lunes, 23 de marzo de 2015

Sin miedo no hay valientes

A propósito de una desafiante situación que le tocó enfrentar a mi hijo preadolescente, me salió una frase que no sé de dónde la habré sacado… “Mira Max– le dije tomándolo de los hombros y mirándolo directamente a los ojos- los valientes no son los que no tienen miedo. Son los que a pesar de estar muertos de miedo, igual hacen lo que tienen que hacer”. “Ya, ya, mamá…”, me respondió él, haciéndose el indiferente. Pero como lo conozco, sé que la frase le llegó y que gatilló una nueva conexión neuronal en su cerebro.
  
Como la mayoría de las mamás, no soy experta en educación ni en crianza, ámbitos en los que cada quien hace lo que puede, con lo que sabe, con lo que va aprendiendo, con lo que se le ocurre improvisar y… “que Dios nos pille confesados, no más”. Vaya a saber una si todo el empeño que le pone está bien encauzado. En este tipo de quehaceres las certezas son más bien escasas, las dudas abundan y lo que funciona bien para unos, no necesariamente resulta ser la panacea para otros. Lo que sí creo que es transversal para todos, es que muchas veces uno va aprendiendo con los hijos. Ellos son maestros que nos piden que les enseñemos justamente aquello que nosotros mismos debemos mejorar. Como dijo Richard Bach, autor de “Juan Salvador Gaviota”: “Se enseña mejor lo que más se necesita aprender”.

Nadie nace valiente. Uno se va haciendo valiente con el paso del tiempo y en la medida en que va practicando la valentía. En ese sentido la valentía es como un músculo que conviene desarrollar y mantener en forma. Y para eso nos sirve el miedo, para hacer de contrapeso y para forzarnos a equilibrar la balanza. Vivimos en una realidad de polaridades: todo es doble, todo tiene su extremo: bien-mal, alto-bajo, miedo-valor, etc.   La naturaleza de estos polos es la misma, siendo su aparente diferencia sólo una cuestión de grados.

Si, como aquí postulo, es imposible que haya valentía sin miedo, entonces el miedo tampoco puede existir sin valentía. De acuerdo a esta lógica, deberíamos tener la convicción de que cada vez que el temor nos paraliza, en algún pliegue de nuestra esencia  debiera estar escondida la valentía, esperando que la descubramos, la honremos  y que –como sea- la saquemos a relucir y procedamos según su mandato. 


Sin miedo, ser valiente es una farsa. Se puede ver bonito, pero en realidad, carece de valor. Por eso me pongo contenta cuando veo que en un acto genuinamente valeroso, mi hijo es capaz de superar sus temores. Y en este caso, uso a propósito el término valeroso, con el fin de amalgamar en él sus dos acepciones: que tiene valentía y que es… inmensamente valioso.