miércoles, 10 de agosto de 2016

El bicho raro

¿Cuántas cosas quisiéramos hacer que no estamos haciendo? ¿Qué nos detiene? ¿Cuáles son las excusas que usamos para justificarnos frente a nosotros mismos? ¿Por qué tengo la sensación de que muchas veces las excusas parecen ser mucho más fuertes que los deseos de hacer lo que queremos hacer? ¿Miedo? ¿Inseguridad? ¿Pereza de dejar la zona de confort? ¿Una mezcla de todas las anteriores?

Desde chica tuve un sueño: cantar. Cantaba en la ducha, en mi pieza, en el auto y mientras regaba el jardín. Pero hace un par de años me pregunté: “¿Cómo es posible que alguien con tantas ganas de haber sido cantante se haya convertido finalmente en periodista?” La respuesta a aquel crudo cuestionamiento me cayó como un rayo de hielo que partió mi corazón en dos: “Porque en tu caso, querida, las excusas siempre fueron más poderosas que el deseo de llevar a cabo tu sueño”. ¡Auch!

“¿O sea que nunca fue culpa de mi papá, que siempre quiso que estudiara una carrera tradicional?”... No. “¿Y tampoco fue culpa del jurado de ese concurso de canto escolar que no gané?”… No. “¿Y tampoco fue culpa del programa de talentos al que no clasifiqué?”… No. “¿Y tampoco fue culpa de los compañeros de curso que encontraban ñoñas las canciones que a mí me gustaba cantar?”… No.  El introspectivo ejercicio me hizo entender, no sin dolor, que mi vida estaba llena de excusas y que a estas alturas, era oportuno dejar de validarlas, recuperar el tiempo perdido y empezar –en serio y por mi bien- a cantar de una buena vez.

Y les cuento que aquí estamos. No ha sido fácil. Ha sido un camino con altos y bajos, lleno de dudas, de miedos y de inseguridades, llegando muchas veces a cuestionarme si soy lo bastante buena cantando. Precisamente en eso estaba cuando hace unos días, encontré el libro “Big Magic”, de Elizabeth Gilbert, la misma autora del mundialmente famoso best seller “Come, reza, ama”, en el que se basó la película protagonizada por Julia Roberts y Javier Bardem. Bueno, el libro trata sobre cómo abordar el proceso creativo y decidirse a cruzar al otro lado del miedo.

Elizabeth dice, que hay personas que tienen las excusas más razonables para explicar por qué no han hecho lo que deberían haber hecho, pero puntualiza que al profundizar en todas y cada una de esas excusas siempre, siempre, siempre se trata de una sola cosa: miedo. Miedo de no tener el talento, miedo al ridículo, miedo de ser rechazados, miedo de ver que hay muchos otros que lo hacen mejor y miedo a lo que los demás puedan pensar o decir. Para combatir el miedo, dice la autora, conviene centrarse en las razones que te impulsan a hacer lo que haces. En mi caso, yo canto porque me gusta, porque lo disfruto, porque lo paso bien, porque me siento feliz haciéndolo.


No hay más razón que esa y la verdad es que ésa es razón suficiente. Lo que resulte de todo esto (si gusto, si no gusto, si hay mejores o peores) ¿A quién le importa? Porque como dice Gilbert, “uno debe medir su valía con respecto a la dedicación con que sigue su camino, no por sus éxitos o fracasos”, y agrega con todo desparpajo, “sé el bicho raro que se atreve a disfrutar”.