lunes, 2 de septiembre de 2013

¡Engordé!


Ilustración: Paulina Gaete
¡Engordé!  Eso sí que es una tragedia. Es una tragedia en mi vida y en la vida de cualquier mujer. Y la que me diga que no, que me mire a los ojos y me lo vuelva a decir, porque no le creo. Engordé y estoy urgida porque el verano se acerca a pasos agigantados y nica quiero pasearme por la playa o la piscina con una túnica hindú o algún modelito onda carpa de circo dieciochero o tipo pareo hawaiiano, que por muy bonito que tenga los hibiscos igual es sinónimo de que tus muslos están llenos de celulitis y por eso no te lo sacas ni para tomar sol.
El año pasado juré que el próximo verano (o sea el que viene) mi humanidad iba a estar presentable… Pero los meses han pasado y estoy ¡peor!  Ojalá no me importara tanto el tema, pero me importa. Para qué me voy a hacer la evolucionada. Sé que es bien prehistórico andar amargada porque cuando te paras frente al espejo ves una imagen tuya un poco más hinchadita de lo que te gustaría… “¡Si es sólo una imagen!”, me dijo una vez el sicólogo… Y a mí me dieron ganas de pegarle un combo. Como si el espejo reflejara una cosa que no es real, que no existe. “Este caballero sí que no entiende nada de nada”, pensé y pasados los 45 minutos de cháchara le pagué la consulta y nunca más volví a pedir una hora con el sicólogo… al menos con ése sicólogo.

Porque bueno, yo entiendo que el problema del sobrepeso o de los rollos de más tiene varios niveles de análisis. Uno de los cuales corresponde a una lógica más bien neandertálica, básica y elemental, utilizada principalmente por los maridos de una y cuyo razonamiento se desglosa básicamente sobre cuatro ejes:
1.       Si el problema es que estás gorda…
2.       Come menos.
3.       Haz más ejercicio.
4.       Listo: problema resuelto.

Está claro que en la práctica esta secuencia de raciocinio no funciona. Si no, claramente habría menos gordos de los que hay. Y los maridos de una también serían mucho más esbeltos de lo que son. Lo que pasa es que a ellos el tema no les importa mucho. O más bien se hacen los que no les importa… Porque aunque a una le digan que se ve bien y que la prefieren “así como está ahora, mi amor”, en vez del “esqueleto que era cuando la conocí, mi vida”… La verdad sea dicha, están mintiendo descaradamente. Porque si fuera tan así –que a una la prefieren más robusta y rozagante- ¿Por qué se les desordenan las órbitas oculares y babean como caracoles en celo cuando alguna fémina anormal del tipo 90-60-90 pasa frente a sus ojos?
Ningún marido –¡nunca!- ha sido capaz de responderme esa pregunta de una forma medianamente coherente. Se enredan, tartamudean como bobalicones, se ríen como si fuera taaan cómico y para peor lanzan la frase de oro: “Si yo la quiero así como está Usté, mi Gorda Hermosa”. 

-“Hermosa sí ¡pero Gorda, tu abuela!”. Y ¡plam! portazo en el baño, donde ¡plaf! dejamos caer de un golpe la tapa del wáter sobre la que nos sentamos a llorar amargamente porque nos sentimos feas, rechonchas, viejas… “y porque claro, esa yegua tiene como 82 años menos que yo y además, pasa todo el día en el gimnasio, no tiene hijos y menos marido… Mansa gracia ¡Así hasta yo sería como ella!”
Entonces, cuando nos volvemos a mirar en el espejo y vemos nuestra cara bañada de lágrimas negras por el rimmel, nos sentimos tontas y ridículas y culpables de llorar por semejante tontera.  Y así de repente nos emerge de no sé dónde una sabiduría que ni nosotras mismas sabíamos que teníamos: “las apariencias son sólo eso: apariencias”, nos decimos ya mucho más serenas y luego nos acordamos de Antoine de Saint Exúpery  cuando escribió: “L'essentiel est invisible pour les yeux”…

Y no pienso traducir esta frase porque estoy segura que la yegua esa no habla ni una gota de francés…