miércoles, 10 de agosto de 2016

Campeones


No me voy a olvidar tan fácil de la cara del Gato Silva. Ese primer plano que todo Chile vio justo antes de que pateara el penal que convirtió a la Selección Chilena de Fútbol en Bicampeón de América. Ese rostro enfocado y concentrado, nos anunció unos segundos antes de la gran hazaña que ganaríamos la Copa Centenario. Era cosa de verlo y saber que ese hombre era el hombre correcto para estar parado en ese momento, en ese lugar y con toda esa responsabilidad sobre sus hombros. Ese hombre sabía que podía.


Pero lo que más me gustó de ese instante, es que mis hijos pudieron verlo y fueron testigos de cómo se gana una final.  Vieron que se puede. Que es posible. Y ellos, a su corta edad han podido ya experimentar 2 veces lo que se siente ser campeón de verdad. En sus corazones ha quedado estampado cómo es el rostro del que sabe que va a meter el gol. Y lo que es más importante aún, ellos ya han internalizado que ese rostro es chileno.

Yo crecí en otro Chile, un Chile que a través del fútbol nos mostraba otra identidad. Era un Chile que no creía que podía ser campeón. Un Chile que durante muchos años enarboló como su gran logro el tercer lugar obtenido en el Mundial del 62, donde más encima éramos locales. Un Chile que siempre clasificó contando los puntos, o en el repechaje, o dependiendo del desempeño de  un tercero, al que ojalá le fuera mal, para que nosotros pudiéramos rasguñar un cupo. Por eso, como si fuera un gran logro, se hizo famosa la frase “Chile depende de Chile”, que daba  a entender que ya era un avance de nuestra mentalidad clasificar por nuestros propios medios y dejar de prenderle velitas a otros equipos para que perdieran el partido y así nos dieran el cupo a nosotros por descarte. 

Yo crecí en otro Chile, un Chile que solía errar los penales en los momentos cruciales, un Chile que le echaba la culpa al árbitro o a los guarda líneas por haber perdido el partido, un Chile que muchas veces se conformó con el empate, un Chile que inventaba bengalas, un Chile que tenía una o dos lumbreras en el equipo y si esa lumbrera no estaba inspirada, el apagón en el equipo era total, un Chile que se revolcaba en el piso cuando lo lesionaban, un Chile que – en fin- se conformaba con ese Chile.


Pero algo pasó en el camino. En algún momento ese Chile cambió el switch. Y fue este equipo de fútbol el que comenzó a cristalizar las creencias de ese nuevo Chile: y dejamos de echarle la culpa al clima, a la altura, al árbitro, al foul, al travesaño, a la tormenta que mojó la cancha, a las estadísticas, al peso de la historia y a los campeones de siempre. Porque además de haber inspirado a todo un país para que empezara a cantar el himno nacional con el corazón en la garganta, el gran legado que la actual selección de fútbol le ha dejado a las nuevas generaciones – y a las antiguas también- es que ha corregido la percepción que Chile tiene de Chile. Antes pensábamos que Chile no podía. Hoy sabemos que estábamos equivocados. Chile puede. Chile es campeón. Bicampeón. Que no se nos olvide nunca.