miércoles, 14 de agosto de 2013

Las ciudades son como las personas


Desde siempre, toda mi vida, Nueva York ha sido una ciudad que me ha cautivado. Nunca, en las más de cuatro décadas que llevo habitando este planeta, había tenido la posibilidad de visitarla. Hasta hace poco, cuando al parecer los astros se alinearon a mi favor y me propiciaron una breve pero fructífera estadía en La Gran Manzana.

En verdad, yo crecí soñando con New York. Mi abuela paterna me hablaba mucho de la ciudad. Pero mucho, mucho: de la Quinta Avenida, de la Calle 42, de Broadway, de los teatros, los musicales, los rascacielos, como si ella hubiese vivido allá. Era muy singular y curioso porque se la sabía de memoria, pero en realidad sólo la conoció por fotos, por libros, por revistas, por canciones y por películas. Así, poco a poco durante mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, se me fue amalgamando en la memoria una imagen muy sui generis de la ciudad y me fui construyendo mi propia y personal Nueva York dentro de mi cabeza. Sin querer queriendo hice una interpretación libre y una representación antojadiza teñida con la enjundia de mi abuela y mi propia creatividad, que –dicen- siempre ha sido bastante profusa y exuberante.  

Bueno, pero la vida me regaló a mí lo que no pudo darle a mi abuela… y un glorioso día de junio de este año pude finalmente pisar suelo neoyorquino. La emoción fue infinita, casi como para arrancarse los pelos y chillar como una colegiala en medio de un concierto de Justin Bieber. Pero logré mantener la dignidad y esperé el taxi que me llevaría del aeropuerto al hotel con la cosmopolita actitud de ya-sé-que-estoy-en-New-York-City-so-what!  
Pasé tres días recorriendo la ciudad. Visitando museos, viendo musicales, yendo donde había que ir y gastando como condenada. La última noche, mientras preparaba las maletas para volver a mi larga y angosta faja de tierra, me cayó la teja: se había roto el hechizo. Me senté en el borde mi cama y sólo acompañada por el intermitente resplandor del letrero de neón de la esquina, me di cuenta que Nueva York ya nunca más sería para mí lo que había sido hasta hace tres días.

Al estar ahí, al andar por sus calles, al ver en vivo y en directo el vapor saliendo por las tapas de las alcantarillas; al oler el pecaminoso aroma de embutido callejero y cuánta fritanga más saliendo del carrito de la Sexta con la 47; al ponerme de pie para ovacionar esos musicales descaradamente maravillosos, conocí de primera fuente todo lo que me habían contado… ¡Y fue fantástico! ¡Amé la ciudad que nunca duerme!...  Pero al mismo tiempo algo en mi murió. Murió el sueño, murió la ilusión. Murió ese Nueva York platónico que mi abuela con tanto esmero me ayudó a inventar…
Y me dio pena.
Las ciudades son como las personas. Intrincadas, misteriosas, llenas de contrastes. Con días buenos y días malos. Con barrios elegantes y majestuosos, con callejones oscuros y peligrosos. Con alturas y perspectivas extraordinarias, con subterráneos truculentos y malolientes. Algunas son tranquilas, otras agotadoras. Al igual que las personas las ciudades tienen un pulso, un ritmo, sus centros de energía, sus vías de escape… Creemos conocer a alguien porque hemos conversado con él o con ella un par de veces o porque la hemos visto en las portadas de las revistas o porque nos vende el pan en el almacén de la esquina.

No puedes conocer de verdad a las personas o a las ciudades a menos que camines por sus propios caminos… o que te pongas en sus mismos zapatos.

Ya sentada en el avión, le imploré a Dios que me concediera el milagro de viajar sin compañero de asiento. Estuvo a punto. En el último minuto antes del “cross check y reportar”, llegó la convidada de piedra… En este caso, una señora ya mayor. No tan mayor como mi abuela, pero bien parecida a su versión de hace veinte años atrás. Me sonrió, yo le sonreí de vuelta y se sentó a mi lado silenciosamente. No pronunció palabra en las ocho horas de viaje.  Yo tampoco. No era necesario. Cada una se inventó su propia historia de la otra. Y está bien así. No todos los días se puede andar en persona por Nueva York. Y yo acababa de estar allí.