viernes, 30 de agosto de 2013

Animitas


Ilustración: Paulina Gaete.
 
A lo largo del camino. De este camino ancho y a veces estrecho que es la vida, nos morimos una y mil veces, para luego volver a nacer. Cada una de esas muertes es distinta a la muerte anterior y a la muerte que ha de venir. Todas las muertes son diferentes. Pero todas las muertes son penosas. Siempre es bueno llorar un poco. Y mejor aún si se llora un poco más. Lo que somos hoy no tiene nada que ver con lo que fui hace un año, o dos, o cuarenta. Y al mismo tiempo jamás sería lo que soy ahora si no hubiera vivido todas esas vidas y no hubiera muerto todas esas muertes. Es la paradoja de la existencia… para seguir viviendo necesito siempre ir muriendo. Para ser lo que soy hoy necesito haber sido lo que fui ayer y necesito haber enterrado bien al fondo de la fosa todo lo que cumplió su ciclo y quedó sin vida.
Y ojalá, no se me olvide ninguna de esas muertes. Ojalá cada velorio haya sido memorable. Para que valga la pena volver a nacer. Para no desconocer lo que aprendí en esa vida. Ojalá mi camino esté lleno de animitas que me ayuden a recordar. Para que al mirar atrás la misma senda que miró Machado y que cantó Serrat ella esté llena de cruces blancas y fotos desteñidas por el sol y velas y flores plásticas.

Nada nunca volverá a ser lo que fue. Todos sabemos eso, pero son pocos los que se atreven a hacerle caso a esa verdad. Hay muchos que siguen usando la ropa del difunto o peor aún, se ponen encima el cadáver putrefacto como si fuera una segunda piel. Y creen que no se les nota, pero apestan. Y están pasados de moda, además.  
Amigos, ideas, rencores, temores. Aplausos, sueños, pifias, dolores. Amores, errores, aciertos, canciones. Madres, padres, tíos, abuelos. Hermanos, hijos, perros, gatos, viajes, millones, zapatos, penas… todo. Todo se muere. Todo se va. Todo se queda en el camino. Todo vuelve a empezar.

Y lo digo una vez más: nada nunca volverá a ser lo que fue. Ni tú, ni yo, ni el lugar donde nos encontramos. Pero no importa porque estuvimos juntos y me miraste a los ojos y yo te miré a los tuyos y conversamos un rato. Sonríele a la muerte. Gracias a ella puedes andar cada vez más ligero de equipaje y ser más feliz. Rézale a tus animitas y cuando lo hagas aprovecha de reírte un poco porque estás vivito y coleando, a pesar de haberte muerto tantas veces, insistentemente, incansablemente, instintivamente.
Hasta que llegue la muerte de verdad. Esa muerte grande y oscura que se traga todo por los siglos de los siglos, amén. Pero en realidad esa muerte tampoco es para siempre. Porque cuando se acaben los siglos de los siglos… ahí estarás tú…. te lo aseguro… en el primer lugar de la fila… esperando tu turno para volver a nacer. Pero esta vez prometes que te olvidarás de las flores plásticas...

Te lo dije: nada, nunca, volverá a ser lo que fue.