domingo, 27 de abril de 2014

La luna escarlata


 
(Columna publicada en El Mercurio de Antofagasta el sábado 19 de abril de 2014)
Hay cosas que suceden una vez en la vida. Hitos que marcan y que te hacen sentir privilegiado por haber sido testigo de ellos: es lo que sucedió por ejemplo con el paso del Cometa Halley, o con la primera vez que el hombre pisó la luna, o con la caída del muro de Berlín, o con el rescate de los 33 mineros, o –como sucedió esta semana recién pasada- con el eclipse de luna que se pudo apreciar durante la madrugada del pasado martes: un eclipse especial, diferente, en el que nuestro satélite natural se tiñó completamente de rojo  y se convirtió en una “luna de sangre”, como lo bautizaron algunos o en una “luna escarlata”, como prefiero llamarle yo.
Y me quedé pensando en todas esas “lunas escarlata” que he tenido a nivel más personal a lo largo de mi vida, en todos esos momentos únicos e irrepetibles, y a mi mente acudieron por ejemplo, el nacimiento de mis hijos, el día de mi matrimonio, la primera vez que me publicaron un artículo en la prensa y cuando realicé mi primer despacho en directo en televisión, entre muchos otros. Sinceramente me costó ponerle punto final a la retahíla de eventos que calificaban en la categoría  de “luna escarlata”…

Y entonces, lo pensé de nuevo y – no sin asombro- caí en cuenta que  en verdad, todos y cada uno de los momentos de la vida son finalmente como la “luna escarlata”: únicos e irrepetibles. El pecado es que se nos olvida y que no nos damos cuenta de que es así. El eclipse del pasado martes me hizo recordarlo porque me invitó a rememorar  todo lo vivido como situaciones y experiencias que nunca voy a volver a vivir. Y como que de pronto la frase “sólo se vive una vez” adquirió una dimensión considerablemente más profunda y real. Y entonces me dio un poco de pena y mucha nostalgia.
Pero después de un rato, caí en cuenta que –Dios mediante- aún me quedan unos cuantos años más en este planeta  y quizá cuántas “lunas escarlata” están aún esperando por mí. Ésas son las que en verdad ahora cuentan. Es bonito recordar las glorias pasadas y apreciarlas como únicas e irrepetibles… ¿Pero qué tal si de ahora en adelante y de una forma mucho más madura y consciente empezara a  valorar cada momento que voy viviendo como una oportunidad única y especial?  ¿No lo disfrutaría más, acaso? ¿No tendría entonces experiencias mucho más plenas? ¿No estaría mucho más presente en el presente?  

Quién hubiera dicho, todo lo que la “luna escarlata” del pasado martes me hizo reflexionar...