
Durante
este verano he redescubierto el placer de caminar. De ir al ritmo que mi cuerpo
permite, respetando el tiempo que me demoro en trasladarme de un lugar a otro y
aprovechando el espacio que se abre para bajar las revoluciones y para reencontrarme
con aspectos de mi interior que ya casi había olvidado. Porque al caminar, poco
a poco se va silenciando el mundo y empiezas a escuchar mucho más nítidamente lo
que piensas, lo que sientes y lo que quieres. Cuando uno camina se acuerda que
adentro suyo hay alguien que es mucho más que el que se deja ver por fuera y
entiende que hay una dimensión mucho más real que el sueño que sueñas a diario.
Caminar, en
cierta forma, nos vuelve a vincular con la tierra firme, con la noción de que para
avanzar hay que dar un paso a la vez y que ese paso nos regala una brecha de
suspenso y reflexión. Un paso que sumado a otros te permite recorrer largas
distancias, pero al mismo tiempo te invita a visitar un paraje interno que sin
tu presencia se vuelve yermo y desolado. Al caminar, percibes, reflexionas, te
inspiras, haces conexiones, generas ideas. En fin, no sólo oxigenas tu sangre,
sino también tu alma y tu entusiasmo.
La vida se
vuelve a vivir desde la vereda y no desde esa supercarretera donde todo sucede
más rápido y menos amablemente. Creo que cuando la vida deja de vivirse
apurada, se restaura su color, su nitidez y su brillo. Es lo mismo de siempre
pero distinto, más sabroso, más ameno, más consciente y más verdadero. Caminar es
una buena forma de recordar que en esencia somos viajeros, quienes más que tratar de llegar a algún lugar…
debemos empeñarnos por disfrutar del viaje.
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