domingo, 27 de abril de 2014

Antofagasta, ciudad libre de quejas

(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 12 de Abril 2014)

Quejarse es una epidemia en nuestro mundo. Yo me quejo, tú te quejas, él se queja, nosotros, vosotros, ellos… ¡Todos nos quejamos! Casi siempre el depositario de la primera queja del día: el bendito despertador. Y de ahí en adelante, los remilgos y rezongos se vuelven imparables, se nos salen a borbotones, con una facilidad impresionante. Quejas grandes y quejas pequeñas. Porque, sinceramente,  nos quejamos más de lo que creemos. Tanto que la gran mayoría de las veces no nos damos cuenta y así como respiramos, nos quejamos. Lo hacemos espontáneamente sin pensar. Las quejas las tenemos en automático y muchas veces las usamos incluso cuando no tenemos tema o cuando aparecen esos silencios incómodos: “…Mmmm está pesado el sol…”; “Pucha que se demora la micro”; “En esta ciudad los cajeros automáticos nunca tienen plata”.  Las quejas son como un comodín, son lo primero que se nos viene a la mente… están ahí,  en el “top of mind”, listas para salir a la luz.

Lo peor de la queja es esa estela energética tan negativa que deja. Las quejas pasan, pero su mala onda permanece. Es que la queja nunca viene sola. Siempre la acompañan más quejas. Y son contagiosas. La primera queja es como el primer aplauso: en un auditorio siempre hay alguien que aplaude primero… y luego poco a poco empiezan a aplaudir todos los demás. Con la queja sucede lo mismo. Basta que uno se queje, para que luego lo siga el resto, en un cacareo francamente agotador y muy poco edificante.

La queja es también adictiva, porque en un principio el quejido como que descomprime, como que uno se siente mejor  al liberar su lamento. Pero a poco andar te vas dando cuenta que la queja te contamina, te envenena y te mata la capacidad de empoderarte de tu vida. A ti y a los que te rodean.
La queja es además muy miserable, porque nos hace víctimas de algo y al asumirme como víctima, me inhabilito como capitán de mi propio buque. Y le doy la responsabilidad a otro (un amigo, el marido, el Estado, la mala suerte, Dios o quién sea).  Da lo mismo contra quién nos quejemos, porque las quejas aparentemente te liberan de toda culpa y de todo pecado. La cosa es quejarse no más.

Pero yo me pregunto una cosa: ¿Y si nadie en Antofagasta se quejara?  ¿Y si además de ser conocida como “La Perla del Norte”, esta hermosa ciudad fuera famosa nacional y mundialmente como “La Ciudad sin Quejas”? ¿Por qué si Chile es un país libre de Fiebre Aftosa, Antofagasta no puede ser una ciudad  “libre de quejas”? ¿No sería bueno? Depende de cada uno de nosotros.