martes, 25 de marzo de 2014

El saludo


Desde tiempos inmemoriales, el saludo es una forma de darle la bienvenida al otro y, al mismo tiempo, al recibir un saludo, de sentirse bienvenido uno. Desde un apretón de manos, un beso, un “buenos días”, un “hola” o incluso un simple movimiento de cejas, todo vale para saludar a una persona. Como la misma etimología de la palabra saludo lo indica, saludar es el acto de “desearle salud a la otra persona”, lo que en una jerga más moderna sería algo así como “tirarle buena onda”. Por eso resulta tan agraviante cuando alguien nos quita el saludo, o –lo que es mucho peor- cuando uno es el que le niega el saludo a otra persona.

Lamentablemente, a todos nos ha pasado más de alguna vez, que nos quedamos con el saludo en la boca, o con la mano estirada, o con las cejas levantadas… Es una sensación bastante desagradable. Pero más que hablar de las veces cuando por diversos motivos no nos han saludado, quiero más bien reflexionar sobre todas esas otras ocasiones en las que nosotros le hemos quitado el saludo al otro. Porque –seamos sinceros- todos nos quejamos cuando no nos saludan… pero casi nunca hablamos sobre las veces que hemos evitado saludar  al otro: cuando nos hacemos los lesos, cuando esquivamos la mirada, cuando cambiamos el camino por no toparnos con el personaje que queremos soslayar.

Razones para quitar el saludo deben haber muchas. Y sin duda, algunas pueden estar muy justificadas. Pero en general, tengo la sensación de que es mejor saludar, que es mejor mirar a la cara, que es mejor sonreír, que es mejor hacerse la valiente, sacarse la vergüenza, la timidez, el resentimiento, el enojo o lo que sea que nos está impidiendo saludar, y  -como dije más arriba- “tirarle buena onda” a ese otro ser humano que lo más probable es que responda gentilmente cuando nosotros lo saludemos. Porque estoy segura que la gran mayoría de las razones por las que no saludamos al otro pueden resumirse en una sola palabra: miedo. Miedo al rechazo, miedo al qué dirán, miedo a parecer frágil, a mostrarse vulnerable  y miedo –claro está- a que no te saluden de vuelta.
Si alguien no te saluda, es problema de él o de ella. Si tú no saludas, haces que el problema sea tuyo.

No saludar es dañino para la salud. Pero no tanto para la salud del que no es saludado, sino más bien para la salud del que no saluda. Saludar es tirarle buena onda al mundo, y –como el mundo es redondo- toda esa buena onda llegará de vuelta a nosotros algún día y de alguna forma. ¡A saludar se ha dicho! Y para terminar, cuatro simples consejos para que su saludo sea altamente efectivo: Module fuerte y claro, mire a los ojos, sonría y si conoce el nombre de la otra persona dígalo con confianza, porque como señaló Dale Carnegie: “el nombre de una persona es para ella el sonido más dulce e importante que pueda escuchar”. ¡Un gran saludo para todos ustedes!