miércoles, 26 de marzo de 2014

Milagro en la caja 34


Delante mío en la fila de la caja del supermercado esperaba  su turno una joven madre con su carro abarrotado de víveres. La mujer hojeaba, aparentemente despreocupada, una revista de papel couché que había sacado mecánicamente de la góndola aledaña. Sus cuatro intensos hijos, los que calculé tendrían entre 2 y 6 años, revoloteaban  a su alrededor  y se alternaban para torturarla: “¡¿Me compras uno de estos globos!?”; “¡Mamáaaa… tengo sed!”; “¡Mamiiii porfi, porfi, porfi, cómprame un chicle!”, “¡Mamá, Pedrito me dijo estúpido!”… “¡Pero fue porque él me tiró baba en el ojo!”
Inmutable, como si escuchara llover, la madre en cuestión no levantaba la vista de su lectura. Claramente, las candentes declaraciones del Rafa Araneda constituían el remanso perfecto en esta experiencia de compra que con un cuarteto de hiperventilados sub-7 (menores de siete años) era toda una hazaña.

Mientras la luz de la caja 35 (que era la nuestra) titilaba y titilaba, esperando que la supervisora solucionara un problema con el código de un pegamento que no necesitaba clavos, el más pequeño de los niños, insistía majaderamente en el bendito globo. La joven dejó con toda calma la revista sobre el refrigerador de las bebidas, tomó al pequeño de una oreja y con la inconfundible dulzura de una madre al borde de la histeria le dijo… “Por favor, ya te dije que… ¡NOOO!”. El niño, obvio, estalló en llanto y en un segundo su cara estaba roja y bañada en mocos.  Y fue en el momento en que la madre soltaba la oreja de su retoño, que nuestras miradas se cruzaron… Instintivamente y en señal de compasión, levanté las cejas, sonreí y dije torpemente: “¡Los niños de hoy son así… paciencia no más!”  Además de los cuchillos que la joven me lanzó con la mirada, lo único que obtuve por respuesta fue un gélido “Mmmm…”
En ese momento la luz de la caja 35 dejó de titilar. Había llegado la supervisora. Los niños seguían incansables y su madre leía ahora una revista con los secretos de belleza de Princesa Letizia de España. En ese instante una voz nasal se escuchó por altoparlante: “Encargado de ferretería, dirigirse a caja Número 35… Encargado de ferretería, dirigirse a caja número 35”. Mejor me hacía el  ánimo porque esto recién comenzaba y teníamos para rato en la cola.

De pronto, me percaté que la cajera vecina, en la caja 34, me hacía señas con las manos… ¡Estaba vacía! Rauda me fui donde ella ¡Y les juro que fui tan dichosa…! Los milagros están a la orden del día. Es cosa de estar atenta, reconocerlos y de agradecerlos. En menos de tres minutos, y luego de darle una enjundiosa propina a la chica que me ayudó a embolsar mis cosas, estaba empujando mi carro camino al estacionamiento.  A lo lejos, volví a escuchar: “Encargado de ferretería, por piedad…  ¡caja 35!”… Y yo me reía sola de pura felicidad.