martes, 15 de marzo de 2016

Responsabilidad

Hay una verdad que duele y molesta más que todas las otras verdades. Y esa verdad es esta: yo soy el responsable final de casi todo lo que me sucede en esta vida. Entonces, como a veces aceptar esta verdad se vuelve intolerable, porque implica que tenemos que hacernos cargo de lo bueno y lo no tan bueno que experimentamos, tendemos a desarrollar las más intrincadas excusas y emprender  los viajes más artificiosos en busca de explicaciones, justificaciones, paliativos, coartadas, evasivas y pretextos para  finalmente -y de alguna retorcida forma- lograr liberarnos de nuestra responsabilidad y evitar hacer lo que tenemos que hacer.

Y nos encontramos con frases tan cotidianas como “llegué tarde porque había taco” (responsable: todos los otros automovilistas que decidieron salir a la misma hora que yo), “lo pasé mal en la fiesta porque todos son aburridos” (responsable: los demás invitados), “estoy sola porque nadie me entiende” (responsable: todo el resto de la humanidad), “estudié ingeniería y no música porque mis padres me obligaron” (responsable: mis progenitores), “me olvidé porque no me lo recordaste” (responsable: cualquiera menos yo), “me tocó un marido muy celoso” (responsable: el destino. Como si el conyuge a una le cayera del cielo o fuera resultado de algún juego de azar, cuando en verdad, es una la que lo elige). En fin, ejemplos hay miles, pero creo que con estos pocos, puedo graficar lo que quiero decir: somos olímpicos para desligarnos de nuestra responsabilidad.

Y eso respecto a hechos ya acaecidos. Porque hay otra serie de evasivas que utilizamos para hacerle el quite a los desafíos que tenemos por delante. El notable y recientemente fallecido escritor Wayne Dyer, hizo una lista de las excusas más comunes. Escuchen bien: “Es muy difícil”, “es muy arriesgado”; “se va a demorar mucho”; “implicará drama familiar”; “no es mi manera de ser”, “no me lo puedo permitir”,  “nadie me va a ayudar”, “soy demasiado viejo”… y la mejor de todas: “no me lo merezco”. Puros subterfugios no más para desligarnos de nuestra responsabilidad de hacer lo que tenemos que hacer.

Evadir la responsabilidad es una destreza tan generalizada y la tenemos tan internalizada que ya ni cuenta nos damos que la usamos. De alguna forma, estamos condicionados y actuamos en automático. Como si esa fuera la reacción más natural del mundo… y la más correcta. Y en verdad, es una pena, porque esta es una práctica que no sólo trae mucho sufrimiento, sino que además implica un enorme desgaste de energía. Piensen ustedes: si toda la energía que utilizamos en buscar excusas y en construir toda clase de andamios y anclajes para sostener consistentemente dichas excusas,  la orientáramos  simplemente a reconocer y asumir nuestra responsabilidad, no sólo tendríamos una vida más auténtica y honesta, sino que nos sentiríamos más livianos, seríamos mucho más simpáticos, obtendríamos bastantes más logros y de paso, le daríamos un excelente ejemplo a nuestros hijos.