jueves, 29 de agosto de 2013

La muñeca en el bolsillo


Ilustración: Paulina Gaete.
 
Quédate en silencio y escucha tu respiración. Cómo se llenan y se vacían tus pulmones. Como late tu corazón. Poco a poco, si estás bien quietecita empezarás a oír una voz. Primero será muy a lo lejos, como si estuviera a kilómetros de distancia pero dentro de ti misma. No te aburras, ni te hagas la tonta y pon atención. De forma muy lenta, si tienes paciencia y eres valiente la empezarás a oír sutilmente con más fuerza. No tanto. Sólo sutilmente. Es una voz de comportamiento curioso. Habla despacito sólo para que la escuche la que espera escucharla. Sólo para que la escuche la que sabe que está ahí. Sólo para que la escuche la que cierra los ojos y busca respuestas dentro de su alma. Sólo para ella.
En el cuento de Vasalisa, que Clarissa Pinkola Estés en su libro “Mujeres que corren con los lobos” se encargó de reproducir, esta voz de la que hablo está personificada como la muñeca en el bolsillo. La historia cuenta que en su lecho de muerte, la madre de Vasalisa le entregó a su hija una pequeña muñeca de trapo y le dijo: “si alguna vez te extraviaras o necesitaras ayuda, pregúntale a esta muñeca lo que tienes que hacer. Recibirás ayuda. Guarda siempre esta muñeca. No le hables a nadie de ella”. La madre murió. El padre se volvió a casar con una viuda con dos hijas. Las tres detestaban a Vasalisa. Cuando el caballero dejó este mundo, la madrastra y las hermanastras le hicieron la vida imposible a la pobre huérfana. Pero ella hacía lo que tenía que hacer y –sobre todo- siempre guardó la muñeca en el bolsillo de su delantal: la apretaba cuando tenía miedo, le preguntaba cuando tenía dudas y –lo más importante- le hacía caso cuando la muñeca le respondía o le decía lo que tenía que hacer. Luego de varias desventuras, las tres malvadas fueron quemadas vivas por una calavera y Vasalisa escuchando siempre a su muñeca conquistó la libertad.

En la vida de cada mujer, las madres buenas se mueren. Como la madre de Vasalisa. Pero siempre esas madres, que casi todas hemos tenido cuando aún no sabemos lo que tenemos que saber, te dejan en el bolsillo o en el alma o en el corazón o dónde tú quieras un regalo, una muñeca, una cajita, una voz. Esa es la muñeca que tienes que tocar o la cajita que tienes que abrir o la voz que tienes que escuchar. Y sea cual sea la forma que adopte ese regalo, siempre lleva el mismo nombre: intuición.
Tantas veces que nos hacemos las locas, como que no la escuchamos, como que no la oímos, como que no la vemos. Como que no está, como que no existe. Como si anduviéramos solas por el desierto o por el bosque o por la playa tropical o por donde quiera que andemos en esta vida de tanto andar. Y la intuición siempre va con nosotros y sabe tantas cosas, y nosotros de puro pavas, de puro ciegas, creemos que sabemos más.