miércoles, 10 de agosto de 2016

Distinto pero igual

“¿Cómo era el mundo cuando eras chica?” Me preguntó mi hija de 7 años. “Era igual que ahora, pero diferente”, le respondí. “¿Cómo algo puede ser igual y diferente al mismo tiempo?”, me volvió a preguntar confundida. “Mira – le expliqué- cuando yo tenía 7 años, era igual que tú, siempre quería averiguarlo todo, pero al mismo tiempo, yo era diferente a ti, porque no me atrevía a abrir la boca y me quedaba con las interrogantes guardadas”.

Con esa respuesta, la curiosidad de mi hija fue saciada, pero yo me quedé pensando en ese pasado que se percibe tan remoto, pero que en realidad sucedió hace muy poco. Y me sorprendió retroceder a una realidad  bastante similar, pero al mismo tiempo tan distinta a la de ahora.

Distinta por varias cosas, pero la que más se nota es que no estábamos hiperconectados todo el día y eso, creo yo,  hace la gran diferencia: no había ni celulares, ni whatsapp, ni computadores portátiles, ni correo electrónico, ni tablets, ni Internet, ni Google, ni Youtube, ni Netflix, , ni Facebook, ni Instagram, ni Linkedin, ni selfies. ¡Francamente! ¿Cómo lo hacíamos para vivir?

Era una época en la que al llegar a la casa uno preguntaba: “¿Me llamó alguien?”. Además, en ese tiempo teníamos unas costumbres que vistas desde la perspectiva actual, parecen casi surrealistas, como por ejemplo que uno se aprendía de memoria los números de teléfono de toda su familia y sus amigos, o que uno no podía saber quién llamaba cuando sonaba el teléfono. Tampoco existían las llamadas perdidas ni las llamadas en espera. El correo lo traía el cartero, y cuando uno mandaba una carta nunca tenía certeza si el destinatario recibía el mensaje y menos si, al recibirlo, lo leía. Y así un sin fin de cosas más: los canales de TV empezaban a transmitir a las 11 de la mañana, los trabajos de investigación se hacían con una enciclopedia, los rollos fotográficos tenían máximo 36 fotos y había que mandarlos a revelar sin que nadie pudiera ver con antelación cómo había salido en la foto. Las películas se arrendaban en una tienda y hasta la bebida de un litro alcanzaba para todos en la mesa.

Parece el relato de lejanos antepasados, pero en realidad lo vivimos nosotros mismos. Sí, el mundo ha cambiado mucho, pero hay una dimensión que se mantiene igual y que nos confirma que seguimos siendo los mismos de siempre. Lo que nos alegraba o entristecía antes es lo mismo que nos alegra o entristece ahora. La ansiedad que sentíamos porque el pololo no nos llamaba por teléfono es la misma ansiedad que hoy sentimos porque el personaje de turno no lee o no contesta el whatsapp. El placer de haber salido bien en la selfie es el mismo placer de haber salido bien en la foto que te demorabas varios días en mandar a revelar. La conversación entretenida en la mesa es igual con una bebida de un litro que con una de tres.

Es cierto, lo avances tecnológicos evolucionan de manera  exponencial cambiando también la forma cómo nos relacionamos… pero hay una esencia que no muta: la esencia de que, en el fondo, lo verdaderamente importante parece no cambiar jamás.