viernes, 23 de agosto de 2013

Nada es tan grave


Ilustración: Paulina Gaete
“Todo rico, sin ser fino…” Así dice –en broma, claro- una querida amiga mía cada vez que disfruta de una opípara cena en casa de algún amigo de confianza. A ella se lo dijeron una vez “con su qué”, lo cual en su momento no fue para nada agradable. Pero con el paso del tiempo, mi amiga decidió hacer de la mentada frasecita su mejor chiste. Entonces cuando junto a mi marido somos los destinatarios del jocoso comentario, nos da mucha risa… porque en verdad es muy hilarante imaginar que alguien alguna vez dijo esto en serio. Y por otro lado, es muy reconfortante ver cómo mi amiga se ríe de sus propias desventuras.   
Es que en general, la vida es muy chistosa. Pasan cosas cómicas a cada rato y siempre se le puede encontrar en lado livianito a todo. Porque si lo pensamos bien, nada es tan grave. Incluso, dicen por ahí aquellos que saben de humor y de cómo hacer reír a las personas que “la comedia es sólo la tragedia sometida al paso del tiempo”.  ¿Quién no ha contado alguna vez una anécdota que en su momento fue una desgracia de proporciones, pero que con la perspectiva del tiempo se convierte en una experiencia muy graciosa?
Todos tenemos miles de ellas. Nuestra vida está plagada de situaciones jocosas. Como esa vez cuando “en el canal de todos los chilenos” grabando un importante programa piloto con un destacadísimo elenco de famosos actores y humoristas, estaba yo, una flamante periodista, libretista y aspirante a actriz cómica, que -para hacer la historia más patética aún- se creía el cuento de “sí-soy-bacán-porque-trabajo-en-la-tele”… (Jajajaja ¡Es muy ridículo todo!). Bueno yo interpretaba a una monja voladora que cantaba como la Novicia Rebelde y le contaba al público todos los dramas que en esa época se vivían en la ciudad de Santiago (que, dicho sea de paso, son los mismos dramas que tiene hoy nuestra capital), como las calles con hoyos, las alertas ambientales, los peak de virus sincicial, los tacos… etc., etc., etc…
La letra de la canción la había inventado yo misma, por lo que resulta aún más penoso lo que sucedió, cuando con el set lleno de público, luces, productores, camarógrafos y coordinadores de piso, comienza la música y en el momento en que salgo a escena, mi mente se va a negro. ¡Se me olvidó la letra!.. y me quedé paralizada, vestida de monja, con todos esos focos alumbrándome, todas esas cámaras grabándome y todos esos ojos mirándome estupefactos durante los dos minutos y diecisiete segundos que duró la canción. ¡Fue terrible!, ¡La peor humillación que he sufrido jamás! No sé por qué no salí corriendo antes, pero cuando terminó la música me las emplumé al camarín de mujeres donde lloré y lloré y lloré… de vergüenza. Al verme tan abatida, una conocida actriz, que hasta el día de hoy hace de malvada en las telenovelas criollas, puso su mano sobre mi hombro  y socarronamente, con una crueldad digna de su mejor papel, me dijo: “… eso te pasa porque no eres actriz y no tienes oficio…”. Mala de verdad.
Bueno, esta historia la desclasifiqué hace poco, porque durante mucho tiempo, me daba un pudor enorme contarla. Ya no. Ahora me río. Incluso como que me gusta narrarla. Porque es realmente absurdo y cómico lo que pasó. 
Descubrí que es un tema de perspectiva el que las cosas sean en verdad menos bochornosas o dramáticas de lo que parecen. Nada es tan grave. Y el tiempo siempre, pero siempre-siempre, le dará la razón a esa frase.