jueves, 12 de mayo de 2016

La palabrita esa

FreeImages.com/John Evans
Para qué vamos a negarlo, nuestro discurso está abarrotado de palabras y expresiones que en sí mismas no constituyen pecado, pero que al utilizarlas con insistencia y majadería enturbian el mensaje y se vuelven burdas e irritantes para quien escucha. “En el fondo”, “no es cierto”, “básicamente”, “¿me entendís?”, “¿cachai?” “¿me sigues?”. Pero hay una muletilla que se lleva el premio, que es la primus inter pares, lejos la más pronunciada y la que hoy en día ha llegado a conformar parte esencial de la estructura genética de nuestra identidad nacional. Me refiero a esa palabra que empieza con “h” y termina con “n”, que todos conocemos, que usamos a destajo y que nos ha hecho tristemente famosos incluso más allá de nuestras fronteras.

La mayoría coincidimos: la palabra es fea. Y es tan fea que ni siquiera me atrevo a escribirla acá. Muchos dirán, pero qué tanto, si ya no es como antes… ahora hasta en las teleseries  y en horario para todo espectador la usan como si nada. De acuerdo, pero una cosa es escucharla y otra escribirla. Pero bueno, lo voy a hacer. Ahí va:  Hueón…  o weón…. o huevón… como quieran, porque tampoco hay una regla clara para deletrearla, de hecho no sé si tiene 4, 5 ó 6 letras. Y ahí parece que está lo que nos seduce: esa cosa medio ambigua y medio chambona que tiene la palabrita esa, como de maestro chasquilla, que hizo la pega, pero que “guateó” con las terminaciones.

Porque efectivamente, al usarla como muletilla, la palabrita esa nos sirve para sostener  nuestro discurso, pero como en vez de afirmarlo en una estructura consistente seria y formal, lo hacemos sobre un andamiaje que no es más que un mero garabateo, nuestro mensaje, al menos en su forma, se debilita, parece carecer de solidez y se asemeja más a una construcción hechiza, medio enclenque, tránsfuga y pacotillera. Y el tema no es menor, pues si consideramos que el “hueón” (expresado como sustantivo, adverbio, pronombre, adjetivo o en cualquiera de sus tiempos verbales) va incluido por defecto en muchas de las frases que pronunciamos en el día, déjenme decirles que creo que el panorama se vuelve bien sombrío.  

Lo he expuesto aquí otras veces, las palabras crean realidades. Lo que decimos es importante. Pero cómo lo decimos es incluso más importante. Miguel Ruiz, autor del best-seller  “Los Cuatro Acuerdos”, propone que seamos impecables con nuestras palabras, porque las palabras “no sólo son símbolos o sonidos. Son una fuerza; constituyen el poder que tienes para pensar y en consecuencia, para crear los acontecimientos de tu vida”. Al mismo tiempo, Ruiz advierte que “las palabras son como una espada de doble filo: pueden crear el sueño más bello o destruir todo lo que te rodea. Según como las utilices las palabras te liberarán o te esclavizarán aún más de lo que imaginas”. Y agrega que “toda la magia que posees se basa en tus palabras”.


Así las cosas, el “hueón” no nos hace ningún favor… y ojo que se los dice alguien que no lo usa poco. Pero entendiendo el poder que tienen las palabras en nuestra vida, ya no quiero usarlo más. Será un desafío difícil, casi peor que dejar de comer gluten o carbohidratos, pero pucha que se siente bien uno cuando el pan deja de ser la base de la dieta. Después de todo lo anterior, intuyo que la palabrita esa  más que una muletilla es un lastre… un lastre del que es mejor liberarse de una buena vez. 

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