jueves, 12 de mayo de 2016

66 días


FreeImages.com/Pawel Kryj.
A veces ocurre que durante mucho rato todo sigue igual. La misma rutina, las mismas obligaciones, el mismo café cortado en la mañana, el mismo noticiero, la misma ruta para llegar al trabajo y… los mismos pensamientos. A pesar de que no nos damos cuenta, resulta sorprendente enterarse de que aproximadamente el 95% de los pensamientos que tenemos en un día son iguales a los pensamientos que tuvimos el día anterior. Como que estamos habituados a pensar lo que pensamos… y lo repetimos automáticamente, sin percatarnos, quizá desde cuándo. Porque si hoy pensamos lo mismo que ayer y ayer lo mismo que antes de ayer, y así sucesivamente hacia atrás, pareciera que queda bien poco espacio para innovar, para cambiar de opinión y para evolucionar.

Y el color de hormiga se intensifica cuando, además de todo lo anterior, nos damos cuenta que la mayoría de esos pensamientos ni siquiera son de nuestra autoría, ya que un gran número de ellos se originó hace muchos años cuando uno era altamente influenciable por adultos como los padres, profesores, abuelos, etc. De algún modo, hemos sido programados para pensar de la forma como pensamos y más encima nos parecemos a esos cines antiguos que daban funciones rotativas y repetían incansablemente una y otra vez la misma película.

Por una parte, resulta tentador creer que de cierta manera estamos subyugados por nuestros pensamientos. Sin embargo, tal idea se desvanece en el aire, como las semillas voladoras de un diente de león, al entender  que si somos capaces de racionalizar todo lo anterior, ya no podemos eludir nuestra responsabilidad y la única opción que nos queda es hacernos cargo de nuestros hábitos de pensamiento.

Pues bien, un estudio de la University College de Londres, señala que se necesitan en promedio 66 días para crear un hábito y para que éste pueda mantenerse en el tiempo. Jane Wardle, coautora del estudio que además se publicó en la revista European Journal of Social Psychology, explica que si durante ese tiempo "repites algo cada día en la misma situación, se convierte en una reacción automática ante dicha situación”. Lo que coincide con esa frase que me gusta tanto: “la excelencia no es un acto, es un hábito”.

En el libro “El poder del hábito”, su autor, Charles Duhigg, es enfático al señalar que los hábitos no nacen, sino que se crean. Y agrega que más que eliminar un hábito, conviene mejor cambiarlo por otro hábito más fuerte. Por ejemplo, si estamos acostumbrados a comer una galleta a las 5 de la tarde, el objetivo no debe ser eliminar la galleta, sino cambiarla por una taza de té, por una fruta  o por una caminata. Buen dato si uno está pensando en cómo deshacerse de costumbres que a la larga y acumuladas en el tiempo nos perjudican.

Porque como dicen por ahí, “para tener lo que nunca has tenido, tienes que hacer lo que nunca has hecho”. Y yo le agregaría que para hacer lo que nunca has hecho, tienes que pensar lo que nunca has pensado. Sesenta y seis días… mañana empiezo.