martes, 20 de agosto de 2013

La grandeza de lo cotidiano


Ilustración: Paulina Gaete
 
Las grandes proezas, las admirables epopeyas y las hazañas increíbles tienen su lugar en la historia. Y la historia de cada uno de nosotros tiene por aquí y por allá hitos inolvidables, logros épicos, conquistas apabullantes. No estoy hablando sólo de haber hecho cumbre en el Everest o haber ganado una medalla olímpica o haber sido la estrella principal en el Super Bowl. Me refiero a conquistas igual de trascendentales pero que nunca fueron portada en LUN… como por ejemplo, haberse titulado de periodista con notas medianamente aceptables o haberse casado con el mino más mino o –como una querida amiga mía- haberle ganado al cáncer. De una u otra forma todos hemos sido alguna vez héroes y heroínas. Protagonistas de momentos trascendentales que van marcando nuestra vida.
¿Pero qué pasa con todo el resto de los momentos? ¿Qué pasa con esa inmensa mayoría de instantes de nuestra vida que no califican en la categoría de “gesta” descrita en el párrafo anterior? ¿Pertenecen acaso a un pelaje inferior de vivencia? Momentos que por cotidianos, rutinarios, repetitivos, fomes, cero glamour y derechamente aburridos, pasan a ser considerados como los momentos de “desecho”(*) de la vida…

Me refiero específicamente a esos instantes que todos quisiéramos evitar, o en el mejor caso hacer “rapidito”, “sin mucho trámite”, “pa´salir luego del cacho”. Les voy a mencionar algunos que al menos a mí –que actualmente me desempeño a tiempo completo como abnegada dueña de casa- me parecen la máxima expresión del tedio: lavar la loza; doblar calcetines; limpiar el wáter; hacer colas; las luces rojas eteeernas; los tacos; hacer jugo en polvo; esperar al doctor; recoger la caca de los perros que hacen caca afuera de la reja de mi casa; las reuniones de apoderados; escuchar a las mamás que hablan leseras en las reuniones de apoderados; los trabajos de investigación sobre los atacameños; hacer maletas; las discusiones con mis hijos sobre la importancia capital de lavarse los dientes todas las noches… En fin, podría seguir con una lista interminablemente. Y seguramente, cada uno tendrá su propia lista, también interminable.
Porque los momentos poco trascendentales de la vida son ¡infinitos! Y es más, la cotidianeidad y el día a día ¡están repletos de ellos! Es una cosa impresionante. Terminas con uno y ahí aparece el otro que, incluso, como que te mira sacándote pica con cara diabólica y te dice: “ven chiquilina… ahora es mi turno… ven con papi a pasarlo como las reverendas”.  Y uno como que entra en una especie de espiral maldita, en la que el momento que viene siempre es peor que el que acaba de pasar… con algunos breves paréntesis en el camino, como la llamada de la amiga que habla con puros garabatos y que te saca un par de carcajadas no tanto por las cosas que dice sino por cómo las dice; o la bendita comedia de las tres; o mi I-Pad;  o el paquete de galletas Kuky a medio comer que suele hallarse debajo de la cama de mi hijo mayor y que –obviamente- cada vez que lo encuentro lo engullo como si se tratara del tesoro escondido del capitán Cook.

En fin. Si consideramos que un 33,3333…% de la vida nos la pasamos durmiendo, podemos señalar sin temor a equivocarnos que sólo el 2% de los dos tercios restantes corresponde a momentos gloriosos. El otro 98% (o sea, la gran mayoría del tiempo) lo constituyen los momentos banales, cotidianos, poco trascendentales…
¡¡Es mucho tiempo!!

Así es que ayer, mientras desmugraba con jabón gringo los calcetines de mis niños que el día anterior habían tenido una fabulosa tarde de cama elástica, me puse a pensar en esas mamás de comercial de detergente para la ropa que expresan una alegría extraterrestre porque las poleras percudidas les quedaron blancas, totales y radiantes. ¡Por Dios! se ven tan estúpidamente felices esas mujeres haciendo lo que hacen y son tan convincentes que incluso mientras fregaba y fregaba hubo un microsegundo en el que culposamente vislumbré la pequeñez de mi espíritu por no ser capaz de agradecer y disfrutar la gloriosa oportunidad que me otorgan los bio-solve, los blanco-activos, los azules-polares-brillantes y las partículas aceleradoras.
Obviamente estoy exagerando, pero no puedo negar que cada cierto tiempo se me pone a dar vueltas en la cabeza la excéntrica  idea de tratar de encontrarle el lado amable a estos momentos cotidianos más bien lateros. Porque son tantos, que mejor nos amigamos con ellos. Es bien poco evolucionado pasarlo mal tanto rato. Por eso me gusta Mike Dooley (¿Se acuerdan que un posteo anterior les hablé de él?) Porque él tiene una frase muy buena que me ayuda a sobrellevar el tedio de la cotidianidad… “Si no te gusta lo que haces, entonces hazlo perfecto, como si fueras un maestro”.

Y a eso me he dedicado… a hacer del día a día un MBA. Vieran ustedes lo blanquitos que me quedaron los calcetines. Se ven hermosos… Hasta fue un placer doblarlos, olerlos, acariciarlos y guardarlos en el cajón de Max. Estoy que me gradúo. Pero esta vez será con ¡honores!
~*~

(*) Es que una vez un pololo agricultor que yo tenía le regaló a mi mamá unos duraznos conserveros de su campo. Mi madre emocionadísima con el obsequio del pretendiente de su primogénita, le agradeció profusamente el gesto creyendo que el grandilocuente tamaño de los melocotones obedecía a que eran de exportación, cosa que el galán en cuestión se apresuró a desmentir (quizá pensó que si no lo hacía nuestra incipiente relación podría pasar a un nivel más comprometedor… ¡ja!) y sin la menor delicadeza le dijo a mi mamá que eran sólo fruta de “desecho”.  Mi madre lo consideró un agravio… “Mire que este mocoso me viene a regalar a mí la fruta que le da a los chanchos”, le comentó luego a mi papá, quien sin levantar la vista del libro que estaba leyendo le dijo “Mire… qué joven tan desubicado”.