viernes, 20 de marzo de 2015

Escuchar

¿Les ha sucedido que mientras le están contando algo a alguien, ustedes sienten que esa otra persona está cero por ciento interesada en lo que ustedes están diciendo? Y por otra parte… ¿Les ha ocurrido que mientras alguien les está contando algo a ustedes, ustedes están pensando en cualquier otra cosa menos en lo que ésa persona está relatando? Para un atento observador , se nota a la legua cuando alguien está aburrido en una conversación. La sintomatología es clara: el oyente lateado generalmente presenta todos o algunos de los siguientes comportamientos no verbales: mira constantemente alrededor cuando el otro habla; asiente demasiado con la cabeza; la sonrisa es falsa (sólo sonríe con los labios y no con los ojos); mira de forma repetida su reloj o su celular; pestañea insistentemente. Además, verbalmente, el que está aburrido emite cada cierto rato sonidos guturales neutros del tipo “Mmmmm” o “Shhhhh”,  y exclamaciones “comodín” de índole “mira… ah”, “qué loco”, “claro”, “es verdad”,  etc.

Seamos francos: quien más, quien menos, esto nos ha sucedido a todos. Y nos ha pasado de ida y de vuelta. O sea, es altamente probable que más de alguna vez nuestros interlocutores se hayan aburrido soporíferamente con nuestro discurso y –de la misma forma- debemos conceder el punto de que en varias ocasiones hemos sido nosotros quienes nos hemos lateado hasta la somnolencia más insufrible con los algunos de los relatos de otros.
Estamos empate, entonces.

Pero es un triste empate, la verdad. Dejando de lado la reacción defensiva típicamente humana de ver “la paja en el ojo ajeno…”, los invito a que en este caso seamos un poco más autocríticos y nos enfoquemos más en la parte del refrán que se refiere a “…la viga en el propio”. Estableciendo la salvedad de que efectivamente hay personajes intrínsecamente lateros (ojo, que incluso nosotros mismos podríamos ser uno de esos especímenes), qué tal si nos abrimos a la posibilidad de considerar que el aburrimiento que sentimos al escuchar la conversación de otro no es porque el otro sea realmente tedioso per se, sino porque a nosotros no nos interesa en lo más mínimo lo que para ese otro resulta de un interés sublime. En castellano, lo que quiero decir, es que finalmente nos da un lata negra escuchar cualquier cosa que no tenga estricta relación con lo que le interesa a nuestro minúsculo mundillo personal y privado, más conocido como “Yo”.


Al final, se trata de cuán desarrollada tengo “Yo” la capacidad para escuchar a otro. Mejor dicho: ESCUCHAR, así con mayúscula, negrita y subrayado. Escuchar no sólo con el tímpano, sino con el corazón, interesándonos genuinamente en el otro y en lo que para el otro es importante. Es un ejercicio que debiéramos practicar más a menudo, dejar de justificarnos diciendo que el otro es aburrido y empezar a asumir que más bien es a nosotros a quienes nos falta genuino interés para realmente ESCUCHAR lo que el otro nos quiere compartir.