lunes, 9 de septiembre de 2013

La culpa



Ilustración: Paulina Gaete.
 
“¿De qué te sientes culpable?” Me preguntó en sueños mi gata Florinda.
Me quedé pensando. Florinda me miraba.
“De muchas cosas… y a la vez de nada”, le respondí finalmente.
“¿Y cómo es sentirse culpable?” volvió a inquirir la gata.
“Es muy incómodo”- le dije- “Pero vamos, tú debes haberte sentido culpable alguna vez”, agregué tratando de esquivar la difícil pregunta.
“Los gatos y los animales no sentimos culpa. Nunca.”- dijo Florinda con cierto desencanto.
“¿En serio?”- exclamé sorprendida y pensé en lo maravillosa que debe ser la vida sin sentir culpa jamás.

“¿Me vas a decir que no sentiste culpa cuando me rompiste el florero de cerámica gres que tenía en el living?”-le pregunté incrédula.
“No.”-confesó como si nada.
“¿Y cuándo me arañaste el cubrecama de patchwork que me hizo mi hermana?”, volví a inquirir.
“Negativo”- sentenció la gatuna sin que se le moviera una pestaña.
“¿Y ni siquiera te sentiste culpable cuando dejaste botadas a tus cuatro crías en el entretecho?” –indagué ya al borde de la desesperación. Resulta que tampoco.

Luego, acomodándose en mi regazo, Florinda agregó suspirando: “La verdad… me encantaría sentirme culpable alguna vez…”
“¡Ja! ¡Es lo más tonto que he escuchado en años! -comenté acariciándole la nuca-  Nadie puede querer sentirse culpable, es una emoción de lo más desagradable. Mira –proseguí con mi explicación agarrando a la gata del pellejo del cogote- la culpa es como si alguien te tuviera así tomada del cuello por mucho, mucho, mucho rato… y después que finalmente te suelta, sigues sintiendo como si sus dedos aún te estuvieran estrangulando”.  Y queriendo ser más explícita, agregué: “Aunque la mano que aprieta ya no esté… la sensación-fantasma sigue ahí”. Y me acordé de todas esas veces en que por culpa de la culpa pensé que me iba a morir ahogada.

La gata me miraba con sus ojos de gata y me escuchaba atentamente. Luego de unos segundos, añadí: “La culpa no es más que eso, querida Flo... un fantasma.”
“Yo no creo en los fantasmas”, dijo cortante la gata.
“Yo tampoco”, declaré muy segura.
“Entonces…– exclamó confundida mi felina amiga – si tú no crees en los fantasmas… ¿Por qué sientes culpa?” Sin pensar mucho en la respuesta que iba a dar, simplemente articulé:
“Porque hay fantasmas en los que uno cree, aunque sabe que no existen”.
“¡Esto sí que es lo más tonto que he escuchado en años…!”, lanzó la gata remedándome y luego soltó una estruendosa carcajada… 

Bueno, en realidad  no era una carcajada, era mi despertador que estaba sonando escandalosamente porque ya era hora de levantarse.

Lo apagué de un manotazo. Eran las 06:30. Florinda roncaba a los pies de mi cama. Me incorporé, le acaricié el lomo y le dije despacito tratando de no despertarla: “Tienes razón, gatita, la culpa no existe. A menos que tú creas en ella”.

Y me fui a duchar.