martes, 12 de abril de 2016

Costos

La vida no es gratis. Y no estoy hablando de plata. Estoy hablando de que para recibir hay que dar; para dar hay que tener y para tener hay que hacer varias cosas: hay que sembrar, hay que trabajar (no exclusivamente en un sentido laboral), hay que conseguir, hay que pensar, hay que guardar. Para algunos, el proceso es evidente y automático. Otros, lo han aprendido a fuerza de machucazos. Sin embargo, existe otro pintoresco grupo, para el que la cosa se resumiría básicamente sólo en recibir y tener. Ni luces de dar, ni de sembrar, ni de trabajar. Asumen la parte bonita de la ecuación, no sus costos.

Quieren recibir alegría y andan siempre con la cara larga; quieren tener amigos y les encanta fijarse en los defectos de los demás; quieren comprarse un auto, pero les da una lata espantosa tener que levantarse en la mañana a trabajar; quieren tener hijos educados, pero no quieren hacerse cargo de educarlos; quieren lucir un jardín bonito, pero no quieren gastar agua en regarlo, quieren tener el cuerpo de Laetizia Casta, pero no son capaces de dejar de comer cupcakes; quieren tener medallas y faltan a la mitad de los entrenamientos; quieren tener empleados leales y comprometidos, pero no quieren pagarles lo que les corresponde. Hablo en tercera persona, pero esto es válido en primera y segunda persona también.

¿Resultado? La gente no tiene lo que quiere, porque no asume el costo. Cada elección que uno hace en la vida tiene un costo. De partida, al escoger un camino automáticamente aparece el costo de desechar todas las otras opciones, es lo que se llama el costo de oportunidad. Y, de ahí en adelante, todo lo que uno haga o no haga, tendrá su consecuencia. Como leí por ahí, “todos tenemos que escoger entre dos dolores, el dolor de la disciplina o el dolor del arrepentimiento”. La factura llega igual, para bien o para mal, tarde o temprano. Es la dinámica de la existencia.
Por eso sorprende que a estas alturas de la historia de la humanidad aún haya quienes no asuman sus costos, o, lo que es incluso peor, que se los endilguen a otros. Y lo que resulta igualmente asombroso es que ¡hay quienes están dispuestos a asumir costos ajenos! Pero en realidad, los costos ajenos nunca eximen totalmente al deudor original. A la larga, el universo siempre cobra por caja y sólo al titular de la cuenta. Por eso conviene entender que los costos son siempre personales e intransferibles… “el que quiere celeste, que le cueste”.  

Nada es más liberador que tener las cuentas al día y que entender que la vida es un trueque en el que yo no puedo pedir más de lo que estoy dispuesto a dar. “El dar engendra el recibir y el recibir engendra el dar”, dice Deepak Chopra. Todas las cosas que salen de uno, regresan a uno, así es que más que preocuparse por lo que uno va a recibir, tiene que preocuparse por lo que uno da. El resultado de mis acciones tiene mucho que ver con la manera cómo yo presupuesto mi vida y tiene que ver, en definitiva, con los costos que estoy dispuesto a pagar.