martes, 6 de agosto de 2013

El sol sale para todos


El sol sale para todos. Y eso en la ciudad de Antofagasta, instalada en pleno desierto –pero no cualquier desierto, sino el más árido del mundo- es una verdad aún más potente. A propósito del tema de la depresión, que se convirtió en trending topic todos-ya-sabemos-por-qué, escuché un par de datos que no me dejaron indiferente: algunos países con prolongados inviernos con poca luz natural (como Dinamarca y Noruega) tienen las más altas tasas de depresión y suicidios en el mundo. Es lo que los especialistas llaman depresión estacional. Así, a primera vista parece lógico,  y aunque hay gusto para todo, los días grises, fríos y más cortos del invierno en general no parecen tan estimulantes como aquellas jornadas donde predomina un sol brillante, con temperaturas más cálidas y donde hay mucho más rato para disfrutar de la luz natural.

Claro está que el tema lumínico no es el único factor que gatilla síntomas depresión en el ser humano, obviamente tampoco es el más preponderante. Y peor aún, ni siquiera  vivir en un lugar donde se dan condiciones privilegiadas en cuanto a la presencia del Astro Rey en el cielo, garantiza mayores índices de felicidad en sus habitantes. Es cierto, los estudios serios al respecto escasean, y me atrevo a decir que no hay, sobre todo, aquellos que se refieran en forma específica a nuestra querida Antofagasta.

Sin embargo al conversar con especialistas locales sobre el estado anímico general de los antofagastinos, ellos deslizan cuidadosa y sutilmente una realidad que ven a diario en sus consultas: en esta ciudad la depresión estaría a la orden del día. Está bien, estas son palabras mías, las que yo inferí luego de mis conversaciones con los doctores. Y vuelvo a insistir, ni ellos ni yo tenemos datos duros para respaldar esta visión. Pero ellos cuentan con su experiencia clínica… y yo, bueno, con mi sentido común, con mi percepción personal del tema, con mi deambular diario por esta ciudad y con las interacciones que tengo con el resto de los antofagastinos. Y raya para la suma, lo que me queda en la retina no es precisamente que estoy rodeada de gente alegre, ni entusiasta, ni optimista… para nada.

La pregunta es por qué… Qué nos falta para ser más felices, para ser más agradecidos de la vida, para tener más confianza en nosotros mismos, para vibrar con las oportunidades que se nos presentan.

Si la felicidad la estamos buscando fuera de nosotros, la respuesta es de Perogrullo: nos falta todo: plata, autos, cuerpos hermosos, televisores, I-Pads, I-Phones, nos faltan mejores calles, más oportunidades laborales, más igualdad social, mejores esposas, maridos más dadivosos y cariñosos, hijos más responsables y estudiosos, profesores más amorosos, vecinos más considerados, jardines más verdes, flores más baratas… en fin la lista es interminable e inalcanzable.

La buena noticia es que si la felicidad la buscamos dentro de nosotros… en verdad, no nos falta nada.  Tenemos todo para ser felices, para disfrutar la vida, para reírnos más, para encontrarle el lado amable a lo que nos toca experimentar.  Por diseño de fábrica los seres humanos venimos al mundo programados para gozar, para ver lo bueno en vez de lo malo, para que el vaso siempre nos parezca medio lleno. Por defecto, tenemos la capacidad para detenernos y entender que la vida no es sólo “lo que nos sucede”, sino que tenemos plena potestad para escoger “cómo nos sucede”. Cada una de las elecciones que yo haga con respecto a lo que me pasa va a determinar cómo va a ser mi vida. En otras palabras va a crear mi vida. Y si nos damos cuenta que permanentemente estamos ejerciendo nuestro derecho a elegir qué pensar, a elegir cómo reaccionar y finalmente elegir qué creer…  entonces… Elijamos sabiamente. Elijamos lo que nos conviene. Elijamos lo que nos haga sentir bien. Elijamos lo que nos ayude a progresar. Elijamos lo que nos haga más felices.

Elijamos ver el sol… porque el sol sale para todos.    

Ilustración: Paulina Gaete.