jueves, 20 de marzo de 2014

Excusas


Ilustración: Paulina Gaete
 
Cuando trabajaba en la tele, había un dicho que los más viejos en el negocio se encargaban de dejarte claro desde un principio: “las excusas no se televisan”, queriendo decir con esto, que sea lo que sea que salió mal, salió mal y punto. Al público –el telespectador en este caso- no le interesa  conocer la retahíla de razones, pretextos, subterfugios, justificaciones para explicar dicho fracaso o error. Y si por esas cosas de la vida, el responsable del traspié eras tú, no sacabas nada con justificar el faux pas con una ringlera de razones, porque inmediatamente te paraban en seco y con una sonrisa, te enrostraban: “¡Ah ah ah!... las excusas no se televisan, Amorosa!”.
Con la perspectiva del tiempo,  he podido entender la valiosa lección que me dejó esa vivencia que me mostró que al final del día, las excusas no sirven para nada. Cuando se apagan las cámaras y las luces… el show ya fue. Lo que salió mal, salió mal; lo que no se hizo, no se hizo no más;  lo que no se vio, no se vio.

Yo creo que al final de nuestra vida, la cosa es más o menos igual. Cuando se baje el telón ¿A quién le importarán las excusas?
Hay una dupla más letal que la célebre “Za-Sa”…  Se trata de la dupla “Es que…”, un peligroso  binomio archi-utilizado al momento de articular alguna excusa. “Es que… no tengo tiempo”; “Es que… soy muy vieja…”; “Es que… no tengo plata”; “Es que…  estoy cansada”, “Es que… me duele la cabeza”;  “Es que…   es muy difícil”; “Es que… no soy para eso”;  “Es que… no me dejan”;  “Es que… la pega”; “Es que… mi jefe”;  “Es que… el gobierno”… ¡Excusas!  Simples y llanas excusas.

Las vidas se recuerdan por lo que fueron. No por las excusas que justifican por qué no fueron lo que pudieron haber sido.