jueves, 16 de junio de 2016

V= (C + H) x A

FreeImages.com/Asif Akbar
Me encanta cuando encuentro cosas que me sorprenden por su simpleza y profundidad y no puedo hacer más que compartirlas. Soy una fan de las conferencias TED y TEDx (www.ted.com) en las que en 20 minutos, expertos en distintos temas te cuentan una idea. Me encontré con la charla “Actitud” del coach y escritor Víctor Küppers en TEDx  Andorra la Vella, quien reduce a una ecuación sencilla de entender el impacto que tiene la actitud en todo lo que hacemos en la vida.

Señala Küppers que nuestro valor como personas (V) puede expresarse  por la suma entre nuestros Conocimientos (C) y nuestras Habilidades (H). Para todo en la vida se requieren conocimientos, es decir, hay que saber cómo hacer las cosas (desde un pollo arvejado hasta un informe contable). A eso hay que sumarle las habilidades o la experiencia que uno tenga. Combinadas, las variables de Conocimientos y Habilidades sientan las bases para tener un desempeño más o menos aceptable en lo que dura nuestra estadía en este planeta. Sin embargo, para completar esta fórmula debe añadírsele un tercer elemento, la Actitud (A). Y Küppers lo explica así: “la C suma, la H suma… pero la A multiplica”. Y agrega que muchas veces, la diferencia entre el crack y el que se queda a medio camino “no está ni en la C ni en la H, sino en la A”.

Nunca me voy a olvidar de un ex jefe que yo tuve. Era gerente general en Chile de una gigante multinacional presente en más de 120 países en el mundo y con los Headquarters  en  New York City, Estados Unidos. Todos los jefes de mi jefe eran gringos, de esos gringos imponentes, altos, rubios, impecables, tipo Clint Eastwood pero en versión corporativa. Con sólo enfrentarse a ellos y tener que saludarlos, a uno como que le tiritaba la pera y se le trapicaba el gaznate. Mi jefe no les llegaba ni a la cintura: era más bien moderado de estatura, con aspecto de latino bonachón y, escuchen bien… no hablaba ni jota de inglés.

Cuando los gringos venían a Chile, una vez al año, la oficina entera se revolucionaba. Era como si los mismísimos dioses del Olimpo bajaran a la tierra. Se cuidaba cada detalle, todo tenía que lucir perfecto y para qué les cuento cómo se acicalaba la plana gerencial, que dicho sea de paso eran todos bilingües. Y mi jefe… bueno, ahí estaba mi jefe: metro sesenta y cero inglés.


La primera vez que fui testigo de estas reuniones con los gringos, yo nerviosa, desde afuera, miraba el reloj y pensaba en el papelón que haría este pobre hombre que apenas y sabía decir “Hello”. Lo que yo todavía no había entendido era que mi jefe era un Capo, así con mayúscula. Es cierto, no hablaba el idioma de Shakespeare, pero el caballero tenía actitud. Una actitud repleta de confianza, de entusiasmo, de visión, de buenas ideas. Mi monolingüe jefe estuvo en su cargo por muchos años y siempre fue respetado y querido por sus propios bosses quienes lo destacaron y premiaron en innumerables ocasiones. En el caso de mi jefe, su conocimiento (C) en inglés no sumaba mucho… pero su actitud (A) frente a los gringos pudo suplir esa falencia y ser el verdadero motor de su éxito.  Cito a Küppers : “Nunca, nunca, nunca podremos cambiar las circunstancias… Siempre, siempre, siempre podremos elegir nuestra actitud”.