(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el Sábado 11 de octubre de 2014)

Los últimos
rayos del sol me compelen a echarle una mirada a la brújula, por si acaso, para
chequear si ando muy perdida. Con tan mala suerte que al momento de sacarla del
bolsillo, ésta se cae y se hace añicos. Excelente. La hago de oro, estropeando lo único que podía
darme una pista acerca de si voy por la senda correcta o si definitivamente estoy
haciendo el ridículo. La noche no se hace esperar, tiñendo todo con su negrura honda
y espesa. Resulta mandatorio, hacer un alto y acampar. Definitivamente estoy en
la parte oscura del camino. Nadie nunca me dijo que iba a encontrarme con estas
tinieblas, con esta falta de luz, con esta desorientación, y con todas estas
dudas martillándome la cabeza. Nunca… nadie… ni siquiera… lo mencionó.
Así, medio
aturdida, hago lo único que puedo hacer para huir de la tenebrosa oscuridad que
me rodea. Cierro los ojos y me interno en mi propia oscuridad, igual de oscura
que la de afuera, pero al menos ésta es mía. Entonces sucede lo que habitualmente
sucede cuando uno cierra los ojos: me quedo dormida. Y sueño. Sueño que tengo
un sueño. Y sueño que para cumplirlo, sólo tengo que decir tres palabras
mágicas: Confía-en-ti. Confía en ti. ¡CONFÍA EN TI! Cuando despierto, ya es de día.
Me siento renovada, re-energizada, feliz, con la certeza de tener todo lo
necesario para terminar mi aventura… y me queda claro que a veces, la clave más
importante de todo el viaje la encontramos en la parte oscura del camino.
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