era lo peor que podía pasarle. Pero un pato yeco que casualmente pasaba por el lugar y que dejó caer su abundante excremento sobre el inmaculado parabrisas del auto, le aclaró que era más bien “eso” lo peor que podía sucederle. Genial. Ahora no sólo estaba atrapada en un taco, sino que además, su visibilidad era nula. Furiosa, giró la palanca del lavaparabrisas sólo para descubrir que no salía líquido. Pero como el comando ya estaba accionado, las obedientes plumillas se encargaron de esparcir prolijamente el blancuzco desecho fecal por todo el vidrio delantero.

Al borde del delirio, a la mujer de las mejillas rosadas no le quedó más que tomar la botella de agua, bajarse del auto, aguantarse las náuseas y lavar el parabrisas con lo que le quedaba de agua. Justo en ese instante la fila comenzó a avanzar y el conductor del camión ubicado detrás de su auto, le tocó despiadadamente la bocina reventándole los tímpanos. La mujer de las mejillas rosadas lo miró con odio y se subió de vuelta al auto con la exasperante calma de una dama furiosa que quiere sacarle pica al conductor de atrás. Cuando ya estuvo lista para avanzar con su auto, no pudo hacerlo porque los vehículos de la otra fila se habían cambiado de pista por delante de ella usando todo el espacio disponible. Como era de esperar, el conductor de la retaguardia no escatimó saludos para toda la parentela de la mujer, que a estas alturas tenía las mejillas derechamente coloradas.


La pobre estaba exhausta. Y mientras trataba de mantener la compostura y no estallar como una loca desquiciada, se dio cuenta que ya no estaba apurada… que de pronto, la urgencia por hacer todo lo que tenía que hacer se había desvanecido y que en ese momento nada era más importante que sus incontenibles ganas de llorar. Dejó entonces que las lágrimas fluyeran y curiosamente, con ellas empezó a fluir también una agradable sensación de libertad. El taco dejó de parecer una tortura, el parabrisas pareció tan prístino como un cristal, e incluso, desde el fondo de su corazón deseó genuinamente que el conductor del camión de atrás tuviera una muy Feliz Navidad.