jueves, 16 de junio de 2016

La frontera

FreeImages.com/Carlos Koblischeck
Sorprende pensar cómo los humanos pasamos tanto tiempo perdiendo el tiempo. Tanto rato haciéndole caso a la mala costumbre de creer que la vida nos sucede, que las cosas nos pasan, que la culpa siempre es de la piedra con que tropezamos  en el camino o de la mala suerte. Perdemos tanto tiempo y energía culpando al mundo y haciéndonos los desentendidos.

Porque pareciera que por defecto estamos programados para actuar de víctimas. Y es tanta la energía que desperdiciamos ejecutando ese rol, buscando justificaciones y excusas, quejándonos, lamentándonos y añorando un golpe de suerte nuestro beneficio, que no reparamos en que podríamos invertir esa misma cantidad de energía en  hacer algo para cambiar la situación que nos disgusta. El doctor y psiquiatra Scott Peck en su libro “La Nueva Psicología del Amor”, lo explica señalando que “la mayoría de las personas no comprende a cabalidad la idea de que la vida es difícil y no dejan de lamentarse, ruidosa o sutilmente de la enormidad de sus propios problemas (…) como si la vida tuviera que ser fácil”.

Scott Peck escribe más adelante que estas personas poseen la creencia de que “sus dificultades constituyen la única clase de desgracia que no debiera haberles tocado, pero que por algún motivo, ha caído especialmente sobre ellas o sobre su familia, su tribu, su clase, su nación, su raza o s especie y no sobre otros”. ¿Les suena?

A veces, pensamos que no tenemos más poder que juntar las manos y rezar al cielo para que por piedad y misericordia se nos conceda la petición de turno. Pedirle al cielo está bien, pero como dice Scott Peck, para resolver los problemas de la vida se necesita disciplina: “con un poco de disciplina podemos solucionar algunos problemas y con una total disciplina podemos resolver todos los problemas”. Así de categórico es este señor,  quien se explaya en su visión señalando que “la vida cobra su sentido precisamente en este proceso de afrontar y resolver problemas”. Sin embargo, como en general, a los humanos no nos gusta pasarlo mal, nuestra tendencia natural es a eludir los problemas, “preferimos eludirlos a vivirlos”, dice claramente Scott Peck. Pues bien, una de las triquiñuelas que usamos más frecuentemente para eludir nuestros problemas, es precisamente culpar al resto del mundo de ellos, lo que implica que en su esencia, nuestro problema nunca puede ser resuelto verdaderamente, ya que como no lo asumimos, no lo trascendemos. Y así, el mismo problema reaparece una y otra vez en nuestra vida como esas manchas porfiadas que uno cree que lavó bien, pero que cuando la prenda se seca, siguen ahí con su odiosa aureola, arruinando el vestido.

Según Scott Peck,  lo más triste es que al eludir el sufrimiento genuino de enfrentar un problema, “nos privamos también de la posibilidad evolutiva que las dificultades nos ofrecen”.  Y ahí creo que está la clave, porque mirados así, los problemas no sólo pueden considerarse como una oportunidad sino más bien como una verdadera “frontera  entre el éxito y el fracaso”.